Pepe San Nicolás, un bandolero entre la historia y la leyenda

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Pepe San Nicolás,
un bandolero entre la historia y la leyenda.
Autor: Miguel Salas Parrilla
Introducción

            Cuando era un adolescente, muchas tardes me quedaba en casa de mis tíos al cuidado de mi abuela paterna, Julia Chicano Martínez. Ésta me contaba episodios de su vida y algunas historietas como la del bandolero Pepe San Nicolás de quien decía que llegó a atracar a la mismísima reina Isabel II. Consideré lo que me contó mi abuela como una leyenda y como tal la escribí en mi libro Almarcha, publicado en el año 1980.
            Posteriormente entré en contacto con Job Moya Peraira y con Marino Poves, quienes se interesaron por la leyenda que figuraba en mi libro, pues tanto en Torrubia del Campo como en Tresjuncos se cuentan leyendas similares. Ambos me testimoniaron que el bandolero fue un personaje auténtico, aunque algunos de los hechos más relevantes que se le atribuyen pueden estar distorsionados con el paso del tiempo y otros son tópicos que se relatan de diversos bandoleros.
            Gracias a la colaboración de Job, Marino y de José María Rubio Moya, natural de Los Hinojosos, que revisaron los libros eclesiásticos de nacimientos, matrimonios y defunciones de la época, hemos logrado realizar una investigación que me permitió precisar algunos datos del bandolero: año de nacimiento y defunción, matrimonio, hijos habidos, lugares donde vivió, así como algunos de sus hechos más famosos y su relación con la Corona.
Madrid, 2008-2012
Oscuros son los orígenes biográficos de Pepe San Nicolás (1808-1895), como corresponde a la historia novelada de un bandolero del siglo XIX. La causa de esta incertidumbre parece que radica en que, siendo su verdadero nombre Francisco San Nicolás, como bandolero utilizó el alias de Pepe, con el fin de no mezclar su vida privada con la de bandolero.
Dos pueblos conquenses fueron su cuna (Tresjuncos) y su sepultura (Villarrubio).
1. Datos sobre su origen y lugares donde habitó
Francisco San Nicolás nació en Tresjuncos en el año 1808. Se casó con Clara Collado, natural de Los Hinojosos (Cuenca), y en dicho pueblo le nacieron dos hijas: María Ascensión (nacida el 6 de mayo de 1837) y Catalina (nacida el 25 de noviembre de 1838), así como un hijo, José Vicente (nacido el 17 de agosto de 1840), quienes tuvieron a su vez larga descendencia.
Se sabe que, al acabar su vida de bandolero, se estableció como arrendatario en la finca El Molinillo en La Almarcha. Hacia 1849 traslada su residencia a Villarrubio, y lleva en arrendamiento la finca Villa Paz, que era propiedad de la Corona. En Villarrubio fueron bautizadas cuatro hijas: Isabel en 1849, Justa María Francisca en 1851, Juana Clara en 1854 y Eusebia en 1857.
En este mismo pueblo, con el producto del arrendamiento, adquirió las propiedades de la Vizcondesa de Palazuelos, en la vega del río Bedija, colindante con los términos de Torrubia del Campo, El Acebrón, Fuente de Pedro Naharro y Tarancón. Allí edificó vivienda propia, para la servidumbre y dependencias para la labor, conjunto que es conocido actualmente como “Casa  Pepe”.
2. Su vida de bandolero
            Hijo del también bandolero Urbano San Nicolás, la cuadrilla de bandoleros de Pepe San Nicolás se mantuvo activa hasta bien entrado el reinado de Isabel II, reina a la que asaltó por equivocación, en el episodio culminante de su trayectoria, que además motivó el cambio de su vida de bandolero por la de arrendatario importante de terrenos pertenecientes a las más altas esferas de la nobleza.
            Varios son los lances de asalto, a mitad de camino entre la leyenda y la historia real, que se refieren en los pueblos de la provincia de Cuenca relativos a este bandolero que gozó de gran prestigio popular, pues se dice que robaba a los ricos para distribuir lo robado entre los pobres, que se tomaba la justicia por su mano y operó como un benefactor social a la vez que como salteador de caminos.
            Al morir el rey Fernando VII, el 29 de septiembre de 1833, su esposa doña María Cristina de Borbón Dos Sicilias quedó viuda, y en la minoría de edad de su hija Isabel II fue regente desde 1833 a 1840. Poco tardó la reina regente en buscar un compañero para su vacío lecho conyugal. El agraciado fue el sargento de la guardia de Corps, don Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, natural de Tarancón, con el que se casó en secreto apenas transcurridos tres meses de la muerte de su esposo, el rey Fernando VII. Los hijos no tardaron en llegar, ocho en total. Ya en 1834 nació su primera hija, doña María Amparo Muñoz y de Borbón. Otros hijos de este matrimonio morganático nacieron en 1835, 1837, 1838 y 1840, año en que la reina fue desterrada de España.
Puesto que su primer matrimonio fue secreto, en 1844 se celebró la boda oficial con el consentimiento de la reina Isabel II y le fue concedido a don Agustín el título de Grande de España y el ducado de Riánsares.
            Dado que los hijos secretos podían ocasionar, y ocasionaron, un problema de estado, la reina regente, en connivencia con su secreto marido, sus suegros, el presbítero Marcos Aniano y alguna servidumbre de palacio, acordó enviarlos fuera de palacio para que fueran criados y educados con una familia de confianza.
            Se cuenta que, en uno de los viajes secretos de la comitiva real hacia Tarancón, que tenía el objetivo de dejar en casa de sus abuelos a uno de los hijos de la reina, la carroza en la que iba el niño fue asaltada por el bandolero Pepe San Nicolás. Dentro de la carroza, custodiando al niño, se encontraba el cura don Marcos Aniano González, que era familiar del padre de la criatura y oficiante del secreto e irregular matrimonio. Como el bandolero mandara, a punta de trabuco, que se abriera la puerta de la carroza, al instante apareció tras ella el cura don Marcos, quien, pistola en mano, estaba encañonando ya al bandolero Pepe San Nicolás.
            Al instante se reconocieron ambos, pues en su juventud habían participado en juergas conjuntas en la zona de Tarancón. Al verse mutuamente encañonados, ambos pronunciaron el nombre del otro: “¡Pepe!”. “¡Marcos!”.
            Acto seguido, los dos guardaron sus armas y el bandolero con su cuadrilla dio custodia al carruaje hasta la villa de Tarancón. A partir de aquel momento las relaciones entre don Marcos y Pepe se estrecharon, y fue habitual ver al bandolero escoltar los viajes de la familia del marido de la reina hasta Tarancón.
            En recompensa por tales servicios, es fama que Pepe San Nicolás recibió terrenos en arrendamiento y que, tras el destierro de la reina regente, doña María Cristina, y de Agustín F. Muñoz a partir de 1840 el bandolero les hacía llegar las rentas a su lugar de destierro.
            No menos renombrado en la comarca fue el suceso conocido como “El atraco al muletero”. Se cuenta que un día, cabalgando por el monte, se encontró Pepe San Nicolás con un leñador que venía de camino hacia el pueblo, y que traía del ramal a una burra cargada con la leña que luego había de vender para el sustento de su larga familia. Como el bandolero hubiera preguntado al leñador por su trabajo, y éste le respondiera que le iba mal, pues con la vieja burra que tenía no lograba transportar la leña necesaria para alimentar a tan numerosa familia, Pepe disparó un par de tiros sobre la burra y dio con ella en el suelo. El animal murió al instante.
            Entristeciose mucho el leñador por aquel suceso, pero no se atrevió a proferir insultos contra quien le había arruinado, aunque comenzó a maldecir su fortuna, pues ¿cómo iba a alimentar de allí en adelante a sus hijos? Entonces el bandolero metió la mano en la faja, sacó una bolsa de dinero que allí llevaba y se la entregó al leñador, diciéndole que con parte del dinero comprase en la posada una mula que estaba puesta en venta, y que el resto lo gastase en ropa para vestir a sus hijos.
            Cuando el leñador llegó a la posada y preguntó al muletero en cuánto estaba tasada la mula que se hallaba en venta, pues tenía la intención de comprarla, echáronse a reír éste y el posadero, ya que sabían que el leñador apenas tenía para mal comer. Pero como el leñador insistiera, pusiéronle el excesivo precio de cien reales. Ambos quedaron asombrados cuando el leñador, echándose mano al bolsillo, sacó los cien reales, pagó el precio de la mula y se la llevó consigo.
            Estaban el posadero y el muletero comentando, durante la cena, el excelente trato que habían hecho cuando, de repente, se abrió la puerta y tras ella apareció Pepe San Nicolás, quien robó los dineros a ambos, se bebió el  vino que sobre la mesa había y desapareció, bien bebido y dueño de nuevo del dinero que había entregado al leñador.
            Gozaba por estas hazañas de gran estima entre la gente pobre de la comarca, que veía en él a un amigo benefactor, por lo que le avisaban de los movimientos de la justicia. Llegaron a ser tantos sus encubridores que jamás se le llegó a prender. Además, Tresjuncos era en la época un laberinto de cuevas en las que él se escondía por la noche y, para despistar a sus perseguidores, tenía la costumbre de ponerle a su caballo las herraduras al revés.
            Muchos y sonados fueron sus asaltos por los caminos, pero ninguno de ellos lo fue tanto como el que perpetró, sin él saberlo, contra la mismísima reina de España, Isabel II.
            En las proximidades de la finca El Molinillo de La Almarcha, al mando de una cuadrilla de bandoleros, organizó un asalto que él preveía que les proporcionaría un gran botín, según los indicios externos del carruaje observado. Aprovechó el momento oportuno, cayó sobre los soldados que lo custodiaban, a todos redujo y ordenó abrir la puerta del carruaje para saquearlo. Cuando ésta se abrió y el leal bandolero se dio cuenta de quién era la asaltada, arrodillose ante su reina y, tras pedirle perdón, le rindió honores. Intrigada la reina por su comportamiento, preguntó a sus soldados quién era aquel caballero de tan cuidados modales. Dijéronle éstos que del bandolero Pepe San Nicolás se trataba, famoso en la comarca por robar a los ricos lo que les sobraba para entregárselo a los pobres necesitados.
            Cuando la reina esto oyó, prohibió que nadie le prendiera, pues era su quehacer honrado, y en adelante gozaría este hombre de su protección, por lo que le concedía en arrendamiento la finca de El Molinillo, que pertenecían a la familia real y tenía 311 hectáreas, las suficientes para poder llevar una vida digna.
            Habiendo llegado a oídos de la reina que el bandolero tenía varias hijas, mandó a Pepe que se las enviara a la corte para que le sirvieran como camareras.
            Cumpliendo con el deseo de la reina, Pepe San Nicolás envió a dos de sus seis hijas a la corte, en la que sirvieron a la reina. Y cuando ésta fue desterrada a Francia, en 1868, se trasladaron con ella a París, donde le sirvieron hasta el fin de sus días.
            Este lance cambió la vida de Pepe San Nicolás, pues la noticia del suceso se extendió por la comarca como la pólvora, razón por la cual el bandolero ganó mucho en reputación. En lo sucesivo se dedicó al control de los terrenos que tenía en arrendamiento tanto en La Almarcha como en Villarrubio.
Pero como resulta que las malas costumbres son difíciles de erradicar, un día le ocurrió un suceso que entristeció el alma de este buen bandolero, que jamás había herido a nadie en sus asaltos. Habiendo preparado junto con su hijo un asalto a un carretero que le parecía rico, éste se resistió a entregar los 36 reales que llevaba consigo, y entonces el hijo de Pepe San Nicolás realizó dos disparos para amedrentarle. Pero fue tan mala su fortuna que uno de ellos hirió al carretero, quien al instante falleció. El bandolero reaccionó con gran enojo contra su hijo, al que desterró a América y prohibió que volviera a pisar estas tierras.
            Ya envejecido, y apesadumbrado por este suceso, abandonó el bandolerismo, dejó el arrendamiento de la finca de “El Molinillo” y se refugió en su hogar de Villarrubio donde falleció el 22 de abril de 1895, a los 87 años de edad.
3. Los descendientes de Pepe San Nicolás
            Los descendientes de Pepe San Nicolás se extendieron por diversos confines del planeta: Torrubia del Campo, Villarrubio, Los Hinojosos, Horcajo de Santiago, París, México, Cuba, Puerto Rico, etc.
            De su hijo José sabemos que se casó en Torrubia del Campo, que estuvo en Cuba, que tuvo un hijo que vino también a casarse a Torrubia del Campo, lugar en el que tuvo cuatro hijas que no dejaron descendencia. Su hija Catalina casó en Villarrubio, donde tuvo cinco hijas y un hijo. Una de estas hijas (Sergia Valentina Rodríguez San Nicolás) se casó también en Villarrubio, cuya descendencia, con apellidos Montalvo, se encuentra hoy en Horcajo de Santiago.
Las últimas descendientes de las que tenemos noticia, bisnietas o tataranietas, poco ha que fallecieron solteras en Torrubia del Campo.
            En Villarrubio la memoria colectiva recuerda que Pepe San Nicolás donó la fuente pública, que todavía se conserva, y que una de sus nietas, de nombre Valentina, y servidora de la casa real, regaló un manto a la Virgen del Villar, patrona de la localidad.
            Los casamientos de los descendientes de Pepe San Nicolás que hemos podido documentar son siempre con miembros de familias hacendadas, que mantienen ese rango en la actualidad. En el caso de los Velázquez, naturales de Torrubia del Campo, tenían acreditada la condición de nobleza.

Cueva donde se alojaba Pepe San Nicolás en Tresjuncos.
 A la izquierda, las carlancas de un perro, que quizá fueran las del perro del bandolero
4. Comentario crítico
            Lo hasta aquí expuesto se ajusta, esencialmente, a lo que sobre nuestro personaje nos cuenta la tradición oral recogida en diversos pueblos de la provincia de Cuenca, tales como La Almarcha, Tresjuncos, Villarrubio, Torrubia del Campo, etc.
            El problema está en dilucidar hasta qué punto la tradición oral se ajusta a la verdad histórica o la altera con fantasías o deformaciones de los hechos. Está confirmado que Pepe San Nicolás nació en Tresjuncos, que se casó en Los Hinojosos, que vivió en Tresjuncos, La Almarcha y Villarrubio, donde se instalaron la mayor parte de sus descendientes.
            Job Moya Peraira, en su libro En los confines de la Carpetania, en el epígrafe que dedica al bandolero, presenta un documento en el que “Hurvano de San Nicolás”, que fue su padre, junto con el bandolero Vidal Torres y otros vecinos de Tresjuncos, solicita en 1825, en una carta dirigida al Real Consejo, que se les conceda permiso “para crear un arbitrio mediante el cual recaudar los 200 ducados que costaba mantener un médico que atendiera la población”. En otros documentos notariales de 1843 quien figura en la venta de un molino de viento, una era y un almud de tierra ya es Francisco San Nicolás, que desearía desprenderse de sus posesiones en Tresjuncos, pues se había instalado en La Almarcha.
            Comenta Job Moya Peraira que su abuelo Pedro Peraira, que trabajaba de albañil, pudo observar hacia 1950 en la cueva de Tresjuncos (ahora propiedad de Francisco Caniego “el Pescadero”) la montura y la cabezada del caballo de Pepe San Nicolás, y afirma que también se conservaban en dicha cueva las carlancas del perro que siempre acompañaba al bandolero. Yo también he observado en dicha cueva unas antiguas carlancas de perro (que figuran en la fotografía), pero no sé si son las que utilizó el perro del bandolero u otras diferentes.
            Estos datos, aportados por Job Moya Peraira en su libro En los confines de Carpetania, confirman que Pepe San Nicolás durante su etapa de bandolero se refugiaba en Tresjuncos y merodeaba por la zona.
            Por otra parte, acontecimientos como “El atraco al muletero”, parecen historias tópicas, comunes en los relatos de bandolerismo, pues también se conocen aplicadas a otros bandoleros como “El Pernales”, que actuaba en la zona de Albacete. En Villarrubio se da otra versión diferente de este episodio, en el que cambian los personajes.
            Es indudable que algún incidente debió tener Pepe San Nicolás con alguna comitiva real. Lo lógico es que aquel incidente le hubiera costado la vida, pero en lugar de ello salió favorecido y de bandolero pasó a convertirse en un rentero de la familia real, lo cual marca un punto de inflexión en su trayectoria que le obliga a abandonar el bandolerismo.
            Mucho dudamos de que llegara a atracar la comitiva de la reina Isabel II, que estaría sin duda fuertemente custodiada por soldados. Si esto hubiera ocurrido, lo más probable es que le hubiera costado la vida, pues se hubiera puesto precio a su cabeza, en el caso de que hubiera logrado escapar con vida del lance. Más probable nos parece que el atraco se produjera contra la comitiva que desde la corte se dirigía a Tarancón para llevar de tapadillo a uno de los primeros hijos de la reina regente, doña María Cristina, y de su esposo Agustín Muñoz Sánchez. Dado que no se pretendía levantar sospechas, es probable que la comitiva no llevara la protección suficiente.
         Nos parece muy verosímil que en el asalto se encontrara con el cura don Marcos Aniano, conocido suyo, quien durante el trayecto hasta Tarancón le debió de convencer para que cambiase de vida, pues gracias a su intercesión la familia podría entrar al servicio de la reina, y él llevar en renta algunas fincas de la Corona que le permitieran vivir dignamente.
            Mucho nos extraña que después de haber abandonado el bandolerismo regresara a su práctica en las puertas de la vejez. En Tresjuncos mantienen que quien mató al carretero no fue su hijo, sino su padre, que también fue bandolero. En el hipotético caso de que hubiera sido su hijo, el suceso debió ocurrir antes de que Pepe San Nicolás abandonara el bandolerismo, o sin participación suya en el atraco, pues no se entiende que estando muy bien establecido, y al servicio de la Corona, regresase a las andadas.
Fuentes documentales
Archivo Civil de Villarrubio. Libro de Nacimientos nº 1. Consultado por Marino Poves Jiménez.
Archivo Parroquial de Villarrubio. Libros de Bautismos nº 6 y 7. Consultados por Marino Poves.
Archivo Civil de El Hinojoso de la Orden. Libro de Bautismos nº 11, consultado por José María Rubio Moya.
Moya Peraira, Job. En los confines de Carpetania. Libro pendiente de publicación.
Salas Parrilla, Miguel. Almarcha, págs. 36, 57-58. Tarancón, El autor, 1980.
Testimonio oral de mi abuela Julia Chicano Martínez, año 1979.
Testimonio oral del profesor don Marino Poves Jiménez, año 2009.
Testimonio oral de Job Moya Peraira, quien además me ha permitido utilizar documentación de su libro, todavía no publicado, En los confines de Carpetania.
Testimonio oral de Francisco Caniego “el Pescadero”, vecino de Tresjuncos, quien además me permitió fotografiar la cueva en la que, en su época, pasara muchas noches Pepe San Nicolás.

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo establecido por el Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación  de libertad quienes, sin la preceptiva autorización del autor, reprodujeren, plagiaren o comunicaren públicamente, en todo o en parte (bajo cualquier tipo de soporte), una obra literaria, artística o científica.
© Miguel Salas Parrilla
© Maquetación: Jesús Salas Parrilla

Aportado para este blog por D. José María Rubio Moya.

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