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UNA HISTORIA EPICA: LAS HERMANAS NEGRAS

20/11/2009

La Casa Grande y la Senzala no eran sólo construcciones sociales y físicas, que separaban por un lado a los blancos, dueños del poder, y por el otro, a los negros, convertidos en esclavos. Con la abolición de la esclavitud desaparecieron exteriormente, pero siguen estando presentes en la mentalidad de los blancos y de las elites brasileras. Las jerarquizaciones, las desigualdades sociales y los prejuicios tienen en esta estructura dualista su origen y su realimentación permanente.

La vida religiosa que se inserta en este caldo cultural reproduce en sus relaciones internas el mismo dualismo y las mismas discriminaciones. Durante todo el tiempo de la Colonia, los que poseían «sangre sucia», o sea, los que eran negros, indígenas o mestizos, no podían ser sacerdotes ni religiosos. Además del puro racismo, típico de la época, se argumentaba que ellos jamás conseguirían vivir la castidad. Esta discriminación fue internalizada en estas poblaciones deshumanizadas hasta el punto de que ni siquiera pensaban en ser curas, religiosos o religiosas.

Las consecuencias perduran hasta el día de hoy: escasez crónica de clero autóctono en Brasil. Por el número de católicos, deberíamos tener por lo menos cien mil curas. Tenemos sólo 17 mil y muchos de ellos son extranjeros.

Incluso con la revitalización de la Iglesia brasilera a través del proceso de romanización, inaugurado a finales del siglo XIX con la llegada de congregaciones religiosas europeas, las personas negras o mestizas continuaron siendo sistemáticamente excluidas. Pero hubo una ruptura inaugural: en 1928 la Congregación de las Misioneras de Jesús Crucificado, fundación genuinamente brasilera, de Maria Villa, una laica piadosa, apoyada por el obispo don Campos Barreto de Campinas, fue la primera en abrir la puerta de sus conventos a mujeres negras.

Así y todo, no escapó a la influencia de la Casa Grande y la Senzala mental: hubo una división clara entre las oblatas, hermanas negras o de poca instrucción, y las coristas, blancas y con instrucción. Hasta el hábito era diferente, azul y blanco para las coristas y negro para las oblatas. La misión de éstas, que constituían casi la mitad de la congregación, era servir a las coristas, acompañar sus trabajos y asumir todas las tareas domésticas de un convento, desde cocinar y lavar la ropa hasta mantener la huerta y cuidar de la cría de animales.

Durante cuarenta años fue así, hasta que se abrió la ventana del aggiornamento del Concilio Vaticano II (1962-1965): se abolieron las divisiones de tareas, unas en los trabajos manuales y otras en la vida apostólica. Como comentó don Odilon, obispo de Santos: «se acabó la esclavitud en la Congregación».

Esta historia ha sido recientemente investigada y escrita por las mismas religiosas negras bajo la orientación segura del p. José Oscar Beozzo con el título: Tejiendo memorias, gestando el futuro: historia de las hermanas negras e indígenas de las Misioneras de Jesús Crucificado (Tecendo memorias, gestando o futuro: história das Irmãs Negras e Indígenas das Missionárias de Jesus Crucificado, Paulinas 2009).

¿Cuál es la originalidad de este libro? Mostrar el lento despertar de la conciencia de las hermanas negras, de su identidad étnica, de sus valores específicos y de su espiritualidad singular, hecho a base de historias de la vida narradas por hermanas negras, historias de llorar, tal era el nivel de discriminación y de humillación.

Pero lo que transmite el libro no es amargura o espíritu de revancha. Al contrario, trata de rescatar la memoria de todo lo que se aprendió en esa penosa caminar, y lanzar las bases para un futuro más igualitario y respetador de las diferencias. Ellas muestran que la identidad negra no necesita ser trágica, sino que fue y puede ser épica: hecha de una sabia resistencia y del descubrimiento, lento pero seguro, de su propio camino de liberación. Las religiosas negras emergen como verdaderas heroínas y muchas de ellas con signos inequívocos de santidad. Así se supera una visión miserabilista de los negros y de las negras y se realza su inventiva, su capacidad de alegría interior, que se revela en la risa y en la fiesta, en la música y en la danza.

Este libro viene a llenar una laguna en la historiografía negra de la vida religiosa. Más que compasión suscita admiración, voluntad de conquista más que resignación. Su lectura nos edifica y nos hace humanamente más solidarios.

Leonardo Boff

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LAS RELIGIONES Y SUS PROHIBICIONES

28/08/2009

Las privaciones, en especial, las privaciones sensoriales parecen ser requisito indispensable de la mayoría de las religiones en el mundo.
Y la campeona en este aspecto resulta ser, tomando en cuenta a los cristianos, la Iglesia Católica. La iglesia católica es la denominación cristiana que más prohíbe a sus propios trabajadores, es decir, sacerdotes y monjas, muchos placeres mundanos (esto es, en teoría, porque en la práctica, las cosas son muy diferentes). Entre las privaciones sensoriales más notables está la referida al aspecto sexual: ni sacerdotes ni monjas pueden tener relaciones sexuales ni masturbarse.
Ambas cosas son muy mal vistas por las autoridades católicas. Además, este pensamiento se ve respaldado por uno de los padres de la Iglesia Católica, San Pablo:

“En cuanto a las cosas de que me escribisteis, bueno le sería al hombre no tocar mujer; pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido… Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo; pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando.”

1 Corintios 7, 1-9.

Hablemos de los sacerdotes, ya que, como bien se sabe, por razones biológicas y evolutivas, los hombres y las mujeres difieren, entre otras cosas, en los apetitos sexuales y en los factores que lo desencadenan. Las mujeres tienen un mayor control sobre su sexualidad y sobre sus apetitos sexuales, además de que necesita de estímulos totalmente diferentes a los del hombre para “entrar en calor”. Por su parte, el hombre es más sensible en cuanto a las cosas que lo estimulan sexualmente. Mientras que la mujer necesita, por lo general, toda una atmósfera de romanticismo y algo de contacto corporal, el hombre se estimula fuertemente de manera visual y no necesariamente requiere de una atmósfera romántica para excitarse. Esta diferencia tiene una perfecta explicación en términos evolutivos, aunque no entraré en más detalles al respecto por ahora.
El hecho de que un sacerdote tenga que mantenerse casto de por vida sin siquiera poder masturbarse para aliviar su, de por sí, insano voto, es un atentado contra su propia fisiología y salud mental. Pero, ¿eso qué importa si se tiene en mente una vida posterior perfecta y eterna?
Lo que me pregunto yo es que, de cumplir todos los sacerdotes sus votos de castidad y de no masturbarse, entonces ¿no deberían utilizar ellos algún implemento o dispositivo desechable que permita contener el semen expulsado de manera natural?
Me explico. Un hombre que tiene relaciones sexuales periódicamente, expulsará una cantidad determinada de semen como producto de dicho contacto sexual. Si el mismo hombre dejara de tener relaciones sexuales, entonces el semen producido tendrá que salir de algún modo tarde o temprano. Si bien es cierto que una parte se reabsorbe de no haber eyaculaciones, también lo es el hecho de que se presentarán las famosas “poluciones nocturnas”.
Ahora, si un hombre hace un voto de castidad, en el que se le está prohibido tener relaciones y masturbarse, entonces es lógico y esperable que estas poluciones se presenten con relativa frecuencia. Sin embargo, no creo que exista ningún dispositivo desechable que sirva de colector de emisiones de semen, como el que mencioné anteriormente. Y digo esto porque sería muy improbable esperar que los sacerdotes estén dispuestos a limpiar cada cierto número de días, sus sábanas y sus ropas de dormir a causa de este inconveniente. ¡Algo se tiene que hacer al respecto!
Lo que sí es más probable, es que, como mínimo, los sacerdotes recurran a la masturbación como medio para aplacar sus, peligrosamente cohibidos, deseos sexuales. Y si la masturbación no es suficiente para tal objetivo, entonces se darán casos (existentes y documentados en todo el planeta) de affairs entre sacerdotes y monjas, sacerdotes y mujeres asistentes a su parroquia, o lo que es peor, los casos de violaciones a menores estarán a la orden del día.
Y es que todo está muy claro: la regla del voto de castidad, impuesta por la Iglesia Católica a todo aquel que quiera pertenecer a ella como servidor permanente, es absolutamente antinatural y peligrosamente insana. No puede resultar nada bueno de tal norma. A este respecto, otras denominaciones cristianas manejan mejor este tema, otorgando libertad a sus pastores (a veces exhortándolos) para que se casen y tengan hijos.
Por esto, no es curioso que las mayores tasas de violaciones y abuso sexual a menores se encuentren en el seno de la Iglesia Católica. Es un lamentable y despreciable subproducto de tal doctrina.
Creo que la moraleja es bastante obvia. Una norma prohibitiva e inhibitoria tan tajante como la anterior, y que esté referida a cuestiones biológicas, no puede ser más que perjudicial y cruel. Ya sea que se prohíba el consumo de alimentos, que se inhiban las aspiraciones materiales normales de una persona, o que se prohíba el correcto goce sexual, constituye un acto irracional que no analiza las consecuencias finales que se derivarán de este tipo de prohibiciones. Las privaciones sensoriales de cualquier tipo, llevadas al extremo, son altamente perjudiciales para la persona que las sufre o, incluso para el entorno de dicha persona. Y una muestra lamentable de esto, son los millones de casos de abuso sexual perpetrado por sacerdotes en todo el mundo y a lo largo de toda la historia del catolicismo.