VIDA Y OBRA DE FRAY FRANCISCO "EL INDIGNO", APOSTOL DEL CONGO.

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POR VÍA DE INTRODUCCIÓN

Esta vida compendiada del venerable Padre Fray Francisco de Jesús llamado “El Indigno”, La hemos escrito teniendo a la vista la «Autobiografía» del Siervo de Dios y las «Informaciones» que se hicieron en la Orden y en algunos obispados, como el de Jaén y el de Lisboa, para proceder a beatificación del «Apóstol del Congo» ante la Sagrada Congregación de Ritos.

No pueden darse, pues, mejores ni más auténticas fuentes de veracidad histórica, referentes a lo que aquí tratamos de narrar sencillamente para edificación del pueblo cristiano, dando a conocer una de las más excelsas figuras eucarísticas y misioneras que ha tenido la Iglesia de Dios.

La Autobiografía del venerable padre lleva este título al frente: «Lo que dijo de sí el P. Fr. Francisco de Jesús Indigno, apremiado por un precepto de la obediencia».
Escribió, pues, como Santa Teresa y otros santos, obligado por quien podía mandarle bajo precepto, con el fin de explorar su espíritu, y, sobre todo, para que diese gloria a Dios refiriendo las mercedes que recibía de su divina Majestad. Por eso empieza nuestro Francisco diciendo:
«Dijo por obediencia un esclavo indigno suyo las misericordias que Nuestro Señor le ha hecho, aunque indigno de ellas». Escribió el venerable Padre su relación en los últimos años de su vida estando en Madrid. Su autobiografía es como su figura y como su vida: la mitad eucarística y la otra mitad apostólica. La primera mitad la emplea en dar cuenta minuciosa de su amor al Santísimo Sacramento, de los ímpetus que tenía en su divina presencia, ímpetus que le hacían danzar como David al son del harpa y de otros instrumentos músicos delante del Sacramento de nuestros altares; que le movían a representar comedias y autos sacramentales por las fiestas del Corpus, en Úbeda, en Baeza y en otras ciudades y pueblos de Andalucía; habla también de las curaciones milagrosas, de las mercedes y regalos que recibía del Señor junto a la fuente de la vida, la Sagrada Eucaristía.
Todas estas cosas hacen de este insigne hijo de Santa Teresa una de las más atrayentes figuras eucarísticas de nuestra patria, y puede figurar muy bien al lado de San Pascual BayIón, de Doña Sancha de Carrillo, del Beato Juan de Ávila, de la «Loca del Sacramento», de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz y de tantas y tantas otras almas enamoradas locamente del Santísimo Sacramento del Altar.
La segunda mitad de la Autobiografía del venerable«Indigno», es apostólica, como hemos dicho. En ella refiere sus predicaciones por tierras andaluzas como enviado y discípulo del Maestro Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía; sus enseñanzas como “Doctrinero” en Baeza, en Veas y otros pueblos; su obra misional en los reinos del Congo y de Angola, a donde fue enviado por el P. Gracián de la Madre de Dios, primer Provincial de Id Reforma Teresiana; su predicación por las calles y plazas de Madrid, por los pueblos de la Mancha, por los campos de la Alcudia y por las serranías de Cazarla; su amor a los pobres y a los enfermos, y lo que por ellos hacía y trabajaba; su trato con los ricos, con los nobles y con los reyes, en favor de los menesterosos; su dedicación continua en busca de pecadores, de gentes de mal vivir, de los más perdidos y facinerosos, con el fin de atraer las ovejas perdidas al redil del Buen Pastor, habiendo sacado millares y millares de las garras del enemigo de las almas. Todo Jo cual le ha granjeado el título no sólo de apóstol del Congo, sino también de verdadero apóstol popular del siglo XVI.
Todo lo que él dice y todo lo que él hizo, lo confirman unos 32 testigos, que deponen bajo juramento en las Informaciones de su causa, algunos de ellos verdaderamente calificados, como son entre otros, el venerable padre fray Domingo de Jesús María Ruzola, Taumaturgo de su siglo, el R. P. Fr. José de Je-sús María, General de los carmelitas descalzos, el P. Fr. Juan Evangelista, compañero y confesor de N. P. San Juan de la Cruz, el P. Alonso de la Madre de Dios, biógrafo del Doctor Místico, el P. Fr. Pedro de la Purificación, que trató mucho a Santa Teresa y otros santos y sabios religiosos. Mandó hacer estas informaciones en la Orden el R. P. Fr. Francisco de la Madre de Dios, General de la Congregación de España, el cual, con fecha del 4 de febrero de 1603, expidió una carta a todos los frailes y monjas de la Orden ordenándoles, «con precepto formal» que dijesen «bajo juramento» todo lo que supiesen acerca de las virtudes y fama de santidad de los religiosos primitivos de la Reforma Teresiana. En esta lista de primitivos entraba en primera fila el venerable P. Fr. Francisco de Jesús El Indigno.
El encargado por el General para llevar a cabo estas Informaciones fue el P. Fr. Alonso de Jesús María, Provincial de Castilla la Nueva, con poder de subdelegar en los sujetos más aptos para el caso cuando no pudiera él recibir dichas Informaciones directamente. En el Procesillo ordinario que se hizo en la curia eclesiástica de Lisboa en el riles de agosto de 1614, por mandato del Ilmo. Sr. D. Miguel de Castro, Arzobispo de aquella ciudad, y a petición del P. Pedro de la Purificación, Prior entonces de los carmelitas descalzos de Lisboa, intervino el Muy litre. Sr. Don Rodrigo de Cunha, Inquisidor Apostólico de aquel Reino.
Todas estas garantías de veracidad nos ofrecen los hechos portentosos que vamos a historiar en estas páginas, sin que pretendamos que se nos dé otra fe que la que merece una historia verdadera y bien documentada.
De todos estos documentos se sirvió el Cronista de la Orden para tejer la relación de esta vida que va inserta en la Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen. Allí corre la narración al modo de las Crónicas de la época, sin que se nos diga quiénes vieron o dijeron los hechos que va refiriendo a largo de la historia, haciéndolos suyos el fiel Cronista, tan fiel en esto como en todo, por lo que vemos en las informaciones antes citadas, y que si su lectura no es tan del gusto de estos tiempos, no por ello padece un ápice la verdad que allí se encierra. Es cierto que se suceden allí sin tregua los hechos maravillosos, que se da poca importancia a fechas y a topografía y a otros pormenores que tanto hieren nuestra imaginación, y que tanto sirven, a veces, para conocer los personajes y el medio ambiente en que se movieron y se agitaron hasta llegar a ser héroes o santos. Nosotros, escribiendo para nuestros tiempos, nos ajustaremos a los gustos que ahora prevalecen, procurando, a la medida de nuestras fuerzas, no sacrificar en nada la verdad, la templanza, la sencillez y la dignidad de la historia, virtudes perdurables y atrayentes.
Declaramos aquí solemnemente que, al emplear en este libro los términos santidad, milagro, profecía, revelación y otros semejantes, no pretendemos prevenir ni adelantar el juicio y decisión de la Santa Iglesia, cuyo magisterio infalible es el único que puede fallar en esta materia, y al cual nos sometemos con sincera humildad y acatamiento.
EL AUTOR: FAY FLORENCIO DEL NIÑO JESÚS.

CAPITULO I
Patria y padres de Francisco el Indigno.-Apóstol de la Eucaristía en Úbeda.-Sus bailes y danzas delante del Santísimo.-La fiesta del Corpus. (1529-1545).

Los Hinojosos, villa de la provincia y diócesis de Cuenca, es la patria chica del venerable Francisco Indigno. Esta villa viene a tener unos 2.000 habitantes con dos parroquias: la de San Bernabé, que antiguamente pertenecía a los caballeros santiaguistas, y la de San Bartolomé, que era del patronato de los marqueses de Villena.
Hay en Los Hinojosos muchas casas solariegas, en cuyas fachadas se ven todavía los escudos y blasones de los títulos más linajudos de Castilla, entre otros, los de la casa de Pacheco, Girón, Lodares y Mexía . A esta última casa pertenecía la familia materna del venerable Francisco. Sin embargo, a la hora de su nacimiento, la familia de su madre había venido a menos, pudiéndosele considerar de condición humilde y pobre.
Su padre se llamó Juan Ruiz, y fue «poco concertado en sus acciones». En cambio, su madre, Juana Mexía, fue «persona hidalga y muy estimada en el pueblo, por sus muchos ejemplos de piedad». Reforma del Carmen, tomo 111, página 346. De este matrimonio nacieron cinco hijos por este orden: Francisco, Catalina, Juan, Pedro y Alonso. Uno de ellos, sin que sepamos cual, fue tiempo adelante religioso franciscano. El primogénito fue nuestro Francisco Indigno, el cual, por haber nacido el 4 de octubre de 1529, fiesta del Pobrecito de Asís, recibió ese nombre en la pila bautismal, y, con el nombre, muchas virtudes del Seráfico Patriarca. Fue bautizado, pocos días después de su nacimiento, en la «Parroquia del Marquesado», como llamaban en Los Hinojosos a la de San Bartolomé Apóstol. En la iglesia de la Orden, se bautizaron sus otros hermanos, según consta en los libros parroquiales. Poco sabemos de los primeros días de nuestro venerable Francisco. Sólo nos dicen que su buena madre fue su primera y única maestra; la que le enseño a leer y a amar a Dios sobre todas las cosas; la que puso ante sus ojos, después de la cartilla, dos libros que corrían entonces en todos los hogares cristianos, consolidando las virtudes y arraigando en los corazones el santo temor de Dios junto con las buenas costumbres. Esos libros eran los que leían también en la casa de Santa Teresa: el Flos sanctorum o Vidas de los santos y el Contemptus mundi, atribuido hasta el día de hayal piadoso y sabio Juan Gersón . Tan bien se aprovechó Francisco de las lecciones de su madre y de la lectura de estos libros, que, siendo muy joven todavía, huyó de la casa paterna, y se retiró a hacer vida solitaria en un monte; lo mismo que Santa Teresa, leyendo las Actas de los Mártires, emprendió el camino de Morería para que la descabezasen por Cristo. Lo que no pudo conseguir Teresa en su fuga, lo consiguió el joven Francisco, viviendo en la soledad, si bien «el tiempo que en ella estuvo y el modo de vida que hizo, debajo de llave nos lo ocultó su silencio».
Tampoco sabemos por qué a la edad de doce años abandonó para siempre la casa paterna y se refugió en Úbeda, en donde le recogió un caballero principal llamado Juan Malina, el cual, prendido de las dotes angelicales de Francisco, (le adopto por hijo). El “Pobrecillo de los Hinojosos”, quedó en extremo agradecido a la merced singular que recibió de tan noble y rico caballero.
Mas, no por vivir en opulenta mansión se le entibiaron los fervores que para entonces tenía, ni dejó de hacer su oración, ni de ejercitarse en rigurosas penitencias y mortificaciones. De la vida que hacía por este tiempo en casa de Juan Malina, nos quedan algunos testimonios. Dormía muy poco, y ese poco, más bien sentado que acostado. Contentábase con recostarse y apoyar la cabeza entre los brazos, pasando así gran parte de la noche. Lo restante lo pasaba en oración. Desde entonces empezó a disciplinarse «con rosetas de hierro hasta derramar sangre». Esto parece inaudita crueldad. Así lo llamamos nosotros, enemistados como estamos con la mortificación cristiana. Pero..a Francisco, aquellos disciplinazos con rosetas de hierro, le parecían dados con rosas y flores, en comparación de los azotes que Cristo sufrió por nosotros atado a la columna. Una de las cosas que más le arrastraban y movían hacia la iglesia era el oír pláticas y sermones; y era tanta su sencillez y simplicidad; dice un testigo, y tan alto el concepto que tenía de los predicadores que entendía no eran hombres como los demás, nacidos de mujer, sino venidos del cielo. Y habiendo oído decir que la madre del Doctor Carleval, discípulo del Maestro Juan de Ávila, que era Predicador apostólico, estaba en un pueblo, algunas leguas distante de Baeza, se le hizo muy de nuevo, y no pudiéndose persuadir a que tuviese madre como los demás hombres se determinó ir a verla. Y al fin, ya que se persuadió que el Doctor tenía madre, se consoló con ver que era bien; porque era muy espiritual y devota, y tenía un oratorio a donde se recogía a orar. Desde entonces solía pensar y decir. Por lo menos, ya que los predicadores nacen de mujeres, ellas son santas y ellos santos. Así había de ser; mas, poco a poco pudo ver en el camino de la vida, que no todos los predicadores eran santos, ni tan buenos como estaban obligados a serlo.
De la asistencia a los sermones, de la frecuencia de los sacramentos y con lo bien dotada que estaba. Úbeda por aquellos días de iglesias y conventos, pudo Francisco satisfacer sus deseos de oír de continuo la palabra de Dios, de gozar lo indecible en las fiestas religiosas, tanto en Úbeda como en Baeza, porque dada la proximidad entre estas dos poblaciones, tan pronto estaba en una como en otra, en especial cuando se trataba de honrar al Santísimo Sacramento, (su primer amor), el amor de todos sus amores y que formaba su mayor delicia. Él mismo nos dice cando-rosamente por estas palabras: «Siendo de edad de doce o trece años, se iba delante de su divina Majestad a las iglesias donde estaba el Santísimo Señor, delante del cual se estaba muchas horas de rodillas, mirándole con los ojos vivos de la fe. Como hacía tan continuas visitas al Señor, y le iba tomando tanto amor y confianza, su divina Majestad, que veía aquel corazón puro y sencillo horas y horas en su presencia, sin saber qué decirle muchas veces, le hablaba y le hacía muchos coloquios y favores, aunque como muchacho, no entendía la manera de favores y regalos que le hacía para declararlos en particular».
¡Qué regalos serían ellos cuando tan poderosamente atraía hacia sí el buen Jesús Sacramentado a un niño de tan pocos años, que no pensaba en juegos ni en diversiones propias de su edad, ni soñaba con otra cosa que con recrearse mirando al Señor en la Hostia Santa, el cual solía descorrer velos y cortinajes para manifestar a aquel alma sencilla su amor y sus fulgores de gloria!. «Desde muchacho, añade el mismo, fue enamorado del Santísimo Sacramento, el cual le hizo muchos y particulares beneficios y misericordias sin merecerlos. ¡Benditas sean sus entrañas de caridad y amor!».
De aquí le nació un deseo ardiente de honrar y hacer amar a Jesús Sacramentado. No sabía decir ni pensar en otra cosa. Parecía haber nacido para despertar y avivar la fe en los corazones cristianos hacia el Dios escondido, hacia el Dios ignorado que vive entre los hombres, en medio de ellos, ¡y ellos sin conocerle!, como dijo San Juan. Francisco, que ya desde entonces se llamaba .s El Indigno», por considerarse indigno de las mercedes que el Señor le hacía, le conoció ,y le amó desde tan niño con tales fervores. que fueron creciendo de tal modo hasta ser en él verdaderos ímpetus de amor los que !e daban cuando oía hablar del amor de Jesús, en la Eucaristía, y más cuando le veía expuesto en los altares. De ahí también que, «si estaba en el campo, como él dice, en oyendo tañer la campana para llevar el Santísimo Sacramento a los: enfermos o en procesión, no se podía detener, porque no le daba lugar el amor, hasta que venía’ a acompañarle».
Pero, para él, la fiesta de las fiestas era el día del Corpus, el «Día del Señor», según él decía y según se llamó ‘por antonomasia en nuestra patria la festividad del Corpus Christi. En ese día Francisco salía fuera de sí de un modo extraordinario. Organizaba ‘fiestas especiales; adornaba las calles y plazas; levantaba altares devotos .y .pintorescos con bellas alegorías y preparaba comedias y danzas de niños y de jóvenes. Buscaba vestidos, de seda y de raso, para aparecer delante de su divina Majestad tan puro en el .cuerpo como en el alma. A todo ello ayudaba el amor y el dinero de Juan Malina, que no le escatimaba nada, con tal de darle ese gusto santo. Compraba harpas e instrumentos músicos para acompañar al Señor en su carrera triunfal por las calles de Úbeda; procuraba que los Regidores y caballeros Veinticuatro de la ciudad ordenasen hacer fuegos de artificio y otras manifestaciones de particular veneración en honra del Santísimo, haciendo que tomase parte oficial la ciudad y el Cabildo. En fin, no dejaba vivir a nadie en las vísperas del Corpus, que eran vísperas muy anticipadas para el Apóstol de la Eucaristía..
«Este pecador Indigno, nos dice él mismo, gastó muchos ducados en ordenarle al Santísimo fiestas particulares de danzas y comedias santas de mucha edificación y de mucho espíritu..Los días del Santísimo Sacramento iba con harpas saltando y danzando, imitando al Profeta David, tanto que no parecía hombre humano. Llevaba a cuantos hombres podía a ofrecerles a este mismo Señor que en la Hostia con-sagrada iba, hasta hacerlos poner en tierra y adorar al Señor postrados delante de él y besando la tierra».
Todos los testigos, sin faltar uno, hablan de este amor del venerable Padre a la Eucaristía y de estas danzas y representaciones delante del Santísimo en las fiestas del Corpus. Algunos de ellos nos dan diferentes pormenores de las fiestas y de las danzas, Hay quien dice que bailaba y danzaba «tan encendido y abrasado de amor, que a todos causaba particular devoción, y que esta devoción y este amor fue en aumento en él hasta la muerte». Unos refieren que danzaba y bailaba en la procesión del Santísimo al son del harpa, aunque no supiera tocarla; y otros que en ocasiones, tomaba una vihuela o un instrumento de sonajas. Todos están conformes en afirmar que había en todo su cuerpo y en todo su ser algo tan celestial y divino que arrastraba en pos de él a las gentes, para ver aquel hombre de cielo danzar delante del Señor sin tocar apenas la tierra, y que con sus devotas danzas movía los corazones a devoción y piedad hacia el Santísimo Sacramento, de tal manera que cuando él, por enfermo o por alguna otra causa, dejaba de asistir en Úbeda a la procesión del Corpus, parecía como que faltaba la escolta real de Jesús Sacramentado. Y es que casi nunca se presentaba solo. Llevaba en su compañía un coro de niños y de jóvenes, y aun, a veces, de hombres maduros y de caballeros principales a rendir honor y vasallaje al Augusto Rey de los Cielos que se dignaba pasear por nuestras calles y por nuestras plazas. A todos obligaba a hacer reverencias muy devotas al Santísimo hasta «hacerles besar la tierra» por donde el Señor pasaba, como él mismo refiere.
No era esto sólo. Sus ímpetus de amor llegaban a tanto algunas veces, que, «después de tañer el harpa y danzar, echaba el harpa por lo alto, muy alto, para que se rompiese en honor del Santísimo Sacramento; pero el harpa no se rompía, aunque hizo esto muchas veces y la arrojaba muy alto». De sus ímpetus de amor en las procesiones del Corpus, se refieren muchos casos. El venerable Padre Alonso de la Madre de Dios, en las informaciones de Segovia, 1604, (Autobiografía), nos cuenta el siguiente: Un año, en Úbeda, después de saltar y danzar a la salida del Santísimo a la calle, «se adelantó por el Real de Arriba, que es la calle principal por donde solía pasar la procesión». El siguió sólo calle arriba hasta el monasterio de la Santísima Trinidad, que es al fin de la dicha calle, en la plaza que llaman de Arriba.. Es un edificio majestuoso de piedra de sillería, con una regia escalinata a la puerta de la iglesia. Francisco, después de haber entrado en la iglesia a visitar el Santísimo, volvió a salir, y se quedó en lo alto de la escalinata para ver venir la procesión y para recibir al Señor con una danza particular. Pero sucedió que cuando llegó a ver la custodia, aunque a cierta distancia, «le entró un ímpetu de tan encendido amor», que dio un salto desde las escalinatas a la plaza, yendo a caer contra unas piedras esquinadas. Todos creyeron que se había roto las piernas, «porque no pudo menearse ni moverse poco ni mucho». Tornáronle entonces algunos hombres en brazos, y le llevaron hacia la puerta de Toledo, «y como pesaba como pecador y tierra», según su frase, paráronse los hombres a descansar en la misma puerta de Toledo, pero por la parte de adentro de la ciudad. Allí estaban todos descansando, cuando asomó el Santísimo por una bocacalle, y entonces Francisco, al verle, dijo: «¿Cómo, señor! ¡VOS pasáis por donde está este pobre con la pierna quebrada por vuestro amor, y se ha de quedar aquí?» Y diciendo esto, le entró tal arrebato de amor, que dio un salto, y viéndose sano y bueno, empezó a cantar y a danzar delante del Santísimo con gran admiración de los circunstantes.
Otro año le quiso probar el Señor con una enfermedad que le impidió asistir a la procesión del Corpus. Deshacíase el Siervo de Dios en ayes y gemidos ante su divina Majestad por no poder gozar de aquella presencia y hermosura que los ojos de su fe veían en el Augusto Sacramento. No lo podía sufrir su amor; por lo cual, al decir de un calificado testigo, empezó el indigno a prorrumpir de esta manera,: «Pues, Señor, ¿pasáis por esto? ¿Que hoy este yo así, y que ni honraros ni alabaros ni oír misa pue-do… ? «Y diciendo esto, se levantó de la cama con gran ímpetu «y con fuerzas», se vistió su ropilla de danzador, y se fue a la procesión y bailó y danzó como siempre; y en acabando la procesión, se tornó a su cama, y siguió la enfermedad su curso hasta curarse.
Otro año, allí mismo en Úbeda, según el Siervo de Dios refiere en su Autobiografía, le sucedió otra cosa bien extraordinaria, por donde se ve cuán viva era su fe y cuán encendida su caridad hacia el Misterio de nuestros altares. Cansado de tanto cantar y danzar en la procesión, le tuvieron que recoger «como muerto» en casa de Andrés Ortega. Allí le prodigó toda clase de cuidados, como madre cariñosa, Dª Felipa de Carvajal, mujer de Ortega. Pero apenas se hubo repuesto un poco del cansancio, apenas le podían detener por más esfuerzos que hacían. Parecía como ‘que le arrastraban seres invisibles hacia la calle para seguir danzando en.la procesión. Y ya que no lo dejaban seguirla con el cuerpo, la seguía como un Vidente con el espíritu; porque no dejaba de decir: «Ahora va Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento, por tal parte»’. Salían a verlo, y así era la verdad, que el Señor iba por donde decía el venerable Indigno.
En las procesiones del Santísimo no permitía ni la menor falta de atención o descortesía para el Rey de: la gloria velada en las especies sacramentales. Tenía tanta autoridad con todos, aunque joven y de no arrogante figura, que a todos componía y recogía su presencia. Si estando lejos, advertía alguna falta, de un; salto, corno quien dice, se presentaba a corregirla, fuese quien fuese el que la cometiera.
He aquí un interesante episodio entre los muchos, que de este género le acaecieron. Un año en Úbeda junto a la Audiencia, hizo representar un Auto Sacramental.de mucha invención y lucimiento, sacando hermosas carrozas alegóricas, y colocando el Santísimo en unas andas muy ricas, muy bien adornadas y muy altas, para que el Señor descollara como quien era, entre la apiñada muchedumbre. Todos estaban admirados de tan grandioso espectáculo como el que ofrecía Úbeda aquella tarde. Con la admiración y entusiasmo que despertó el acto, hubo un caballero distraído que, por acercarse más a contemplar el Auto Sacramental que se representaba, se fue a recostar sobre las andas del Santísimo sin pensar que Ilevaba el sombrero en la cabeza. Verlo Francisco, y romper por la muchedumbre para imponer el debido correctivo al distraído, fue cosa de un momento. Pero, no pudo abrirse hueco entre la multitud apiñada y compacta. Entonces con una voz de trueno prorrumpió diciendo, de modo que se oyó en toda la plaza: «Echenme a ese hombre de ahí, que está con poca reverencia delante de la Majestad de Dios que está en esa Hostia consagrada». El culpable se dio por entendido en el acto; y a pesar de ser de lo más granado de la ciudad, no se ofendió por ello, sino que lo agradeció mucho «y luego se portó con todo comedimiento y respeto». El Señor pagó a su Siervo este celo por su gloria; porque allí mismo se le descubrió en forma de un hermoso Niño, «algo grandecito», que el mismo Venerable pudo ver, según él dice, «con los ojos corporales», de la manera que estas visiones caen sobre los sentidos. Lo cual le llenó de tanta alegría, «que fue saltando hacia las andas y diciendo: A la gala del Señor, que voy preso por su amor». Y entonces la multitud, movida por fuerza extraña, abrió paso al santo danzador llena de admiración y de recogimiento, al ver los resplandores divinos que le envolvían, resplandores que partían de la Hostia Santa. «Esta visión, dice, le duró todo el tiempo que estuvo allí parada la procesión, echando de sí el Señor res-plandores grandísimos». Los fieles veían solamente la Custodia y las especies sacramentales. El Siervo de Dios no veía ni especies sacramentales ni Custodia alguna: sólo aquel hermoso Niño, «algo grandecito», que le envolvía en suavísimas oleadas de amor y de gloria.
En cambio, otro año, durante la procesión del Corpus, vio en el Santísimo Sacramento a nuestro divino Redentor «a modo de airado y riguroso Juez», con la vara de la justicia en la mano, dispuesto a castigar los ultrajes e irreverencias que los hombres le infieren en el Sacramento de su amor. Mucho acobardó aquella visión a Francisco, y no hacía más que dolerse de ella toda la tarde, cuando, después de la procesión, llegó a sus oídos el rumor de que a todo lo largo del Real o calle principal, que había recorrido el Señor aquella tarde, y que todavía estaba engalanada con las colgaduras y reposteros de la fiesta eucarística, andaban paseando por ella galanes y doncellas embozadas, sin aquel recato que pide la modestia cristiana, y más en aquel paraje en que momentos antes había pasado nuestro Señor y se hallaba todavía perfumado de celestial aroma.
Tanto sintió el venerable Francisco tamaño desacato y escándalo público, que despojándose de sus vestidos de gala, con los que había danzado delante del Sacramento, se vistió con traje de penitencia, según usaba hacerlo el Jueves Santo, y tomando, como él dice, «una disciplina de hierro que pesaba más de una libra, se fue de rodillas por toda la calle, disciplinándose con ella, y diciendo a grandes voces: «Hombres desagradecidos: ¿cómo no andáis la boca en tierra por donde Dios ha pasado hoy? ¿Cómo no tembláis de sus castigos?… ».
El efecto que produjo •en el público esta escena conmovedora fue maravilloso. En pocos minutos se despejó la calle, y se fueron retirando los que la escandalizaban, movidos por aquel breve sermón y por aquel grande ejemplo. Hay que decir que entonces las ideas, profundamente cristianas, tocaban los resortes del corazón católico de nuestro pueblo, haciendo de los pecadores públicos almas contritas y humilladas en. Presencia de tales ejemplos .de santidad. .’ . ¡Y cuántos ejemplos de éstos dio nuestro venerable Indigno por aquellos días en la ciudad de Úbeda! ASÍ: era venerado y amado por todos sus habitantes. Todos conocían sus muchas virtudes. De ahí que predicase con tanto fruto, lo mismo con el ejemplo que con la palabra; pero, mucho más que con la palabra, con los altos ejemplos que daba, no sólo en las festividades del Corpus, aunque de éstas son las memorias que mejor se guardan, sino también en todas las demás fiestas del año, y en todos los días de su vida en aquella religiosa ciudad.
Estos ejemplos y estas predicaciones se extendían a todos aquellos contornos, en especial a la villa de Veas y a la ciudad de Baeza. De ello hablaremos en los capítulos siguientes, después que le veamos levantar el vuelo, a manera de decir, de la casa de Juan Malina y de la ciudad de Úbeda para ir a fijar su residencia habitual en la ciudad de Baeza. Sólo diremos aquí, para terminar su vida eucarística en Úbeda, lo que dice un testigo de aquellos días, y es, «que todas las veces que salía el Santísimo Sacramento, entre año, iba cantando y bailando sin ser en su mano». Como quien dice,’ sin poder reprimir los ímpetus de amor hacia el divino Sacramento del Altar, que se manifestaba de esa manera en su siervo, y tanto agradaba, por la sencillez del corazón, su divina Majestad.
He aquí, pues, una de las más bellas figuras eucarísticas de nuestra España del siglo de oro. (María.de Jesús, la de Veas, en Carta al P. José de ” Jesús María, Informaciones, fol. 728 y 29)..

Capitulo II
En Baeza.- El discípulo del Maestro Juan de Ávila.-Rector de los estudios menores de Baeza.-EI “Doctrinero” y evangelizador de villas y lugares. (1545-1575.).
No sabemos a punto fijo la fecha en que se trasladó nuestro venerable Francisco a la ciudad de Úbeda. Ni él, ni los testigos de su causa, ni los cronistas, de la Reforma del Carmen, nos lo dicen. Pero hubo de ser hacia el año 1545, según lo podemos colegir por el oficio que fue a desempeñar en Baeza aquel .varón de Dios, escogido por su divina Majestad para realizar una obra de Dios y no de los hombres.
Para estas fechas, nuestro Francisco frisaba con tos veinte años de edad. Ya había entablado estrecha amistad con el Beato Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía. La predicación apostólica del ilustre Maestro llenaba con su fama no sólo las dos Andalucías sino también ambas Castillas y aun toda España. Su fama de predicador apostólico había llegado hasta la misma Ciudad Eterna; y en un documento pontificio se le reconocía ya como predicador insigne de la palabra de Dios. Estas palabras se leían en la Bula de la erección de la Universidad de Baeza, que vino despachada a nombre del Maestro Juan de Ávila, si bien el fundador de aquella Universidad gloriosa, como reza la inscripción que aun hoy se ve en el frontispicio de la Universidad, fue Rodrigo López, hijo de Baeza, capellán y familiar del Pontífice Paulo III, que fue quien expidió la Bula de fundación con fecha del 4 de marzo de 1538.
El Maestro Juan de Ávila fue designado como primer Patrono o Rector de aquella célebre Universidad, con .facultad para graduar en las ciencias eclesiásticas, para redactar los Estatutos y dirigir la importantísima obra que allí se iba a levantar a gloria de Dios y de su Iglesia.
Una vez instalada la Universidad en la casa solariega del linaje de Acuña, el Maestro, conforme a la Bula pontificia, estableció varias aulas de Estudios mayores donde se leyesen y enseñasen lenguas sabias, Filosofía y Teología, cuyas cátedras dio a los maestros y doctores más sabios y piadosos, como fueron, entre otros, los doctores Bernardino de Carleval, Diego Pérez de Valdivia, Gaspar del Águila, Diego Palacios, Valentín Vélez, Gaspar de Loarte, Hernán Núñez y otros de sus más distinguidos discípulos, los cuales, años más tarde, ayudaron eficazmente a nuestro Padre San Juan de la Cruz en la fundación del colegio carmelitano de Baeza.
Pero, una de las cosas en que puso toda su atención el Maestro Ávila fue en crear, al lado de los Estudios mayores, unas escuelas de enseñanza primaria, «a fin de que el sacerdote partiese del firme peldaño de esta enseñanza elemental. Y así creó .cuatro clases para aprender a leer, una para escribir y otra para contar, que confió al cuidado de doctos maestros, todos discípulos suyos, bajo la dirección inmediata de un rector». Así lo dice el historiador de Baeza. Pues bien: el Maestro Ávila, para Rector de estas Escuelas menores, puso al venerable Francisco el Indigno: con lo que se deja entender que era uno de sus discípulos predilectos. Un ilustre hijo de Santa Teresa que vivió con el venerable Francisco y le trató íntimamente, dice a este propósito: «Fué uno de los discípulos de aquel gran Padre Maestro Ávila; y bien se le parecía en el gran celo que tenía de la salvación de las almas, por haberse criado a los pechos de su celestial doctrina… ».
En los principios regentó el mismo Maestro Ávila estas escuelas menores, para ir formando a Francisco en lo que más necesitaba saber, con el fin de darle la dirección de ellas. De este sabio y santo maestro, al lado de los otros discípulos suyos, salió Francisco perito en el arte de enseñar la doctrina cristiana sobre todo, perito también en el arte de gobernar aquellas escuelas y muy excelente predicador: todo ello más por ciencia que Dios infundía en su alma, que por estudiar en los pocos libros que manejaba.
De todo esto tenemos un buen testimonio en uno de los biógrafos del Apóstol de Andalucía. Dice así: «El Maestro Juan de Ávila fundó unas Escuelas de niños en Baeza, .que él gobernó al principio de su fundación. Llegaron a tener mil niños, y de ordinario. [(Noticias y documentos para la Historia de Baeza por Fernando de Cózar Martínez. pág. 542, Jaén. 1884). (El venerable Padre Domingo de Jesús María Ruzola en las Informaciones de Pastrana, 1603.) . (Vida del Maestro Juan de Ávila, editada en Madrid por Andrés Ortega. año de 1759, tomo 1, capítulo XXI. págs. 15& y 154.)], pasaban de quinientos, de la ciudad y .pueblos cercanos, con siete maestros. Enseñaban primeras letras; y latinidad hasta hacerles capaces de oír facultades mayores. El principal cuidado era enseñar la doctrina cristiana. De estas escuelas pasaban los niños a la, Universidad a oír Artes y Teología. La doctrina la enseñaban durante media hora por la mañana y otra media hora por la tarde. Gobernó estas escuelas muchos años el venerable Padre Fray Francisco Indigno, carmelita descalzo. Educóse en Baeza al lado de los doctores Bernardino de Carleval y Diego Pérez, discí-pulos del venerable Juan de Ávila. Andaba con, hábito clerical. Fue un raro ejemplo de todas las virtudes. Salía a predicar a las plazas; enseñaba por las calles la doctrina; y con no haber estudiado, por la grandeza de su espíritu, que hervía en su corazón, alentado con la doctrina del venerable Maestro Ávila, su maestro, decía excelentes cosas, con admiración de todos, por ventura, con más fruto que las grandes elocuencias. Sobre cualquiera capítulo del Contemptus mundi, que le tenía bien estudiado y practicado, discurría largo tiempo con .grande edificación y admirable doctrina».
He aquí, pues, la vida de Francisco en Baeza durante más de treinta años. Vestía el hábito clerical, enseñaba la doctrina cristiana en las escuelas y en las calles, gobernaba en calidad de Rector los Estudios menores que fundó el Maestro Ávila; predicaba en Baeza y en sus contornos, se ejercitaba por consejo y bajo la dirección del ‘gran Maestro en obras de caridad y de celo, como lo hemos de ver en estas páginas. De su predicación, del fruto que recogía, de su creencia intensa, se hacen lenguas, por decirlo así ‘todos´ los testigos que declaran en las diversas Informaciones de su causa. Era extraordinario también el aprecio en que le tenían en la Universidad y en los dife-rentes colegios y escuelas de Baeza, desde el Maestro Ávila hasta el último maestro de su escuela; y no menor, fue la estimación, veneración y amor que le profesaba el pueblo. Puede asegurarse que en su tiempo .fue el varón más popular en Baeza, como antes lo había sido en Úbeda.
La misión que le confió el Maestro Ávila , haciéndole Rector de las escuelas primarias y profesor de la doctrina cristiana o «Doctrinero», como le llaman algunos testigos, supo cumplirla Francisco a las mil maravillas; Abrióse para él un ancho campo en que desplegar el celo de la gloria de Dios que le devoraba. La educación de la niñez, sobre todo, desde el punto ‘de vista cristiano, le halagó sobremanera, y puede decirse que los niños que por él fueron instruidos y formados, los hallaron luego los profesores de la Universidad corno materia apta para imprimir en ellos las altas lecciones de sagrada teología, de modo que pudieron salir de allí teólogos consumados y aun doctores de mística teología. Algunos de éstos podíamos citar aquí; pero nos contentaremos con señalar uno que forma legión, y que siendo natural de Baeza, pasó por aquellas escuelas primarias y por aquellos Estudios superiores. Tal fue el venerable Padre Fr. Tomás de Jesús, lumbrera de la Iglesia, gloria de la Reforma Teresiana, ornamento de la Mística Teología y Precursor de. la ‘Congregación de Propaganda Pide, cuya idea y plan ‘concretó en sus obras admirables. Tomás de Jesús, el Místico y el Misionólogo tan celebrado de los sabios, fue formado en su niñez por este venerable Francisco Indigno en las escuelas primarias de Baeza.
Pero, lo que más alegró a Francisco al verse dirigiendo aquellas escuelas con tan crecido número de I niños, fue el poder formar con ellos, en las fiestas eucarísticas, una guirnalda de inocencia y de candor en torno al Santísimo ‘Sacramento, el tener un ejército infantil con que dar escolta al Señor de nuestros altares. Para él aquellos niños eran los pajecitos del Santísimo. En este amor les educaba y les formaba a to-dos; y era de ver cómo prendía en ellos el amor a Jesús Sacramentado. Según una Relación escrita por quien supo de él muchas cosas, en llegando las fiestas del Corpus, Francisco el Indigno, componía coplas y hacía representar a los niños que tenía a su cargo comédias en alabanzas del Santísimo Sacramento».
No por ocupar el puesto que ocupaba en aquellas escuelas, dejó nuestro Francisco de danzar y bailar delante del Santísimo en las fiestas del Corpus. Antes bien, cada vez lo hacía con mayor devoción y con más arrebatos de amor; porque no estaba en su mano según hemos visto, el reprimir aquellos ímpetus que le daban, cuando veía al Señor expuesto en los altares ‘ o saliendo triunfalmente por las calles y plazas de I~ ciudad. Esas manifestaciones de su amor, que en otros sin espíritu edificarían poco o escandalizarían mucho, haciéndolo como él lo hacía; no .solamente edificaba y (Tomás de Jesús se llamó en el siglo Sánchez Dávila y nació en Baeza por los años de 1564. Francisco el Indigno fue Doctrinero de las Escuelas de Baeza desde 1545 próximamente, hasta su entrada en la Orden del Carmen, que fue a primeros de marzo de 1582,(como luego veremos. E! P. .Díego del Santísimo Sacramento en su Relación de la misión del Congo, cap. VlI, y en las Informaciones de Lisboa). movía a devoción a los niños, sino que hacía derramar lágrimas de ternura a los viejos, y arrastraba a todos a honrar y venerar al Santísimo Sacramento. Así pudo decir un testigo de gran significación: «Siendo seglar en Baeza, el día del Señor se ponía Francisco una ropa de raso o terciopelo, y iba delante del Santísimo Sacramento haciendo mil locuras, y saltando y dando muchas voces, que a todos metía devoción y amor. No sabían cómo tenía piernas y pecho para llevar y sufrir lo que él hacía aquel día».
Si en Úbeda se ingeniaba para discurrir mil invenciones con que honrar al Señor y obligar a las autoridades a secundar sus fiestas, y al pueblo a asistir a ellas de modo que no quedase ese día nadie en las casas durante la procesión, en Baeza pudo más fácilmente conseguir eso, por el papel que hacía representar en ellas a los niños, con los cuales atraía también a sus familias y a las mismas autoridades; que era lo que él pretendía siempre: un homenaje filial, de amor y pleitesía, y un reconocimiento oficial del Reinado del Santísimo Sacramento sobre todos los corazones. Eso más que nada es lo que ha hecho de nuestra patria una España Católica, por excelencia. En otras naciones habrá habido más santos y más individuos mejores que en la nuestra. Pero en ninguna ha habido como en la nuestra quienes constantemente, entre los . reyes, entre los gobernadores, regidores, alcaldes ,o como se llamen nuestras autoridades, hayan asistido en corporación y oficialmente .’a rendir homenaje de reconocimiento y de pleitesía al Rey de Reyes y Señor (El P. Juan Evangelista, compañero de San Juan de la Cruz, en las Informaciones de Bolarque) de los Señores en los templos, en las plazas públicas, en’ donde quiera que haya habido que honrar y venerar al Dios de los ejércitos. Este fue siempre el pensamiento de Francisco el Indigno, y así se 10 expresó cierta vez al mismo Felipe II. ¿Qué diría hoy si viviera! ..
Pues como él anduviese tan solícito en honrar al Santísimo en las grandes fiestas del Corpus con su escuadrón de niños, a los cuales iba aleccionando en los cánticos y danzas religiosas y en declamar poesías y lindos discursos, las parroquias se disputaban el honor de llevar a sus procesiones y festividades eucarísticas al Rector de las Escuelas con sus pajecitos para alabar y honrar a Jesús Sacramentado.
A propósito de esto, sucedió un año que el Rector de la parroquia de San Marcos le invitó ‘con mucha anticipación para que fuese con los niños bien preparados para la fiesta del Corpus. Hízolo así Francisco, y, llegado el día, acudió puntualmente a la procesión con su escuadra de niños danzadores. ‘ M as, cuando estaban en 10 más animado de la danza, y Francisco en sus mayores fervores, tropezó en uno de los altares de las estaciones, y se rompió una espinilla. En el acto, se acordó el Siervo de Dios de dos médicos celestiales l de San Cosme y San Damián, que fueron médicos en la tierra, y les invocó así con toda sencillez y fe viva: «Pues sois médicos y siervos del Señor, en cuyo servicio me he lastimado, curadme». No bien hubo terminado su oración breve y ferviente, cuando se levantó completamente curado y prosiguió dirigiendo la danza de los niños, con gran admiración de cuantos le rodeaban.
Estos y otros prodigios, que el Señor obraba en su Siervo Francisco, le hacían crecer cada día más en santidad y en estimación a los ojos de .todos los ‘beacenses”. de modo que no faltaban quienes desde entonces le llamasen santo.
Otra de las armas espirituales de que se valió Francisco para fomentar las virtudes cristianas en los corazones de los niños de su escuela fue la predicación constante de la palabra divina, que es como espada de dos filos. Les predicaba mucho y les predica-ba bien. Con lo que había estudiado en el Contemptus mundi le bastaba y le sobraba para mover todos los corazones y persuadirles la práctica de las virtudes. Los niños estaban siempre pendientes’ de sus labios, aunque estuviese largo tiempo .predicando. Los maestros que asistían, generalmente, a sus pláticas al oír doctrina tan celestial y .cosas tan peregrinas y tan soberanamente dichas, se preguntaban asombrados, como aquellos que oían al Salvador: «¿Cómo tiene este hombre tantas letras no habiéndolas estudiado’». y esto se lo oiremos repetir a muchos teólogos y hombres de ciencia a lo largo de la’ vida de este varón apostólico.
Habiendo visto el Maestro Juan de Ávila este don precioso que Dios otorgó a Francisco, sin menoscabo de sus enseñanzas en las escuelas, ora en las principales fiestas y misterios del ‘Señor, ora en los tiempos de vacaciones, le mandó que predicase la palabra de Dios a los fieles. Así lo dice el venerable padre Domingo de Jesús María Ruzola por estas palabras ; Aquel gran Padre , Maestro Ávila… le mandó que tratase de la conversión de las almas, .diciéndole que ese era el camino por donde nuestro Señor le llevaba, y por el cual le había de servir mucho». Francisco no se creía digno de tan alto ministerio y por eso, como añade el mismo testigo, «aun en el mundo se llamó «Indigno».
Desde entonces, tomando nuevos alientos con el mandato de su santo Maestro, y conociendo que la obediencia da fuerzas, empezó Francisco su predicación en Baeza ante las gentes, con aplauso, edificación y aprovechamiento de las almas. Si había gustado y hecho fruto entre los niños de sus escuelas, que al fin eran inocentes y temerosos de Dios, mayores fueron los frutos que cosechó, fuera de su colegio ; con la palabra divina, por los muchos pecadores que convertía, hasta el punto de conocerlo luego los confesores de las iglesias. Las muchas confesiones, la reforma de las costumbres y las notorias conversiones .que hacía en la ciudad y fuera de ella, eran cosas que andaban en boca de todos, y de ellas hablan muchos testigos de su causa. Daba mayor fuerza a su doctrina el ejemplo de su vida inmaculada, de modo que, oyéndole predicar, parecía lo que él creyó que eran todos los predicadores, «un hombre bajado del cielo», o más bien, un hombre transformado en ángel».
Sucedía muchas veces que, no siendo capaces las iglesias para contener la gente cuando él predicaba, fue menester sacar afuera ‘el púlpito, porque todos pudiesen oír y gozar de su doctrina».
Viendo Francisco la cosecha que recogía con sus sermones, pensó que no había de concretarse su predicación a la ciudad de Baeza, y consultando su pensamiento con su Maestro, y obtenida su bendición, salió en muchas ocasiones con un compañero, discípulo también del Beato Juan de Ávila, a predicar y misionar por las villas y lugares, y aun por los montes y serranías de la comarca.
Sobre esta predicación fuera de Baeza, cerca y lejos de la ciudad, por campos y serranías, nos cuenta el mismo Siervo de Dios cosas Interesantes.
Refiere a este propósito en su Autobiografía que andando predicando y enseñando la doctrina cristiana de pueblo en pueblo con otro compañero, llegaron a Segura de la Sierra en ocasión en que el cura de aquel pueblo había prohibido predicar allí, tanto en la iglesia como en las calles, a los discípulos del Beato Juan de Ávila, los cuales, a imitación de su Maestro y por mandato suyo muchas veces, se ejercitaban en este santo ministerio continuamente. Al ver el buen cura a Francisco y al saber que era uno de tantos discípulos del Maestro Ávila, le negó ejercer la enseñanza del catecismo a los niños. Francisco, todo mortificado pero respetuoso y obediente con los ministros del Altísimo, se fue a la iglesia a pedir luces y a quejarse delante del Santísimo Sacramento. Estando en lo mejor de su oración, se le acercó un agraciado mancebo, que le dijo estas terminantes palabras: «Haz tu oficio». Y dicho esto, desapareció instantáneamente el celestial mensajero. Era un ángel del cielo, y por tal le tuvo el Siervo de Dios, el cual, abrasado en celo por la salud de las almas y asesorado por el ángel, dijo a su compañero: «Hermano: toque esa campanilla, que la palabra de Dios no ha de estar oculta» .Tocando la campanilla, con cruz alzada y cantando canticos alusivos a la doctrina cristiana, comenzaron a recorrer las calles del pueblo, haciendo diferentes estaciones. Cuando la gente se apiñaba entorno de ellos, Francisco tomaba la palabra, y hacía pláticas y exhortaciones sobre las verdades eternas y los caminos de salvación, que oían con avidez y con aprovechamiento de sus almas aquellos .sencillos habitantes. En este ejercicio pasaron el resto del día el Siervo de Dios y su compañero. Apenas supo el cura del pueblo que los discípulos del ‘Maestro Ávila andaban dando una misión al aire libre, hizo cuanto pudo para estorbarlo, sin poderlo conseguir; pues cuando él intentó impedirles su predicación en una calle, ya estaban ellos en otra predicando. Y esto no se puede concebir que sucediese sin milagro o disposición divina, porque el pueblo de Segura de la Sierra, se recorre todo en ‘pocos minutos. Era Dios ,que lo disponía así, para confusión de aquel su ministro negligente, y para gloria . de su celoso Siervo, en bien de las gentes humildes del lugar.
No se terminó aquí aquella apostólica jornada. Cuando ya entrada la noche, se recogieron Francisco y su compañero a la posada del pueblo; llegaron los alguaciles .a prenderles y llevarles a la cárcel por desobediencia y desacato al cura del lugar. Muy enojado .debía de estar éste por lo que él juzgaba ultraje a. sus mandatos y rebeldía de aquel vulgar “Doctrinero”, cuando obligó al alcaide de la cárcel que pusiera a buen recaudo aquel pobre predicador. El alcalde, no fiándose de otro, le echó unos grillos bien remachados. Fue tan grande el gozo que recibió Francisco al verse preso por la gloria de Dios, que empezó a cantar .unas coplas con su famoso estribillo: «A la gala del Señor, que estoy preso por’ su amor» .
Tan pronto como hubo’ cantado esto, «saltó la chapeta, y cada pieza fue por su parte». El Alcaide se quedó asombrado. Francisco le instaba a que le pusiese de nuevo los grillos y se los remachase mejor: pero aquél, conociendo que no podían saltar ‘así los grillos sin visible milagro del cielo, «le .dejó libre, y lo veneró por santo, divulgando por el lugar la maravilla. Corno la gente estaba arremolinada junto a la reja de la cárcel para ver en qué había de ‘parar la prisión del Siervo de Dios, cuando oyeron referir aquel prodigio al carcelero, empezaron todos a aclamarle por santo. Francisco, desde la reja, les hizo una plática muy provechosa; y el cura, cuando tuvo noticia’ de lo que pasaba, para no caer en la indignación del pueblo, vino a buscarle a la prisión y se le llevó a él y a su compañero a su propia casa, en donde les agasajó cuanto pudo para enmendar los yerros pasados. Así terminó la famosa jornada y misión de .Sierrra de Se gura.
Continuóla, sin embargo, por otros pueblos. Pero, el enemigo de las almas quiso impedir a todo trance la obra apostólica ‘del Siervo de Dios. Para lo cual suscitó algunos espíritus celosos, con el celo de los ‘falsos profetas, los cuales empezaron a decir que no podía poseer doctrina segura quien no la había estudiado; que estaba a dos dedos de dar en la herejía cada vez que predicaba; que el ir así predicando de pueblo en pueblo quien no tenía estudios, ni estaba ordenado, ni era clérigo, aunque vistiese traje talar, era cosa nueva en que debía tomar parte el tribunal de la santa Inquisición. Y a la Inquisición delataron a Francisco. Los Inquisidores de Córdoba ordenáronle que compareciese ante ellos para dar cuenta de su conducta y de sus predicaciones. El Siervo de Dios obedeció puntualmente, compareciendo ante aquel severo Tribunal con la mayor naturalidad del mundo, como quien nada temía y todo lo esperaba de los Inquisidores. Examinaronle éstos detenidamente, durante algunos días, sobre diversas materias referentes a la fe y buenas costumbres, ejercicios de piedad y buenas obras. A todo contestó Francisco sin inmutarse, con muy buenas razones y sólida doctrina. Y al verle tan bien fundamentado en humildad, en oración, en el conocimiento exacto de la doctrina cristiana y el celo de las almas, le despacharon favorablemente, sabiendo que aquel varón de Dios no podía hacer daño, sino antes bien, mucho fruto y aprovechamiento en las almas con la enseñanza de la doctrina cristiana, y más habiendo pasado ya por el tamiz del Maestro Juan de Ávila. Con esto, el mal se le convirtió en bien, y su paso por la Inquisición y el examen que en ella sufrió nuestro Francisco, le dieron más cumplida patente de enseñanza y de predicación apostólica ante los pueblos y los letrados.
Capitulo III
Su obra y sus viajes fuera de Baeza.-Con Santa Teresa en Veas.-EI voto de Fray 1, Francisco.-EI P. Gracián le viste el hábito !! l~ . Carmelitano en Baeza.-Llévaselo consigo al Convento de los Remedios de Sevilla.-Noviciado y profesión del Indigno.-Su obra apostólica en Sevilla. (1575-15’83)
Después del lance con la santa Inquisición, el venerable Francisco Indigno quiso dar cuenta de él y de su espíritu al Maestro Ávila, quien por entonces estaba en Montilla. Al mismo tiempo, pensó ir de Montilla a Granada a visitar a un hermano suyo, religioso Franciscano, que a la sazón se hallaba de conventual en Granada. Hízolo como lo pensó, y en aquella conferencia espiritual con su Maestro, cobró nuevos alientos para seguir adelante en el camino emprendido de la salvación de las almas.
Para entonces, había ya hecho un voto heroico, que él mismo formula de esta suerte: «Hizo voto, (dice hablando en tercera persona como siempre), d~ reprender las ofensas que viera cometer contra su Divina Majestad, aunque le costara la vida». Bien lo ne-cesitaba ahora por lo que le sucedió en estos caminos. Pero entonces lo cumplió, como en todos los lances en que se vio mientras le duró la vida. Por eso pudo decir en su Autobiografía: «En cincuenta y tantos años no ha perdonado a hombre alguno que haya oído jurar u ofender a Dios, que no le haya reprendido. Y nunca, por la bondad de Dios, le salió mal la reprensión que hizo; antes al contrario, han besado la tierra mucho número de ellos, y han propuesto no jurar más ni ofender a Dios… » .
‘Véase, pues’, lo que le sucedió camino de Granada.
Terminado el negocio que le llevó a Montilla, «quiso ir a Granada a visitar a un hermano suyo que era fraile de san Francisco». En llegando a Priego, le fue difícil hallar cabalgadura para él y para un compañero que llevaba. En un mesón les dijeron: «No se hallan cabalgaduras en que vayan. Sólo un arriero va para Granada; pero es el más terrible y blasfemo’ hombre que se ha visto, y no hay quien ose reprenderlo, ni irle a la mano». Entonces Francisco dijo a su I compañero: ¿Qué hemos de hacer hermano?. Vámonos con este hombre, que Dios lo remediará». Y dicho: esto, se pusieron en camino de Granada en compañía del terrible arriero. Poco habían caminado, cuando por la más mínima ocasión, empezó el arriero a jurar y a votar y renegar de Dios y de todo lo más santo v tan horriblemente, que a los pobres viajeros se les’ levantaban los cabellos de oírlos. Francisco el Indigno procuraba volver los ojos al cielo para .ver de buscar allí la luz .y el remedio, e iba haciendo sus coloquios interiores con el Señor y diciendo: Señor, ¿qué haré?.Callar y no volver por vuestra honra?., ¡[No lo puedo sufrir! Pues s! le hablamos; según nos han dicho; podría ‘matarnos y blasfemar más,… » En esto el arriero soltó un horrible juramento v que hizo estremecer al Siervo de Dios,, el cual encendido en ira santa le increpó diciendo, «¡Hijo de los diablos!¡Leño para arder en’ los infiernos! ¿Por qué no teméis? ¿Es Dios por ventura tan vil como alguna de vuestras mulas para que le traéis sin ningún miramiento?. Hombre desdichado» Así continuó el Siervo de Dios por esté camino la; más terrible reprimenda que el otro había oído en ‘los’ días de su vida, haciéndole morder el polvo, hasta que, el terrible arriero, «temblando como azogado» dijo: ¡No más; no más juraré. que me has hecho temblar así, porque parece que veo sobre mi la espada de Dios desnuda! «Y con esto dijo tales palabras y dio tales señales de dolor y arrepentimiento, ‘que desde entonces, al decir del mismo Francisco, fue camino’ adelante como un santo».
Llegaron, finalmente, a Granada con toda felicidad Francisco se fue a visitar a su hermano. Después paseó con él por la Alhambra, y al llegar la noche se fue con su compañero a pasarla en un mesón de la ciudad. Quiso’ Dios que en el primero que entraron, halló Francisco unos arrieros muy conocidos suyos, los cuales les ofrecieron, a el y a su compañero, «sendos aparejos de los mulos ‘con que arreglar su pobre cama. para pasar aquella noche; pues parece que en el mesón no había cosa mejor ni más caliente. Aquella misma noche convirtió el .Slervo.de Dios, con sus exhortaciones y con sus amenazas a una pobre mujer de mala vida. Tan sincera fue esta conversión; que viendo el corazón compasivo de Francisco, tan sola y desamparada a aquella infeliz mujer, al siguiente día se fue al palacio del Arzobispo a referir el caso a Su Señoría, y a pedirle amparo y protección para aquella joven descarriada que deseaba volver al buen camino. El Limosnero mayor de Su Ilustrísima quiso cerciorarse por sí mismo de la verdad del caso, y fue en compañía de un caballero principal a la posada que le indicó Francisco. Viendo aquél que todo era tal y como lo decía el Siervo de Dios, y que el arrepentimiento de la joven era firme y sincero, recogieron la en una casa de Arrepentidas, quedando allí sumamente agradecida a su benéfico protector. Después oyó decir Francisco, según él mismo testifica, que aquella joven hizo tanta penitencia por sus extravíos, que llegó a ser una santa. Parece ser que nuestro Venerable estuvo también por algún tiempo en Veas enseñando la doctrina cristiana en un colegio de aquella villa, pocos años antes, sin duda, de abrazar la Reforma Carmelitana. De la vida que allí hizo, de su santidad y penitencias, dan buen testimonio las fundadoras de las carmelitas descalzas de Veas, que le conocieron y trataron estando ellas en el siglo todavía.
He aquí lo que dice María de Sandoval: «Cuando el Venerable Francisco estuvo en Veas, en un colegio por doctrinero, le oía esta testigo pláticas de gran provecho… Era grande y notoria su santidad, desprecio del mundo, grandísimas penitencias y oración… Tenía un celo de almas grandísimo, y sacaba muchas de pecado con su oración y solicitud… Una persona de fe me dijo que se le había atascado en un cenagal una acémila, sin remedio de salir ni sacarla, que estaba como desesperado. Acaso venia de camino el P. Francisco, y como le vio fatigado, y su acémila ya se ahogaba, consolóle y dijo: En nombre de mi señor Jesucristo, te mando que salgas. Y al punto salió la acémila. Por milagro lo contaba su dueño, dando gracias a Dios en su Siervo». Otros varios recuerdos y episodios se conservan del tiempo en que estuvo en Veas, siendo uno de ellos referente al amor encendido al Santísimo Sacramento, de donde le vino un éxtasis que es el mayor de los que se refieren en su vida.
Supo cierto día que Catalina y María Sandoval, futuras fundadoras de las carmelitas de Veas, juntamente con otras cuatro o cinco jóvenes muy cristianas y piadosas, estaban encerradas en la iglesia velando al Santísimo Sacramento, que por devoción de ellas y no regir entonces las leyes eclesiásticas que hoy rigen, lo había expuesto con este fin el piadoso bachiller don Lorenzo Pérez Bellón, del hábito de Santiago, tío de algunas de aquellas jóvenes piadosas. Apenas lo supo el Siervo de Dios, se fue a la Iglesia, y como la hallase cerrada, llamó reciamente a la puerta, y al ver que llamaba «el Santo Indigno», le abrieron, por los fervores que a todas les había infiltrado hacia el Sacramento de nuestros altares. Mas, Francisco viendo lo tarde que era y que aquellas débiles doncellas estaban sin comer todavía y fatigadas por sus penitencias, las echó muy lindamente de la iglesia, diciéndolas que mientras ellas se Iban a comer, él se’ quedaría haciendo la vela a nuestro Señor. Después de bastante resistencia cedieron al fin las jóvenes, y se marcharon a sus casas, Entonces el Siervo de Dios se cerró bien cerrado en el templo, echando pestillos y cerrojos a las puertas, y se fue luego a echar a las plantas del Señor, diciendo a su Divina Majestad: «Señor: pues he echado de aquí a vuestras esposas, yo me quiero estar con Vos». Dicho esto, «poniendo la fe y atención y amor en el Santísimo Sacramento, vio que le llevaba el corazón y el alma. Y no pudiéndolo resistir, aunque harto peleó, se quedó anonadado…
Esto es lo que él dice en su Autobiografía.
Pero, el hecho es que se quedó arrobado de tal manera, que yendo la gente a la iglesia, «a la puesta del sol», por más golpes que dieron a la puerta, Francisco no dio señales de vida, ni oía las voces, ni oía los golpes ni oía nada. Fue menester que los mozos más fornidos y valientes, atando muchas escaleras unas con otras, subieran por los tejados, y entraran por los tragaluces en la iglesia. Abrieron la puerta al pueblo, y el espectáculo que allí contemplaron todos fue verdaderamente prodigioso. Hallaron al Indigno fuera de sí y caído en las gradas del altar, todo envuelto en resplandores, como le sucedía otras veces. Los jóvenes más forzudos sacáronlo de la iglesia en brazos, y según el dice, estuvo dos o tres días sin volver de su arrobamiento. Cuando volvió en sí dijo: Dios se lo perdone a quien me quitó de allí; que si no me sacara, yo ya estuviera con Nuestro Señor.
Con este magno acontecimiento, es de suponer la fama de santidad que alcanzó el venerable Francisco en Veas, según atestiguan quienes lo vieron. Por esta causa, y porque reclamaban constantemente su presencia y sus servicios en Baeza, volvió allá el Siervo de Dios a continuar su obra en las escuelas Elementales, que al parecer hubo de seguir regentando hasta su entrada en la Orden del Carmen, siquiera tuviese en ellas buenos sustitutos que le supliesen en sus ausencias.
En Baeza estaba, ‘Y’ muy entregado a .sus ocupaciones apostólicas de predicar y enseñar la doctrina cristiana en las escuelas y por las calles, cuando llegaron a sus oídos los rumores de que la Madre Teresa de Jesús se hallaba en Veas para fundar un .convento de ‘su Reforma, y que las que ayudaban a la Madre con sus bienes de fortuna y con sus personas eran las. dos hermanas Catalina y María Sandoval con quienes le unía amistad santa y estrecha . Tuvo luego noticias más particulares y ciertas de la inauguración .de aquel nuevo convento teresiano, que había de ser con hada ‘solemnidad a 18 de febrero del 1575; en que habían de recibir .el hábito .las primeras novicias.’.. .
El17 del mismo mes, víspera de la fiesta, ya estaba Francisco el Indigno en Veas, tanto para ver y conocer a aquella santa Mujer de quien tantas cosas y tan altas se decían, como para asistir por amistad y gratitud, a la toma de hábito de las fundadoras. ¡Qué bien preparaba el Señor las cosas para que Santa Teresa echase el anzuelo y. pescase para su, Reforma al varón apostólico de Baeza como había pescado a San Juan de la Cruz en Medina, al P. Doria en Sevilla, y a Fray Ambrosio Mariano ya Fr. Juan de la Miseria en Madrid! ¡Y qué bien preparaba también el Señor.los caminos del venerable Francisco Indigno para que su celo apostólico se fuese a desplegar entre infieles, cuando él no lo esperaba, ni lo soñaba siquiera!.
He aquí cómo nos cuenta su entrevista con Santa Teresa en Veas.
«Andando en hábito de sotana y manteo, fue a ver a Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús, la cual le pidió con gran instancia fuese fraile de su Religión. Resistíalo él diciendo que en compañía del Padre Ávila hacía mucho fruto, y que en la Religión haría poco o ninguno. A las cuales palabras le respondió la santa ‘Madre: Que ella confiaba de Jesucristo nuestro Señor que había de hacer más fruto en la Religión que fuera de ella; y que probase un año, y otras razones tan fuertes, que él alargó sus manos y las puso en las de la Santa, e hizo voto de ser fraile de nuestra Señora del Carmen. Más de seis años le detuvieron, después del voto, personas espirituales, diciéndole que haría más fruto siendo seglar que religioso».
En efecto, esta entrevista, y este voto hecho por el Indigno en manos de Santa Teresa, tuvo lugar en Veas por el mes de febrero de 1575, como se ha dicho. El pobre Francisco, que andaba siempre a vueltas con su voto, no dejaba de consultar, a cuantos teólogos topaba, y algunos le decían, que debía pedir dispensa de tal voto; otros muchos, que se dejase de entrar en Religión; que las obras que traía entre manos daban más gloria a’ Dios, y hacían más ‘bien a las almas, que .entrando de lego en un convento, ya que a su edad no ,había que pensar en estudios para, ser sacerdote; “pues contaba a’ la sazón 50 ,años bien cumplidos. ,
En lo que Francisco estuvo algo trascordado, al escribir su Autobiografía, fue en la respuesta que dio a la Santa de que hacía más fruto andando en la compañía del Maestro Ávila, el cual para entonces ya había muerto. Falleció en Montilla, estando ya casi ciego, por los años de 1569. Nada de extraño que el bendito padre Francisco Indigno tuviese este lapso de memoria, escribiendo como escribía la Relación de su vida pocos años antes de su muerte, siendo ya septuagenario. Podía referirse más bien a la especie de compañía de discípulos y varones apostólicos que había formado y organizado el Maestro Ávila, para predicar y enseñar la doctrina cristiana por los pueblos de Andalucía. Y en este ministerio sí que daba gloria a Dios nuestro Francisco. De ahí su resistencia en los principios a entrar en Religión, hasta que la Santa, poniéndole de por medio su particular confianza en Cristo nuestro Señor, le aseguró seriamente que había de dar más gloria a Dios, y había de salvar más almas entrando en un convento que si se quedaba en el mundo. Como sucedió, en efecto. Entonces fue cuando Francisco se determinó a hacer el Voto referido, poniendo sus manos sobre las de la Santa. Era costumbre entonces el poner así las manos al pronunciar los votos en las procesiones religiosas, y de ello hay muchos testimonios de aquellos tiempos. De ahí la frase corriente: .«Hizo su profesión, o pronunció sus votos, en ‘manos de talo cual Superior o Prelado» .
A pesar de las contradicciones que encontraba en Baeza nuestro Venerable para cumplir su voto, él seguía con el pensamiento y el empeño de cumplirle. Al año siguiente, 1576, volvió a Veas para la profesión de las primeras novicias. Y dice la Madre María de Jesús: «En nuestro convento de Veas nos habló luego: a la Madre Catalina de Jesús y a mí, ponderando nuestro dichoso estado con admiración, y nos dijo: Ya he hecho voto de ser religioso en esta Sagrada Religión, con grande fervor. Dios me ha hecho esta merced. Ya está acabado. Donde a poco, tomo el hábito, que me holgué, porque es tan santo».
Resuelto como estaba a ser carmelita en la Reforma, de Santa Teresa, según se ve en esta declaración, Francisco no hubo, de ser ajeno a la fundación de los carmelitas descalzos en Baeza llevada a cabo por San Juan de la Cruz; pues sabernos que los que más trabajaron y movieron aquella fundación, fueron los principales discípulos del Maestro’ Juan de Ávila
En efecto, el P. Alonso de la Madre de Dios, en la Vida inédita de San Juan de la Cruz dice que los doctores Carleval, Diego Pérez, Ojeda, el P. Marcelo Núñez ,«Y otros tales» fueron muchas. veces al convento del Calvario, en donde a la sazón estaba de Superior San Juan de la Cruz, a manifestarle estos deseos que tenían de que fundase un .colegio carmelitano junto Universidad.de Baeza. Francisco, .que tenía que conocer al Santo, y que hubo quizá de verle y tratarle en el Calvario o en Veas a donde iba el Santo los sábados y otras vísperas de fiestas a confesar y enseñar a las carmelitas descalzas de fijo, había de consultarte sobre el voto que le traía a mal traer, y por eso, bien podía desear y trabajar para que San Juan de la Cruz fundase un convento de su Orden en Baeza.
La amistad del venerable Indigno con las carmelitas de Veas, especialmente con las Hermanas Catalina Y María de Jesús, también le hicieron conocer y tratar a otra de las grandes figuras de la Reforma carmelitana como era la venerable Madre Ana de Jesús, Priora entonces del monasterio de Veas. He aquí, pues, a este humilde Siervo de Dios, relacionándose, por obra Y disposición de su Divina Majestad, con las primeras figuras del Carmelo Reformado, cuyo hábito iba a vestir muy pronto. De labios de todos estos santos pudo aprender el espíritu de la Orden, que era espíritu de oración, de sacrificio y amor al Dios escondido en nuestros altares. De ahí que muy luego se enamoró Francisco de esta vida, Y no pensó ya sino en arreglar sus cosas, y dejar las Escuelas para entrar en el Carmelo.
El 14 de junio de 1579, fiesta de la Santísima Trinidad quedó inaugurado el Colegio de los Carmelitas descalzos de Baeza, cuyo fundador, y primer Rector fue nuestro Padre San Juan de la Cruz. Aunque Francisco no lo diga, es seguro que no había de faltar él a la fiesta; y desde aquel día, tenía allí un sabio y santo confesor con quien comunicar su espíritu, como era San Juan de la Cruz. Con él, no había de echar de menos a su antiguo director y padre espiritual el Maestro Juan de Ávila.
Los sucesos se encaminaban apresuradamente para facilitar a nuestro Francisco la entrada en el Carmelo Reformado. Por el mes de diciembre de 1581, llego a Baeza .el P. Jerónimo Gracián, Provincial de los carmelitas descalzos. Francisco se apresuró a visitarle y ponerle al corriente del voto que había hecho en manos de la santa Madre Teresa, de los pareceres de algunos doctores de la Universidad, que se le mostraban muy contrarios, y que le decían que no debía cumplir aquel voto, sino pedir la dispensa; de su voluntad firme y resuelta de cumplirle, y de vestir el hábito de la Orden, si su paternidad, después de examinar su espíritu, le juzgaba digno de dárselo.
El P. Gracián, examinado que hubo el espíritu del postulante, hallándole con tantos tesoros de sabiduría divina, y tan adelantado en la perfección, después de consultar el caso con el P. Fr. Juan de la Cruz, Rector del Colegio, y con los demás padres de la comunidad, decidió darle el hábito allí mismo en Baeza, para ejemplo de otros muchos y consuelo y edificación de todos sus amigos. Sin embargo, hubo que dilatar la ceremonia por algún tiempo, por causa de la mala salud de Francisco en aquellos días, el cual padecía recias cuartanas, que no se le acababan de quitar. Mas, como el P. Gracián se veía precisado a partir para Sevilla y se quería llevar a Francisco al convento de los Remedios de aquella ciudad, a fin de que hiciese allí con más fruto el año de noviciado, con cuartanas y todo, dispuso que Francisco tomase el hábito a primeros de marzo del 1582.
Este fue uno de los mayores acontecimientos que hubo entonces en Baeza. Y no hay que extrañarse de ello habiendo visto lo que era y representaba el famoso «Indigno» en aquella ciudad. tos hombres de entonces habían pasado., desde niños, por su escuela. Más treinta años hacía que se ejercitaba allí en la enseñanza y en la predicación. Pocos había en Baeza que no le debieran favores de uno y otro género. Todos le amaban y veneraban por santo. Todos habían de llorar aquella pérdida verdaderamente irreparable. Los Siervos de Dios del temple de Francisco Indigno, son una de las mayores bendiciones que el Señor envía sobre los pueblos. No era fácil reemplazar a aquel santo, si no es con otro santo de sus mismas condiciones. De ahí el llanto general que se mezcló en la gran fiesta que le hicieron. De todo esto nos da cuenta cabal el Siervo de Dios en su Autobiografía con su peculiar estilo y sencillez.
«Al cabo de los seis años, dice, (de haber hecho el voto en manos de la Santa Madre Teresa), el P. Gracián fue a Baeza y persuadirle fuertemente que fuese religioso. Aunque el Padre Fray Francisco estaba cuartanero, lIevóle a nuestro Colegio, y le dijo con resolución que aquel día había de darle el hábito. Reíase el P. Fr. Francisco, diciéndole que estando tan enfermo, mal podía llevar vida rigurosa, pues, aun con las comodidades de seglar, lo pasaba mal. Al fin, tantas cosas le dijo el P. Gracián, que aunque el P. Fray Francisco tenía a su cargo el Colegio de la Universidad, se resolvió a tomar el hábito. Vinieron luego, sin ser llamados, todos los doctores y capitulares de la Iglesia con los ministriles. Y como era tan conocido, cargó tanta gente a verle tomar el hábito aquella tarde, que no cabía en la iglesia ni en las calles».
Así, con tan sencillas palabras, refiere su toma de hábito nuestro venerable Francisco Indigno, en aquella tarde de uno dé los primeros días de marzo de 1582, cuando en aquel clima suave de Andalucía se abrían las primeras flores; cuando él peinaba canas y contaba ya 56 años y cinco meses de edad. De Rector de las Escuelas de Baeza se convirtió en humilde lego de la Reforma del Carmelo. O, como dice el biógrafo del Beato Juan de Ávila que citamos en otro lugar: «De estas Escuelas de Baeza sacó Dios a este santo varón para la Universidad de la verdadera santidad de vida, esto es, a la Sagrada Religión de los Carmelitas Descalzos. Aquí tomaron nuevos quilates sus virtudes».
Terminadas las fiestas que hicieron al nuevo Descalzo en su convento de Baeza, se despidió de las Escuelas que dirigía y de todos sus buenos amigos, y salió con el P. Gracián para Sevilla, «yendo tan malo Fr. Francisco, que se iba muriendo», como nos dice él mismo en la relación de su vida. El Señor le dio fuerzas para proseguir el viaje sin mayor contratiempo, «yen llegando a nuestra casa de los Remedios, de Sevilla, le regalaron, y se le quitaron las cuartanas».
Entonces empezó Francisco con grandes fervores la carrera de su vida religiosa. Pasaba horas y horas en oración. Se estaba delante del Santísimo todo el tiempo que podía hurtar al sueño y a otras ocupaciones ordenadas por la obediencia. Redobló sus penitencias y mortificaciones, sus cilicios y disciplinas, con las mil invenciones .que su espíritu hallaba para mortificarse cada día y en cada obra.
Viendo el P. Gracián que en aquella ciudad, tan metalizada entonces por el tráfico mercantil y comercial que tenía con las Indias, de donde venían tantos navíos cargados de plata y oro, «mandó al Hermano Francisco que saliese a predicar por las calles y en algunos monasterios. Fue tanto el fruto que hizo, que, movidos de sus sermones, muchos se hicieron religiosos, y entraron buenos estudiantes así en nuestra Religión como en otras».
Mientras Francisco se dedicó a la predicación en los días y horas que le concedió la obediencia, con el fruto que se ha dicho, nada tuvo que advertirle el Prior de los Remedios, y seguía su noviciado con mucho espíritu y observancia. Pero, llegaron las fiestas del Corpus, y sucedió lo que tenía que suceder: que el buen Hermano Francisco quiso manifestar su amor al Santísimo como lo venía haciendo desde niño en Úbeda, en Baeza y en todas partes. Así lo empezó a hacer en Sevilla: es decir, empezó a bailar y danzar dentro del convento, porque fuera de él no se atrevía siendo novicio. Pero, ni dentro ni fuera, quiso el Prior que danzase ni bailase, ni hiciese demostraciones que estaban reñidas, según decía, con la modestia que pide el hábito religioso. Y tanto y tan severamente se lo prohibió, que dijo, que si llegaba a hacer lo que se le prohibía, le quitaría el hábito en el acto, y le mandaría a su casa.
He aquí como lo refiere un testigo de calidad, el P. Pedro de la Purificación, uno de los primeros y más fervorosos Descalzos: «El venerable padre Francisco, fue siempre muy sujeto y obediente a sus Perlados. Una cosa le noté mucho siendo novicio, que como hacía con tanto exceso algunas demostraciones de alegría en las fiestas de Corpus Christi, sin poderse ir a la mano, aun en lugares públicos, no le parecía tan bien al Prior que al presente era en los Remedios, y privóselo, y mandóle que estuviese quedo en semejantes fiestas. Y había dicho determinadamente que si lo hacía, le había de quitar el hábito y enviarle luego a su casa.
«El Maestro de novicios y yo, que sabíamos esta determinación, estábamos con pena, y teníamos por cierto se había de hacer, porque era imposible en tales fiestas no hacer Francisco excesos. Y con este temor le dijimos: Hermano Francisco, por amor de Dios, váyase a la mano, y resista a sus fervores en tales lugares; que conviene al servicio de nuestro Señor. Y cuando no sea más de por no dar disgusto a nadie, cuanto y más que lo da muy grande al P. Prior, lo ha de hacer, (sin decirle la determinación que tomó el P. Prior de quitarle el hábito…)
«Al fin fuimos a sacar el Santísimo Sacramento, y, comenzando la procesión, vímosle el rostro hecho un fuego, y que el cuerpo todo se le estaba bullendo. Mas, hízose tanta fuerza, que no hubo demostración de exceso; mas, mucha edificación en todos los Religiosos y seglares de ver las muestras que daba la cara de lo que había en el alma».
Milagros de la obediencia! A haber seguido en el siglo, Francisco no hubiera podido reprimir de ningún modo tales ímpetus de amor; pero, a la voz del Prelado, tuvo bastante fuerza para contener aquel fuego que .le ardía en el corazón y le salía al rostro, sin desahogar su pecho con aquellas demostraciones exteriores, como eran los bailes y danzas delante del Santísimo.
Quien se venció en esto, puede pensarse lo que mortificó y maceró su carne. Quien así inclinó la cerviz al yugo de la obediencia, había estado muy libre toda su vida para dedicarse a lo que él creía mayor gloria de Dios y bien de sus prójimos. Ahora, sus antiguas obras de predicación, enseñanza catequística y todo lo demás, era muy reglamentado y tasado por su Prelado, y no había de salirse un ápice de lo que éste le ordenaba en nombre de Dios.
El mismo P. Pedro de la Purificación pasó luego desde Andalucía a Castilla, en donde tuvo ocasión de ver y hablar a la Santa Madre Teresa de Jesús. En una de estas conversaciones, salió a relucir el nombre y persona del Hermano Francisco Indigno. De esta conversación con la Santa, nos ha dejado el P. Pedro la siguiente memoria: «Hablando yo un día, dice, de los discípulos del P. Ávila con nuestra santa Madre Teresa de Jesús, y de su virtud y mortificación, y el mucho provecho que hacían en Andalucía, me dijo la Santa estas palabras: Cuando yo fui a fundar el Convento de Veas, me hicieron regalo de irme a ver algunos discípulos del P. Avila, doctores y otros; y hallé en todos mucha virtud y modestia. Pero, ninguno me agradó más, ni de mejor espíritu y desengañado, que un hombre idiota, que se llamaba Francis.co Hernández, que enseñaba la Doctrina». Y le dije: «Pues, Madre mía: Yo le dejo ahora novicio en Sevilla». Y holgóse mucho de saber era Religioso nuestro, dándome a entender había de ser de mucho provecho.: crédito y reputación».
Con lo cual se confirma el buen ojo que el Señor dio a la Santa para conocer a los buenos sujetos, y la buena maña que tenía para ganarlos y llevarlos a su Orden, a la manera que San Andrés llevó al apostolado de Cristo a su hermano San Pedro. .
Terminado el año de noviciado, profesó Francisco en Sevilla.
Apenas hubo profesado, le entraron unos deseos tan vehementes de padecer el martirio por la fe, que no hacía más que hablar de ello a todas horas con religiosos y seglares, a todos los cuales procuraba avivar la fe para amar y padecer por el Señor. Dícelo así lacónicamente, en su Autobiografía: «Deseaba morir por Cristo, y trataba de esto en la recreación».
Si aun siendo novicio «le mandó» el P. Gracián que predicase en algunos monasterios y en las calles y plazas ciertos días del año, al uso de entonces ahora que había profesado con tanto contentamiento de todos, ordenó el mismo P. Provincial que le dejasen salir por los pueblos comarcanos a enseñar la Doctrina y a predicar las verdades eternas; y que en Sevilla pudiese predicar también con más frecuencia en las calles: cosa que entonces nadie lo estorbaba, y aprovechaba a los negociantes y mercaderes de la Casa de contratación y a tantos distraídos en las cosas temporales. Exactamente lo mismo, que hemos visto nosotros muchas veces, en nuestros tiempos, en algunas grandes ciudades de Norte América, incluso en la Babilonia de Nueva York, en donde a nadie llamaba la atención el ver constantemente en sus calles y )unto a los bancos de Wall Street a no pocos predicadores y catequistas. La lástima es que todos suelen ser protestantes, cuando no son sacamuelas. Si hubiese por allá una compañía de predicadores apostólicos al estilo del Maestro Ávila, con el venerable Francisco Indigno ala cabeza, a buen seguro, que aun hoy día habían de recoger abundante cosecha de conversiones en las tales ciudades populosas. Lo que nos falta es «el varón apostólico» que requieren estos tiempos, cuando más se ha enfriado la fe en todos los corazones.
Pero Sevilla, Andalucía, y aun España, resultaban ya campo harto pequeño para que Francisco desplegase aquel celo que le consumía, y el Señor le encontró ya preparado para que fuese a predicar la fe a los infieles, revistiéndole, al mismo tiempo, del carácter sacerdotal, por los más extraños caminos que pueden pensarse, y que a solo Dios estaba reservado el manifestar claramente esta su voluntad a los hombres.
Capitulo IV
A las misiones del Congo.- Peripecias de la navegación.- Cae Fray Francisco en el mar.- Sus pláticas a los marineros.- Misionando. Por el camino.- Llegada y desembarque en Loanda.- Escolta de negros.- Espléndido recibimiento.-(1583-1584).
Hemos tratado largamente en otra obrita nuestra. delas misiones carmelitanas del Congo.
Aquí vamos a ver lo que se relaciona más directamente con el venerable Francisco Indigno, alma de la tercera expedición.
Apenas conquistó Felipe II, en 1580, el reino de Portugal, uno de sus primeros pensamientos fue surtir las colonias portuguesas de suficiente número de misioneros. Para las del Congo y Angola, pidió al P. Jerónimo Gracián misioneros de la Reforma carmelitana, en vida de la Madre Teresa de Jesús, y el P. Gracián se apresuró a mandar una primera expedición contando con el consejo y aprobación de la santa Reformadora. Aquella expedición primera se componía de cinco carmelitas descalzos, los cuales partieron de Lisboa el 5 de abril de 1582; pero la nave en que iban los misioneros chocó en alta mar con la nave «Chagas», que iba a las Indias, y se fue a pique el navío con cuantos pasajeros iban en él, salvándose por milagro uno o dos marineros. Los misioneros teresianos, como dice un Cronista, «fueron a recibir el premio de su malogrado celo al felicísimo puerto de la Bienaventuranza».
Por el mes de Abril del año siguiente, 1583, volvió a salir otra nueva caravana del puerto de Lisboa con rumbo al Congo, compuesta de otros cinco misioneros carmelitas. Pero, tampoco éstos llegaron a su destino. Un galeón corsario de herejes protestantes apresó la nave, encarceló en ella a los misioneros, hízoles padecer allí el hambre, la sed y toda clase de torturas y martirios, hasta que, famélicos y extenuados, dio con ellos en la costa, dejándolos abandonados en una islita perdida en la inmensidad del Océano. Allí murió .uno de los cinco misioneros. Los otros fueron recogidos amorosamente por un barco que acertó a pasar tocando a la costa, y su buen capitán los condujo sanos y salvos hasta Sevilla.
Con estos contratiempos, parece como que habían de fracasar las misiones carmelitanas enderezadas al: Congo. Mas, no fue así: tanto el Rey D. Felipe, como el P. Jerónimo Gracián, tuvieron gran empeño en enviar allá misioneros teresianos. Por lo cual, se organizó otra tercera expedición compuesta, como las anteriores de otros cinco ‘carmelitas. Pero, a la hora de partir, solamente estuvieron listos los tres siguientes: el P. Diego del Santísimo Sacramento, del convento de Toledo, «muy docto, muy humilde y muy contemplativo». Este Padre fue nombrado Superior de la Misión. El segundo fue el P. Diego de la Encamación. llamado el «Montañés», de vida irreprensible, celoso del bien de las almas, más por fuerza de caridad que por natural inclinación, siendo así que era muy dado al retiro de la celda». Ambos padres escribieron sendas relaciones y algunas cartas acerca de la Misión del Congo, que han de ser las principales fuentes delo que digamos sobre el venerable Francisco Indigno como apóstol del Congo. Porque el tercero, escogido para esta misión, fue el antiguo Rector de las Escuelas de Baeza el predicador y «Doctrinero» de los pueblos andaluces, el cual, como sabemos, desde que vistió el hábito carmelitano, suspiraba por el martirio. El Padre Provincial, Fr. Jerónimo Gracián, que sabía estas aspiraciones, y que conocía el temple misionero de Francisco, sin titubear le envió al Congo, en compañía de los dos padres referidos, pensando que quien había sido buen catequista en Baeza y buen «Doctrinero» en Veas, había de ser mejor catequista y doctrinero en el Congo, sin sospechar lo que el Señor tenía determinado de aquel humilde Misionero.
A fines de aquel año 1583 salió Francisco de Sevilla camino de Lisboa, con el fin de reunirse allí con sus dos: compañeros, soñando con el ancho campo que el Señor le ofrecía en donde poder desplegar su actividad y su celo, campo harto más ancho y fecundo, y mies más abundante que la que le ofrecían los doctores y los caballeros nobles de Baeza. Pensando iba por el camino en el cumplimiento puntual que empezaban a tener las palabras proféticas que en Veas le dijo la santa Madre Teresa.de Jesús.
Hasta el 10 de abril del 1584 no pudieron embarcarse los misioneros, por tener que esperar a que arreglase sus negocios el Ilustrísimo señor D. Martín Ulloa, de la Orden de Predicadores, que iba por obispo a la Isla de Santo Tomás, y gobernaba las provincias y reinos del Congo y de Angola. En aquella fecha partieron los misioneros en compañía del señor Obispo, en una flotilla de seis naves que iban a la India, llevando como capitán mayor a D. Duarte de Menezes, fidalgo muy principal de la casa de Tauroca.
La nave en que iban nuestros misioneros con el señor Obispo, era muy pequeña, mal aparejada y sin chispa de artillería, de poco navegar y de mucho movimiento. Desde que levó anclas, se fue quedando muy atrás, y siguió a las otras como a remolque y harto despacio. Habiendo inquirido la causa, averiguaron que llevaba el timón roto. Para mayor desgracia, se levanto una recia tempestad que la hizo andar al garete. Viéndose en gran peligro, mandó el pirata arrojar la carga al mar para salvar las vidas. Aligerada la nave del pesado lastre, fue dando tumbos por aquellos mares hasta las alturas de las islas Canarias, en donde les sobrevino otro peligro mayor que los pasados. Delante de la nave se ofreció a la vista de los despavoridos pasajeros un escollo gigantesco hacia el cual iba derecha a estrellarse, sin que pudiesen desviaría, por mas esfuerzos que hicieran, por que no obedecía al gobernalle, pues que estaba roto. La alarma, la confusión y gritería de tripulantes y pasajeros. fue indescriptible. Unos pedían a gritos confesión; otros se confesaban a gritos; otros rezaban mirando al cielo; otros se despojaban de sus vestidos para arrojarse al mar y ganar a nado la costa que distaba pocos pasos, y que, al decir de un Misionero, «era la de Tenerife».
En aquel terrible trance, el P. Diego del Santísimo Sacramento, Superior de los Misioneros, empuñando el crucifijo que llevaba al pecho, y levantándolo en alto para que todos lo viesen, gritó con todas sus fuerzas: «Hermanos he aquí nuestro timón y gobernalle; he aquí el que nos ha de librar de estos y de otros mayores peligros. Pongamos en El toda nuestra esperanza y El se apiadará de nosotros». Nadie oía sus palabras, por la confusión y griterío que reinaba en la nave; pero la actitud del Misionero con el crucifijo en alto, infundió grandes alientos en los marinos, los cuales volvieron a sus puestos. Esto llevó la calma a tos corazones de los asajeros.
El P. Diego de la Encarnación dijo entonces a Fray Francisco el Indigno: «Venga acá, Hermano. Pongámonos en la popa, porque éste será el último pedazo de la nave que se irá a pique. Desde la popa auxiliaremos a los otros: yo con la absolución y Vuestra Caridad con sus fervorosas oraciones y con sus palabras animosas». Así lo hicieron. Ambos se colocaron en la popa. Mientras el P. Diego, el Montañés, exhortaba y confesaba, Fray Francisco se hincó de rodillas, y, con lágrimas en los ojos, exclamó mirando al cielo: «¡Señor, por este poco que nos falta para llegar a la orilla ‘¿habremos de perecer? .. ¡Mira, Señor, que solamente son veinte pasos! ¿Tanto te puede costar, Dios y Señor mío, lanzar la nave a la orilla, incólume, y salvarnos en este peligro? ¿Tan corta ha de ser ahora tu misericordia? ¡Mira, Señor, cuántos pobrecitos van a perecer, y muévate a compasión! ¡Señor: por tan poco… por tan poco que nos falta, ¿consentirás que todos perezcamos? .. »
En aquel momento una luminosa aparición se dejó ver en la popa de la nave. Muchos marinos y pasajeros la contemplaron con sus propios ojos. Era la Virgen bendita, la Reina de los mares, que les venía a salvar. Fray Francisco al verla, dijo alborozado: «¡Ánimo, hermanos, que ya la Virgen viene a socorrernos!». En aquel mismo instante, cuando la nave iba a dar en el escollo, una mano invisible la levantó por los .aires como si fuese leve pluma, salvó el escollo y cayó al otro lado como cuerpo ligero y flotante.
Todos dieron gracias a Dios por haberles salvado de aquel peligro de muerte por obra de la Virgen. Al poco tiempo, pudieron ganar las costas de la Gomera. Allí estuvieron seis días carenando la nave y dotándola de un buen timón. Mientras duraba esta operación, nuestros misioneros se hospedaron en el , convento que allí tenían los padres de San Francisco.
Estando nuestros misioneros en la Gomera, vieron desfilar varios navíos de corsarios que infestaban aquellos mares. El 4 de mayo se hicieron de nuevo a la vela, e hicléronlo de noche para no ser vistos de los corsarios. Pocas millas habían navegado, cuando acertaron a ver una nave de piratas hugonotes, que se dirigía a caer sobre la suya como ave de rapiña. Los misioneros tuvieron la feliz idea de aconsejar en el acto una magnífica estratagema, y fue que con largos palos colocados en las bandas de la nave simulasen cañones de grueso calibre, y una vez colocados los palos con buena maña y simulación, ellos se encargarían. de lo demás. Así lo hicieron, y en aquel punto Fray Francisco se subió al puente, y empezó a dar voces de mando como quien preparaba las baterías para el ataque. Habiendo visto los corsarios semejantes maniobras, se dieron con su nave a la fuga.
Poco después de salir de esta aventura, se vieron en otra mayor. Dos galeones de corsarios luteranos, a juzgar por el estandarte que enarbolaban, se dirigían a toda trapo a dar alcance a.la pequeña nave de’ los misioneros. Cuando estaban a punto de apresarla, Fray Francisco, puesto en oración, decía al Señor con entera confianza: «Señor, si estos enemigos vuestros. se han de ir después a los infiernos, váyanse luego antes que os ofendan más». En aquel instante, los galeones de los corsarios se abrieron y se fueron al fondo del mar. Extraña parecerá esta oración del Siervo de Dios; pero los Santos son movidos. a veces, por resortes secretos que ellos y Dios conocen . . Fray Francisco parecía ya el piloto providencial de la nave, el salvador de aquella pequeña embarcación” que iba desafiando las tempestades, los escollos y las furias de piratas y corsarios. Todos los tripulantes Y’ pasajeros le empezaron a aclamar por santo; y, confiados en que «un amigo de Dios» iba en la nave, cobraron grandes alientos los tripulantes y firmes esperanzas los pasajeros, y todos una como seguridad de llegar a su destino, por las oraciones y compañía de aquel Siervo, de Dios. Durante quince días anduvieron perdidos por la costa de Malagueta, tierra firme de negros, en donde tuvieron que detenerse una vez por causa de .las lluvias torrenciales, y por el calor húmedo y pegajoso, que fue parte para que se corrompiesen las vituallas de la nave. Allí se proveyeron de algunas cosas, especialmente de productos del país, que eran, generalmente. .pimienta, clavos y unos granos especiales que llaman «de malagueta ~, de donde le venía el nombre a esta costa.
El 20 de mayo siguió la nave su rumbo, harto despacio, por la calma del viento, puesto que no llegaron ‘hasta el 29 de Junio, día de San Pedro, a la Isla del Príncipe, en cuyo puerto entraron al rayar el alba. Allí salieron algunos negros cristianos a vender naranjas y cocos a los pasajeros de la nave, y al saber que en ella venía su obispo D. Martín de Ulloa, acudieron en tropel a saludarle, y besarle el anillo pastoral, entrando algunos en el mar con el agua a la cintura, por abordar la nave en que iba su Pastor.
Bajó luego el Sr. Obispo a tierra, acompañado de su séquito y de los misioneros teresianos, y allí es-tuvieron pasando un buen espacio de tiempo, harto bien entretenidos y satisfechos, por encontrar tan buenos ‘y dóciles cristianos en aquellos pobrecitos negros, «que se llevaban tras sí el alma de Fray Francisco», el cual no se cansaba de preguntar la doctrina cristiana a aquellas buenas gentes, quedando él, como todos, encantados de lo bien que sabían el catecismo.
El 22 de julio llegaron, por fin 1 los navegantes a la Isla de Santo Tomás. Salieron a recibir ‘a su Obispo las autoridades civiles portuguesas, los cabildos y los magistrados, y le acompañaron procesionalmente .a.la catedral. En el cortejo formaron parte nuestros misioneros, que llamaron mucho la atención de aquellas gentes por sus capas blancas, por su modestia y compostura, que les hacía aparecer, según decían” «ángeles del cielo». Allí dieron una misión en la catedral, a petición de los canónigos, y recogieron mucha cosecha espiritual, empezando por el Hermano Francisco, con sus lecciones de doctrina y sus predicaciones fervorosas.
Terminada la misión t los carmelitas se despidieron de su Ilustrísima para proseguir su viaje hasta la capital del Congo. El Sr. Obispo pidió al Capitán de la Armada de Angola, que se hallaba entonces en aquella isla, que pusiese a disposición de los misioneros una nave que les condujese al puerto de Pinda o de Cabinda, el más próximo a la capital del Congo. Hízolo así el Capitán, y el día 2 de agosto de aquel mismo año, 1584, salieron de allí los misioneros en la misma nave del Capitán de la Armada, bien provista, equipada y pertrechada con bocas de fuego y aguerridos combatientes, para lo que pudiera suceder, dada la empresa que Felipe II les había encomendado, según el rumor que corría en la nave. «La enviaba el Rey, decían, para conquistar una montaña de plata, que se había descubierto en el reino de Angola. Pero, dejando esto aparte, a nosotros lo que nos interesa es seguir a los nuestros que iban a descubrir una montaña de doradas mieses, para llevarlas a los trojes del gran Padre de familias.
Antes de salir del puerto o de la barra de Santo Tomás acaeció a nuestro Francisco Indigno un episodio de los más extraordinarios de su vida, •del cual hablan una infinidad de testigos, y él mismo lo refiere también en su Autobiografía, .
Sucedió, pues, que faltándoles mucho camino por andar y navegar a los misioneros, encargó el Superior de ellos a Francisco el proveerse de vituallas para aquellos días. Francisco lo mejor que encontró fue un barril de biscotto, o de galletas, como ahora diríamos. Para llevar el barril a la nave anclada en la barra, fue menester «una barquichuela de las que usan los negros) y en ella cargó Fray Francisco el barril y se fue con los negros para la nave. Como estuviese el mar harto bravío y alborotado, a lo mejor, o a lo peor, del camino, se dio la vuelta la barquichuela, cogiendo debajo a dicho Hermano. Los negros se pusieron a salvo, ganando a nado la nave; pero Fray Francisco que no sabía ni podía nadar por haber caído sobre él la barca, quiso el Señor que se aferrase con una mano al borde de la quilla, mientras con la otra se aferraba a su crucifijo como la mejor tabla salvadora. Varias veces le vieron subir a flor de agua, y sumergirse luego, los que estaban en la nave, y hasta, algunos le oyeron pedir auxilio cada vez que sacaba la cabeza fuera del agua. Todos temían que se ahogarse, porque, por mucho que lo procuraron, no pudieron prestarle auxilio tan rápidamente como el caso lo exigía, ni el mar consentía tampoco el maniobrar rápido de la nave. Soltaron en seguida una barquichuela de salvamento de la gran nave, y allá fueron como pudieron a salvarle los marineros más intrépidos y arriesgados. Dos horas anduvieron luchando con las olas antes de poderse acercar al náufrago, hasta que, milagrosamente, lo pudieron subir a la barquichuela de salvamento, Pero, lo que más llamó la atención de todos fue que le sacaron del mar sin que hubiese recibido daño alguno, ni se te hubiesen mojado siquiera algunos escritos de importancia que tenía consigo, habiendo estado tanto tiempo metido en el agua».
«Todos los marineros lo tuvieron por un milagro; dice una relación, y más por haber en aquel puerto muchos tiburones ávidos de carne humana,’ que se arrojan sobre todo lo que cae en el agua». Otra de las relaciones dice que cuando Fray Francisco estaba entre las olas, decía a los marineros, riendo: «No temáis, porque no pienso morir en el agua, sino comido a pedazos de los negros, por amor de Jesucristo». Lo cual se hubiera cumplido al pie de la letra si no se lo ‘hubiera impedido el mandato de la obediencia, como luego veremos.
Una vez que el Siervo de Dios estuvo a bordo en la nave capitana, la alegría y algazara de la marinería fue grande, al ver sano y salvo al que dieron irremisiblemente por ahogado. Todos celebraron la entrada de Fray Francisco en el navío con hurras y aclamaciones, porque ya le amaban y veneraban como a santo. Entre los mismos marineros hubo quien refirió este episodio años más tarde en Lisboa, pues el Hermano Baltasar de la Pasión’ dice que «se lo oyó decir a un hombre fidedigno que se halló presente y fue testigo de vista». Fray Ellas de Jesús María dice que éste como otros episodios, «se los oyó de su boca, porque el P. Fray Francisco se los contó a los novicios de Madrid». El venerable Padre Domingo Ruzola añade en su declaración un detalle acerca de la Virgen salvadora de Fr. Francisco, pues que dice así: «En este mismo viaje cayó en el mar y estuvo mucho tiempo debajo del agua. Y le oí yo decir que milagrosamente le había librado Nuestra Señora de aquel peligro, de manera que ni aun los papeles que llevaba consigo se mojaron». Por su parte el venerable Francisco, al llegar en su Autobiografía a relatar la misión del Congo, se refiere en todo a la Relación hecha por el P. Diego del Santísimo Sacramento, que él había leído, y la da por verdadera y fiel en todos sus puntos, cuando dice: «Todo lo que el P. Fr. Diego del Santísimo Sacramento escribe de esta jornada, es lo que sucedió en ella».
Desde la Isla de Santo Tomás hasta el puerto de Cabinda emplearon 20 días de navegación. En este tiempo se ocuparon los misioneros en la enseñanza de la doctrina cristiana a la gente de mar. Francisco se hizo muy amigo de los marineros. Habituado como estaba a explicar a niños y a gente sencilla el catecismo y las verdades de la Religión, se adaptaba más fácilmente a sus inteligencias, poco limadas y cultivadas. Les enseñó muchos cánticos y villancicos. Y cantando y platicando, se pasaba muchas horas con la gente franca de servicio, sin perder jamás el tiempo en fruslerías y nonadas. Cuando alguno de los marineros juraba o votaba, íbase a él derecho como una flecha, tomábale del brazo, le hacia hincarse de rodillas bendecir el Nombre de Dios, besar la tierra y rezar varios Padrenuestros, según el número y la calidad de los juramentos. Esta penitencia saludable cumplíanla todos sin protesta alguna por la buena gracia y unción divina que tenía el que la daba. Ya sabemos que tenía el Siervo de Dios hecho voto sobre este particular, y que él dice que no dejó pasar juramento sin correctivo.
El 22 de agosto llegaron los misioneros al puerto de Cabinda, pero no pudieron desembarcar para ir desde allí a la capital del Congo. Parece que fue debido a las rápidas corrientes del río Zaire o Congo, el cual lleva sus aguas mar adentro por espacio de unas 40millas, y tiene como unas siete leguas de ancho en la vertiente de agua dulce. Tan difícil es allí la navegación, según un misionero, que suele suceder, a veces, estarse las naves detenidas en aquel puerto hasta un mes o dos esperando un poco de viento para hacerse a la vela.
El hecho es que los nuestros siguieron hasta el puerto de Loanda, y allí desembarcaron felizmente el 14 de septiembre del mismo año, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Apenas echaron pie a tierra enviaron un propio con una carta al Rey del Congo, que se llamaba don Álvaro el Católico. Porque hay que saber que el primer rey del Congo que se convirtió a la fe de Cristo se llamó Juan, en honor del rey don Juan II de Portugal. Tal acontecimiento tuvo lugar por los años de 1491. Desde entonces habían continuado profesando la fe cristiana todos los reyes que se habían ido sucediendo en el Congo, merced a la labor misional de los dominicos, jesuitas y otros clérigos seculares que fueron enviados allí por los reyes de Portugal. Lo que pasaba era que unos y otros habían ido saliendo de aquellas tierras, y a la hora’ en que fueron nuestros misioneros había muy pocos clérigos seculares para tantos millones de almas hambrientas de doctrina cristiana. El abandono en que habían quedado aquellos reinos, hizo que el rey don Álvaro desease y pidiese constantemente misioneros, y eso fue Jo que movió a Felipe II a enviar allí a los hijos de Santa Teresa.
Mientras contestaba el Rey a su carta, los misioneros ejercieron su ministerio sacerdotal en Loanda, principalmente cerca de los portugueses que allí vivían.
A primeros de octubre llegó la respuesta del Rey, que estaba fechada a 28 de septiembre, y, según decía, había recibido la de los misioneros el 17 del mismo mes. El Rey les invitaba a pasar cuanto antes a su corte, encargando a Manibamba, o sea, su gran Almirante, que les enderezase allá, bien acompañados, y regalados con buenas provisiones para el camino. Les prometía hacerles una buena iglesia, y ayudarles en cuanto hubieren menester. Les decía también que ya tenía noticias de su vida, de su espíritu y de otras cosas que de ellos le habían dicho y sin duda alguna todo habría sido por encargo del rey Felipe II.
Los misioneros se pusieron en camino de la capital acompañados de un hermano del rey D. Álvaro que era clérigo. Su paso por los pueblos era un acontecimiento. Ellos no desperdiciaban la ocasión que se les ofrecía de misionar por el camino. En la ciudad de Bamba les hicieron un solemnísimo recibimiento. Saliéronles al encuentro un ejército de 300 negros armados con arcos y flechas. Era la escolta que les enviaba el gran Almirante o Manibamba, el cual tenía allí su residencia. Detrás salió éste a recibir a los Padres. Al verles, empezó a batir las palmas en señal de alegría. Luego se arrodilló a sus pies, y se los fue besando uno por uno. Después quiso que los tres, uno por uno también, le fuesen dando la bendición mientras él permanecía de rodillas. ¡Puede pensarse cuál sería la sorpresa de nuestro Francisco el Indigno al verse en medio de aquellos negros tan obsequiosos con los sacerdotes y religiosos, cuando él se los había figurado poco menos que antropófagos! Pero al fin de cuentas, también abundaban allí los negros de esa calidad.
Don Sebastián, se llamaba el Manibamba; y, por cierto, que cumplió como quien era en el recibimiento extraordinario que hizo a los hijos de Santa Teresa, y en lo mucho que les agasajó y cuidó mientras permanecieron en su ciudad, que fueron «ocho días», en los cuales confesaron y bautizaron a más de mil personas, entre las cuales «las había viejos y viejas de cien años, que no se habían bautizado por falta de ministros ‘del Evangelio».
Al cabo de los ocho días, continuaron su viaje hacia la capital, acompañados de Manibamba y de sus negros, bien abastecidos de vituallas para el camino, aunque los misioneros con poco se contentaban. De lo que tenían hambre y sed, en especial nuestro Fray Francisco, era de convertir y bautizar negros, que al fin eran almas de Dios; y, en razón de almas de Dios, las tenían hermosas y blancas. La mies estaba dorada y pronta para la siega. ¡Y qué siega! Por el camino iban recogiéndola a gavillas hasta llegar a San Salvador.
Llegaron a los contornos de la capital en los primeros días de diciembre del 1584.
¡Más de ocho meses hacía que habían salido del puerto de Lisboa! .
C.apltulo V
La misión del Congo.-Cartas que no tenían : ¡ respuesta.-Ordenan a Fray Francisco de sacerdote.-Bautiza nuestro Apóstol más de cien mil negros.-Correrías apostólicas por pueblos y ciudades.-Tratan de pasar al otro lado del Congo, país de antropófagos. (1584-1587).
Los misioneros hicieron un alto en los contornos del Salvador. Desde allí enviaron un mensaje de sumisión y de cortesía al Rey del Congo, al mismo tiempo que le pedían permiso para entrar en la ciudad llevando procesionalmente una devota imagen de nuestra Señora, a guisa de estandarte, para que ella tomase posesión de las almas y de los corazones de aquel reino. Al Rey le agradó sobremanera aquel mensaje; así es que, no sólo les concedió el permiso que pedían, sino que hizo publicar un bando a tambor batiente por toda la ciudad para que el pueblo todo, con las autoridades al frente, saliesen a recibir. A Nuestra Señora y a los misioneros carmelitas.
Organizada la procesión, formaron en ella «treinta mil negros en filas con el clero que había a la sazón en la capital, que era un arcipreste, un vicario del Obispo y otros cuatro sacerdotes». Abría la marcha la cruz parroquial y detrás iba la imagen de la Virgen Santísima, en actitud de bendecir al pueblo, haciendo arrancar lágrimas y exclamaciones de admiración a aquellas pobres gentes. También iban en la procesión todos los portugueses allí residentes, «que llegarían a cien personas». El Rey no pudo asistir por impedírselo el mal de gota que padecía, por lo cual quiso que pasase la procesión delante de su palacio, para recibir la bendición de la Virgen y la de los nuevos misioneros.
Había dispuesto D. Álvaro que diesen a los carmelitas la iglesia de la Concepción. (que era la mejor de las once iglesias que había entonces en la ciudad, y allí se encaminó la procesión para colocar en ella la imagen de Nuestra Señora. Ocuparon los religiosos unas casas anejas al templo, y empezaron desde el día siguiente el culto, predicación evangélica y enseñanza catequística.
Visitaron al Rey D. Álvaro de parte del Rey de España, Felipe II. D. Álvaro les recibió con todo amor y cordialidad; hízoles muchas preguntas acerca de la persona del Rey Católico, de la Orden carmelitana, del género de vida que llevaban; les habló de las cartas que había recibido, en que le hablaba don Felipe de ellos, y esperaba que con su predicación y buen ejemplo se convirtiesen muchas almas al cristianismo, y se reformasen las costumbres en su reino. Después les pidió que enseñasen la gramática portuguesa’ a los hijos de los nobles del Congo, y lo que ellos juzgasen que era necesario para hacer de estos nobles buenos cristianos y buenos ciudadanos. A todo respondieron los padres cual convenía a tanta deferencia y cordialidad por parte del Rey, despidiéndose con toda cortesía, siendo D. Álvaro, desde entonces, apoyo y sostén de aquellos fervorosos misioneros.
El Superior de la Misión, sin pérdida de tiempo, con fecha del 14 de Diciembre del mismo año 1584, escribió a los Superiores de España dándoles cuenta cabal de su viaje con todas sus peripecias; de lo mucho que ya habían hecho y de lo mucho más que se prometían para lo porvenir, con la gracia de Dios y el auxilio de un Rey tan cristiano y tan propicio a favorecerles en todas las maneras. Referían con todos sus pormenores la entrevista que con el Rey tuvieron, juntamente con los deseos que éste les había manifestado de que enseñasen la gramática portuguesa a los nobles del Congo; por lo cual pedían gramáticas y otros libros escolásticos para cumplir fielmente su promesa y su compromiso. Finalmente: para una mies tan abundante como la que en el Congo se ofrecía, pedían más obreros para aquel gran campo del Padre de familias, religiosos con mucho espíritu apostólico, con verdadera vocación de misioneros y dispuestos a sufrir toda ‘clase de privaciones y de trabajos, incluso el martirio por la fe de Cristo.
Además, el P. Diego del Santísimo Sacramento, Superior de la Misión, escribió otra carta muy larga y tendida a todos los religiosos de la Congregación de España, dándoles cuenta más minuciosa del viaje, del clima de aquel país, de la condición .de sus naturales, de su religión y costumbres, de la buena disposición en que estaban para abrazar la fe, con otras muchas cosas interesantes, que pueden verse en nuestra Biblioteca de Misiones, tantas veces citada. Aquí solamente iremos recogiendo aquellos episodios más principales que se refieren al venerable Francisco Indigno, alma de esta misión y apóstol de los negros del Congo.
Cuando estas cartas llegaron a España, era ya Provincial de la Reforma Teresiana el P. Nicolás Doria, enemigo de que hubiese misiones en la Orden, por parecerle que eran contrarias al espíritu. Contemplativo de ella; por lo cual, ni les envió gramáticas, ni libros, ni misioneros que les ayudasen en sus trabajos apostólicos: ni siquiera contestación a las cartas que le escribían.
Entre tanto, ellos iban aprendiendo como podían la lengua de los indígenas, acudiendo el Señor con sus dones abundantemente, como siempre lo hizo con los varones apostólicos en el campo de las misiones. Pero, esto no podía resolver la gran cantidad de trabajo que cada día cargaba sobre los dos padres, en confesiones, enseñanza evangélica y catequística y lecciones de lengua portuguesa, que empezaron también a enseñar por dar satisfacción al Rey. Por lo cual, para alivio más inmediato y perentorio, juzgó el Superior de la Misión, no sin particular inspiración del cielo, que Fray Francisco podía ser ordenado de sacerdote; y así se lo empezó a decir cierto día, como por vía de recreación. Mas, he aquí que lo que empezó a tratarse en broma, vino a ser muy luego una hermosa realidad.
En efecto: el Superior, que lo venía pensando seriamente, creía que el Hermano Francisco podía ser sacerdote y buen sacerdote, dada su santidad, las gracias y virtudes que atesoraba, las bendiciones que Dios derramaba cada día sobre su ‘Siervo, él don de la predicación que era extraordinario en el, a pesar de no haber estudiado; la eficacia soberana de su palabra, su buena gracia para conquistar corazones: todo ello formaba un conjunto perfecto que caía muy adecuadamente sobre un sacerdote del Señor. He aquí ahora como pasó todo según lo refiere textualmente el P. Diego del Santísimo, Superior dela Misión: «Daba órdenes el señor Obispo, y el P. Diego de la Encarnación, en son de burla, empezó a decir a Fray Francisco que no pensase que le había de ordenar el Señor Obispo ni que yo había de darle licencia; que nunca se vería con corona. Decíale todo esto en recreación. Respondía el Hermano Francisco con mucha gracia diciendo: Que daba gracias a Dios de que era fraile lego, y su Reverencia del P. Diego de la Encarnación no podía ser fraile lego, como él era; pero que era muy posible de un fraile lego hacer un sacerdote, ordenándole el Obispo, y mandándoselo la obediencia… De manera que lo que se empezó de burlas se ‘ acabó de veras, permitiéndolo así Dios. Porque fuimos al Obispo. Yo le presenté como idóneo, por su humildad y por su oración y por su devoción al Santísimo Sacramento. El señor Obispo lo aprobó y se edificó mucho, de ver cómo él no quería de ningún modo… »
¡Qué iba a querer el pobre indigno ordenarse cuando vio que el negocio iba tan de veras?…Al contrario, cuando trataron ya seriamente de ordenarle, dice el P. Diego del Santísimo, «se hincó de rodillas, y llorando dijo que mirase lo que hacía, panque le pondría en condición de dejar el hábito y irse a Roma, a trueco de no ordenarse; que otros, antes de ser fraile, lo habían pretendido, y no lo hablan podido acabar con él». No le valieron excusas ni razones. Ya habían dado el paso principal, que era con el señor Obispo, y don Martín de Ulloa, que había ido a visitar a sus misioneros y a pasar una temporada en la capital del Congo, no quería ya marcharse de allí sin ordenar a aquel hombre celestial que, tal parecía a los ojos del señor Obispo y de todos los que le conocían.
No tuvo más remedio el humilde Francisco que obedecer por buenas, porque ya le amenazaban con ponerle un precepto formal “de obediencia. Díjéronle que se presentase a examen, para ver lo que sabía, y cómo respondía a las preguntas que le hiciesen. Llegado el día y la hora, solamente le dijeron que llevase un misal y lo abriese al azar, y leyese el primer Evangelio que topase. Lo abrió por el de las bodas de Cana de Galilea y lo leyó tan correctamente y tan sin tropiezo, como si estuviese muy versado en el latín, por el sentido que dio a todas las palabras. Díjole el Sr. Obispo que lo explicase, y entonces el bendito Hermano, ilustrado con las luces de lo alto; hizo la más cabal homilía que de aquel Evangelio pudiera hacerse por un buen escritorista, hasta el punto de decir su Ilustrísima que no necesitaba más para ordenarle.
Esto acaecía en las Témporas de Adviento de aquel año 1584, dice el P. Diego del Santísimo en su citada Relación: En aquellas órdenes le ordenó el Sr. Obispo de grados y corona y epístola; y luego, el domingo siguiente, de evangelio, y otro domingo le ordenó de misa en su capilla. Hizo esto el Sr. Obispo por ser ultramarino y tener facultad para ordenar extra tempora.
A propósito de esta ordenación, tuvo que sufrir más tarde el P. Diego no pocas invectivas y contradicciones, porque le culpaban de haber dado licencia para ordenarse a un iliterato, ayuno casi de latín y más ayuno de Teología. Pero él, que era teólogo excelente, se defendía diciendo, como dice en su mencionada Relación: «Algunos religiosos, dice, me han echado grande culpa porque hice ordenar al P. Fr. Francisco, pareciéndoles que no sabe tanto latín como otros. Yo tengo para mí que no he hecho mejor cosa, por el fruto que se ve que hace, y pluguiera a Dios hubiese muchos sacerdotes como él, según yo entiendo que es.
La dignidad del sacerdocio no se la dio el Obispo ni yo. Diósela Jesucristo en pago de lo mucho que en toda su vida ha honrado .el’ P. Fr. Francisco al Santísimo Sacramento del altar.
Dos meses largos empleó el nuevo sacerdote en estudiar las ceremonias de la misa y en prepararse, como lo había pedido, para celebrar tan divino sacrificio, al cabo de los cuales la cantó con gran solemnidad el 2 de febrero de 1585, fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, en la iglesia de la Concepción de la capital del Congo. Las. naves del templo se vieron invadidas desde muy temprano por inmensa concurrencia de negros, los mejores amigos del misacantano, sin faltar el clero ni la nobleza. Todos vieron en el nuevo sacerdote algo celestial que le asemejaba a los ángeles del Cielo. Cantó su misa el venerable Indigno como si llevara muchos años diciendo y cantando misas. Por esta misa nueva envió una persona rica 25.000 maravedís, los cuales se dieron a los pobres del Hospital, porque tenían mucha necesidad, y por que no faltaba quien nos mirase a las manos», dice el P. Diego del Santísimo Sacramento.
El P. Francisco contaba entonces 59 años y cuatro meses de edad. ¡Bien le pagaba nuestro Señor su amor encendido al Santísimo Sacramento del altar, como dice el Superior de la misión! La dignidad de sacerdote, el poder consagrar el’ cáliz y la hostia, el tener en sus manos al Cordero Inmaculado, fueron para él nuevos motivos de humildad y causa de mayor ‘amor y, El veces de mayores ímpetus y arrebatos celestiales, como a su tiempo veremos.
Pero, una vez ordenado de sacerdote, fue el más asiduo en el sagrado ministerio, en la predicación de ‘la divina palabra, que ahora cobraba acentos más cálidos y eficacia más prodigiosa. Su ciencia era infusa, a todas luces; Su modo de acomodarse a los más sencillos e ignorantes hicieron. de él un misionero ideal para los pobrecitos negros. Merece llamarse su apóstol, el Apóstol de los negros del Congo pues de él dicen, y hasta ha quedado grabado en la iconografía de sus misiones, ¡que él solo bautizó más de cien mil negros! .
Cosa extraordinaria y maravillosa, ciertamente, pero que nada tiene de inverosímil, y menos en aquellos reinos en donde pululaban las almas bien dispuestas para recibir el pan de la vida eterna que los misioneros daban a aquellos parvulillos. San Francisco Javier, escribiendo a los padres jesuitas de Roma, les decía: «Nuevas destas partes de la India os hago saber cómo Dios nuestro Señor movió mucha gente a hacerse cristiana; fue de manera, que en un mes bauticé más de diez mil personas .. Por estas cosas que os escribo, podéis saber cuán dispuesta está esta tierra para dar mucho fruto. Confió en Dios nuestro Señor, que este año haré más de cien mil cristianos, según hay mucha disposición en estas partes».
La misma o mayor disposición había en los habitantes del Congo, paganos en su casi totalidad, muy dóciles y naturalmente buenos, como dicen nuestros misioneros en sus relaciones, sin los prejuicios y oposición que suelen poner a la gracia y a la predicación los secuaces de religiones falsas y positivas, los cuales abundan en las Indias Orientales.
La iglesia de la’ Concepción. del Congo fue teatro de gran parte de estas conversiones. Fray Francisco, lo mismo que los otros padres, se pasaban el día predicando, enseñando, catequizando y recogiendo el fruto de las grandes conversiones de pecadores. Dedicábanse también con todo empeño al ejercicio de la oración, como lo pedía el espíritu de su Orden, en especial el P. Francisco se pasaba las noches enteras orando ante el Santísimo Sacramento; pues si, aun siendo seglar, sólo dormía unas pocas horas, y esto recostado en el respaldo de una silla, más bien que acostado en el duro lecho, ahora, que era religioso y sacerdote, su vida de oración y sus penitencias fueron en aumento, y ésta es la clave de las innumerables conversiones que él y sus compañeros allí obraron, mediante la gracia divina.
El Rey D. Álvaro se mostraba sumamente satisfecho de la obra de nuestros Misioneros. En la Capital se conocía su labor misional mejor que en parte alguna. Las costumbres mejoraban de día en día. El pueblo se mostraba más religioso, más .cumplidor de sus deberes. El amor cristiano y el ejemplo de los misioneros soldaban muchos corazones, antes divididos y enemistados por motivos de castas y colores. Solamente los que andaban en malos pasos y traían entre manos negocios poco limpios de usura y de mercadería; estaban disgustados de los misioneros, y esto fue la causa de que atentaran contra la vida del Superior de la Misión más de una y de dos veces.
Entretanto, por los reinos vecinos corría la voz de las maravillas que obraban aquellos hombres, a quienes juzgaban más bien venidos del cielo, que de otro país de la tierra. De aquí que, cierto día, se presentasen al rey D. Álvaro embajadores de otros estados y reinos circunvecinos solicitando que fuesen los Misioneros a sus tierras, porque deseaban abrazar la religión que aquellos predicaban. D. Álvaro, que ostentaba allí con noble orgullo el título de Rey Católico del Congo, no quiso poner impedimento alguno a la gloria de Dios y salvación de aquellas almas que pedían el bautismo. Así, pues; él otorgó su permiso, con tal. que los Misioneros no tuvieran dificultad en ello; y a condición de que se quedasen en su corte el P. Diego del Santísimo, Superior ele la Misión, a quien deseaba guardar a su lado por el amor que ya le tenía y porque se quería servir de él a título de Consejero de Estado.
El otro Padre Diego, el Montañés, y nuestro celoso P. Francisco de Jesús, el Indigno, gustosos se ofrecieron para dilatar el reino de Cristo en aquellos estados de los embajadores negros, y se partieron con ellos a dar principio cuanto antes a su llueva misión.
Dejando al P. Diego del Santísimo en el Salvador sigamos él nuestro Francisco el Indigno, que es el protagonista de la presente historia, y que va a desplegar ahora todo su celo, viendo delante de sí tan ancho campo para sus tareas apostólicas, acordándose él cada paso de lo bien que se cumplía lo que en Veas de Segura le dijo la Santa Madre Teresa de Jesús.
Llegaron el P. Diego y el P. Francisco a la .presencia del Rey de Batta, por otro nombre Manibatta, que más bien que rey de dilatado reino era un reyezuelo o jefe de tribu, lo mismo que los de los otros estados circunvecinos.
Lo primero que hizo Manibatta al verles, fue ofrecerles media docena de esclavos para su servicio». Pero, los Misioneros no los quisieron recibir, como no quisieron recibir riqueza, dijes ni baratijas caprichosas que les ofreció el Manibatta. Este quedó como avergonzado por haberles ofrendado aquellas cosas que’ los Misioneros rehusaban, como verdaderos pobres de Cristo. Otros) en cambio tuviéronlos por locos: ya que sus sacerdotes o «gangas», admitían y aun pedían todas estas cosas a título de justicia, como debido a los que predican y enseñan.la religión.
No por esto, faltó a los Misioneros el pan de cada día: al contrario, las gentes sencillas del país les proveían de todo lo necesario para la vida, y los Misioneros se contentaban con poco} y comían como las más pobres gentes del país.
Cuando iban de un pueblo a otro, les salían al encuentro las muchedumbres para besarles la mano y recibir su bendición: Lo mismo que salían al encuentro del divino Salvador las humildes muchedumbres de la Palestina. Si los Misioneros se detenían a predicarles en las calles o en la plaza, allí se apiñaban en torno de ellos para oírles con avidez. Notaban los Misioneros que sabían las principales cosas de la Religión cristiana; y que de padres a hijos se venían enseñando las más rudimentarias verdades de nuestra fe. Obedecían ciegamente en todo a los l\1isioneros, por ser aquellas pobres gentes tan dóciles como hemos dicho. Obedecían aun en cosas difíciles y costosas, sobre todo cuando amenazaban con la pena de excomunión; porque entre ellos se contaban cosas peregrinas, que habían sucedido allí a propósito de las excomuniones. Parece que el Señor había acreditado la doctrina de sus primitivos misioneros obrando verdaderos milagros, como lo hizo siempre con sus discípulos y apóstoles en todas las, latitudes (1). El mismo Cristo, cuando envió a predicar el Evangelio a sus apóstoles y discípulos les dijo que confirmarían su doctrina con ,milagros; y aun les predijo que los de ellos habían de ser mayores que los que hizo su Sagrada Persona.
Así, pues, no han de maravillarnos demasiado los que leemos que obró ahora el Señor en el Congo por intercesión de su siervo Francisco el Indigno. Refieren las diversas relaciones de esta Misión, que administrando el P. Fr. Francisco cierto día el bautismo a varios negros, después de catequizarlos, uno de los presentes, riéndose de nuestra religión, se fue hacia el misionero y señalándole un árbol seco y carcomido que allí había, le dijo con aire provocativo: «Si haces que este árbol viejo se llene de fruto en este mismo instante, creeré en tu religión ». Todos los circunstantes se miraron asombrados ante aquel reto imprevisto, y miraban con ansiedad al santo Misionero. Este, levantando los ojos al cielo, y pidiendo con fe y confianza el auxilio de lo alto, se acercó al árbol seco, hizo sobre él la señal de la cruz, y le mandó en nombre de Dios, que se llenase de fruto inmediatamente. Ello fue en un abrir y cerrar de ojos. El árbol apareció verde, revestido de hojas y follaje y ofreciendo abundante fruto en todas sus ramas. La muchedumbre cayó arrodillada a los pies de Francisco, pidiendo el bautismo y confesando que la religión que él predicaba era la única verdadera.
A este hecho milagroso siguieron otros muchos, que los Misioneros aprovechaban para hacer ver el dedo de Dios en la salvación de los pueblos; para llamarles a confesar sus pecados, dolerse de ellos, a no cometerlos más, a restituir lo robado, a perdonar las injurias, y a hacerles abrazar de lleno todas fas verdades de nuestra santa religión.
Estando cierto día predicando el venerable P. Francisco en la plaza pública sobre los escándalos y pecados públicos, se levantaron contra su predicación y empezaron a murmurar y a escandalizar tres infelices mujeres, a quienes los Misioneros habían negado la absolución porque vivían en público concubinato. Ellas interrumpieron al predicador diciendo que otros sacerdotes que habían estado en el Congo, antes que ellos, «dejaban frecuentar los sacramentos a los concubinarios». Con esto, se aumentó el mal ejemplo y el escándalo producido por aquellas desgraciadas. Lo cual, visto por el Siervo de Dios, lo anatematizó con todas sus fuerzas, y el castigo del cielo no se hizo de esperar mucho. Aquellas infelices fueron súbitamente sobrecogidas de horribles accidentes, que les ocasionaron la muerte fulminante en la misma plaza y a la vista de las muchedumbres a quienes habían escandalizado.
Este prodigio fue muy sonado y muy comentado por toda la comarca. Con esto cobraron mayor autoridad y eficacia las palabras de los Misioneros. De ello se valían “los Padres para hacer que abandonasen sus concubinas hasta los mismos que estaban revestidos de autoridad civil o militar, como lo hicieron con el Gobernador de Bamba. ¡Y, en verdad, que se necesitaba todo el valor sobrenatural de un apóstol para obligar a un régulo potentado y semisalvaje a que dejase todas sus concubinas y viviese como cristiano, estando escoltado aquel reyezuelo por «unos 200 hombres armados», cuando los misioneros le amenazaban con la excomunión si no hacía lo que ellos le mandaban!
Al servidor más leal del Prefecto de otra ciudad llamada «Fango», por hablar en público mal de los cristianos, «le hicieron estar a la puerta de la iglesia durante cuatro días y sus noches, atado con una cadena a una columna; y mientras se decía la misa, se le hacía tener una vela encendida en la mano: lo cual cumplió sin resistencia alguna ». Por donde se ve el respeto, sumisión y docilidad que tenían a los Misioneros aun los más díscolos de aquellos negros.
De estas pruebas hicieron muchas, siempre que la prudencia y el respeto é.1 la fe ele los creyentes lo aconsejaban. Sin embargo, el celo del P. Francisco estuvo él punto de causar un gran disgusto al P. Diego. Había en Batta un ganga o sacerdote falso que tenía en su poder un ídolo con el que embaucaba a aquellas sencillas gentes. Cuando los Misioneros pasaron por allí, camino ele Sundi, tuvieron noticia ele aquel embaucador y de su ídolo. Los Misioneros desearon hacerse con el dicho ídolo para destruirle, pero no hubo fuerza humana que hiciese decir al ganga en dónde le ocultaba. Amenazáronle con meterle en la cárcel si no se le enseñaba. Pero, el sacerdote falso consintió en ir él la cárcel antes que enseñar el ídolo. Dijéronle que le habían de quemar vivo si no se lo entregaba; y esto lo decían, según refiere el P. Diego, no más que por atemorizar al ganga y sacarle el ídolo. Pero ni por ésas cedió aquel tenaz embaucador un punto. Llevaron adelante la estratagema, hasta encender una hoguera en medio de la plaza. Y encendida que fue la hoguera, el P. Diego tuvo que atender a un negocio particular que reclamó su presencia, y cuando volvió a la plaza, «ya Fray Francisco, dice, con el gran celo y fervor que hervía en su alma, tenía cogido al ganga para echarlo en la hoguera». Y tuvo que hacer no poco el P. Diego para librar al ganga de sus manos. «Y con estar este ganga en su propio país, entre sus parientes y amigos, no hubo uno que protestase ni que dijese una palabra contra aquella intentona del padre fray Francisco. Al fin, termina el P. Diego, viendo que no conseguíamos nada por ningún medio, le dejamos en paz con su ídolo ».
Siguieron los Misioneros por su camino evangelizando aquellos pueblos y aquellas gentes, haciendo el bien a todos como el divino Maestro, y repitiéndose allí no pocas veces las escenas evangélicas en toda su frescura. Cierto día, en otra ciudad llamada Fango, se acercaron a los Misioneros dos grandes negrazos, robustos y fornidos, pero con el aire de mansísimos corderos, los cuales llevaban en brazos un pobre paralítico, que en muchos meses no había podido levantarse del lecho, y entonces no podía moverse por su propia fuerza. Ni estar en pie podía el infeliz. Por lo cual, cuando supo la llegada de aquellos dos ministros del Señor a la ciudad, como cristiano viejo que era, quiso que le llevasen a los pies de los Padres para confesar sus pecados. Y, ¡caso prodigioso! en el mismo instante de recibir la absolución de sus pecados, quedó curado radicalmente, y siguió en pos de los Misioneros para dar gloria a Dios y testificar en alta voz las divinas misericordias.
Estos prodigios y maravillas se propagaban por todas partes ,como un relámpago y precedían a los misioneros en sus caminos apostólicos. De aquí que saliesen a recibirlos en masa los pueblos por donde pasaban evangelizando, y muchas veces salían a recibirlos, como dicen, «al son de trompetas y atabales» y se agolpaban y se apiñaban para besarles el hábito, el escapulario y la capa, y recibían su bendición hincados de rodillas.
Vieronsé, además, durante sus predicaciones por aquel gran campo del Padre de familias cosas muy extraordinarias. Las bestias feroces salían de sus madrigueras y se iban a echar mansamente él los pies de los varones apostólicos, y caían mansas y rendidas a los pies del P. Francisco, ora lamiéndoselos, ora como prestando atención a lo que decía, sin asustar ellas con su fiereza a las muchedumbres, antes bien mostrándose en extremo sumisas y pacíficas. Por su parte, el P. Francisco, y lo mismo el P. Diego, que contemplaba atónito tamaña maravilla, se ofrecían generosamente a pasar todos los trabajos y fatigas apostólicas por ensanchar más y más el reino de Cristo en aquellos pueblos. Y así, cuando hubieron evangelizado las provincias o reinos de Marabatta, de Pango y de Sundi, quisieron seguir adelante hasta donde llegasen sus fuerzas, que no eran tan grandes como sus alientos y deseos.
«En el reino de Loango, dice el P. Diego, y en otros muchos reinos, tan pronto como los habitantes tenían noticia de nuestra santa fe, inmediatamente la abrazaban». Por donde se ve lo bien abonado que estaba allí el campo de las conversiones. En estos reinos fue en donde Francisco el Indigno bautizó, él solo, más de cien mil negros, como dijimos antes. Y cuéntase que las rocas y los árboles clamaban y decían a los que iban a oír sus sermones: «Creed lo que os predica este Siervo de Dios».
Estando cierto día predicando en Sundi nuestros dos valientes Misioneros, llegaron allí algunos negros de otro gran reino vecino con la petición de que fuesen a evangelizar a sus conciudadanos. Estaba aquel reino del otro lado del río Zaire o Congo. El P. Diego le llama en su Relación el «reino de Angiei, que pudiera ser el actual Níangué. Aquel reino, en sentir del mismo Padre, era mayor que el de Angola y Congo juntos». Y añade: «El Rey de este reino pone en pie de guerra en una hora, siempre que quiere, un ejército de más de cuarenta mil negros, todos valientes y guerreros, los cuales no se ocupan de otra cosa. Tienen por divisa en la frente una rueda con muchos círculos concéntricos. Estando el P. Francisco y yo, añade, en la ciudad de Sundi, que es del reino del Congo y confina con el de Angiei, venían a vernos muchos de este reino, los cuales nos rogaban que pasásemos a su país, que su Rey nos recibiría con los brazos abiertos, y se convertiría al cristianismo. Lo mismo nos decían algunos mercaderes portugueses que comerciaban en aquellas partes».
Pero, los Misioneros, como no tenían licencia de alejarse tanto, lo pusieron en conocimiento del Superior de la Misión y del Rey del Congo.
Al saber D. Álvaro su intento, le faltó tiempo para escribirles diciendo que, «además de las dificultades que ofrecía la navegación en aquel río, las gentes de la otra orilla comían carne humana; que aquel Rey tenía un gran patio alrededor de su palacio adornado con las cabezas de los hombres que se había comido: que cuando concluía de comerse los prisioneros que cogía en la guerra, mandaba a los gobernadores de sus estados que le enviasen tantas o cuantas personas, de las más metidas en carnes, para su mesa, y que aquellos desgraciados que eran escogidos para servir de plato a su Rey, iban por el camino saltando y bailando, con gran algazara, teniéndose por dichosos de ir a ser comidos por su soberano».
A pesar de estas horripilantes noticias, nuestros valientes Misioneros, en vez de arredrarse, se resolvieron a pasar a aquel reino por la mucha compasión que les daba el ver la gran ceguera de aquellas pobres gentes, a las cuales el demonio las tenía tan bien encadenadas a su carro».
Ya se habían proporcionado un intérprete para que fuera con ellos, por la diversidad de la lengua de aquel país, cuando surgió una nueva dificultad y fue que no podían pasar el río Zaire sin los debidos pasaportes, que habla de despachar el mismo rey del Congo. Pidiéronselos a D. Álvaro por medio de un propio, pero D. Álvaro, en vez de despachar los pasaportes, dio órdenes terminantes a los aduaneros de que no dejasen de ningún modo pasar el río a los dos Padres, y rogó al Superior ele la Misión que les ordenase volver a la ciudad del Salvador, pues temía cualquier cosa del celo apostólico de los Misioneros, en especial de Fray Francisco. El Superior, sin más dilación, les puso un precepto de obediencia para que volviesen a la base de sus operaciones apostólicas, diciéndoles que tenían que conferenciar los tres sobre un negocio de suma importancia para la Misión.
Volvieron los Misioneros sin tardanza y sin más réplica, aunque con harto sentimiento de su alma, al ver cortadas así las alas de su celo.
El negocio a que aludía el Superior de la Misión era el pensamiento fijo que tenía de dar la vuelta a España, por varias razones. Porque ni recibía refuerzos de misioneros para la magna obra emprendida; ni sabían si los nuevos superiores bendecían sus trabajos apostólicos; ni se hallaba él con tanta salud que pudiese hacer frente por más tiempo a los compromisos adquiridos con el buen Rey del Congo.
Estas y otras varias razones les puso el Superior para convencerlos de que era necesario que volviesen los tres juntos a España, para dar testimonio de la abundante mies dorada de aquellas tierras, de lo bien preparado que estaba aquel campo para las conversiones, del gran fruto que allí habían de hacer todos los misioneros que quisiesen enviar los Superiores de la Orden.
Después de exponer unos y otros sus puntos de vista y los medios que se les ocurrieron para seguir adelante con aquella empresa, convinieron en que lo mejor era regresar todos juntos a España por las razones aducidas por el Superior de la Misión. Y empezaron luego a poner por obra su intento, aunque la cosa no era tan fácil como a ellos les parecía. Porque D. Álvaro no quiso escuchar razones cuando le manifestaron por completo su pensamiento y su acuerdo. Antes bien, dio las órdenes más severas a todos los gobernadores y aduaneros de sus puertos para que no dejasen salir de su reino a los Misioneros. Hasta mandó poner guardias en los caminos con el fin de que les atajasen el paso, si es que ellos intentaban huir secretamente.
Viéndose prisioneros de un gran Rey, meditaron la siguiente estratagema. Al cabo de algunos días, pidió permiso al Rey el Superior de la Misión para ir a tratar unos negocios con el Obispo de Santo Tomás, al mismo tiempo que procuraba con ello cambiar de aires, en alivio a su quebrantada salud. El Rey se lo concedió gustosamente, sin recelar lo que se tramaba. Realmente estaba enfermo el P. Diego, y no pudo sospechar el Rey que aquel permiso era para otra cosa muy distinta.
Una vez en Santo Tomás y después de haber conferenciado con el Señor Obispo, escribió el Superior él los otros dos Misioneros una carta muy apretada, ordenándoles en virtud de santa obediencia, y bajo precepto formal, que se partiesen lo más pronto posible para unirse con él y dar la vuelta a España, en busca de Misioneros, y con ánimo de volver bien reforzados con personal y material suficiente para dar mayor impulso a la Misión del Congo.
Se presentaron los dos Padres al Rey con la carta del Superior, diciéndole que estaban obligados bajo pecado mortal a obedecer a quien en aquella forma les mandaba. Entonces conoció el buen D. Álvaro la discreta estratagema que le “habían urdido, y, lejos de tomarlo a mal, pensó que muy graves y poderosas razones habían de tener aquellos santos religiosos para verse precisados a usar de aquella traza y a dejar su reino en tales circunstancias. Con harto sentimiento suyo, dejó partir a los Padres, no sin advertirles que había de enviar muy pronto un embajador suyo al rey D. Felipe y al Soberano Pontífice, con el fin de asegurar allí para siempre una Misión carmelitana, en vista de los frutos recogidos por aquellos misioneros en tan poco tiempo. Y así lo hizo el piadoso D. Álvaro el Católico.
Entre tanto, nuestros Misioneros, obtenidos ya sus pasaportes, fueron a reunirse con el Superior, para volver en seguida a la Madre Patria.
Capítulo VI
Los misioneros emprenden la vuelta a España. Asignan a Fray Francisco el Convento de Madrid para residencia.-Su vida en la Corte. Su oración y devoción al Santísimo Sacramento.- Su predicación en plazas y calles. -En busca de pecadores y gente maleante. Prodigios que el Señor obró por mediación de su Siervo.- (1587-1589).
Un día del mes de junio de 1587 zarpó de la Isla de Santo Tomás el navío en que los Misioneros carmelitas se embarcaron con rumbo a España. Mala hubo de ser para ellos esta larga travesía y muchos tumbos hubieron de dar por esos mares, cuando no pudieron Ilegar a feliz puerto hasta los últimos días de ese año o los primeros del 1588. No sabemos la fecha exacta de su arribo a Lisboa, ni conocemos los pormenores de su viaje.
Cuando llegaron los Misioneros al convento de San Felipe de Lisboa, supieron que tenían ya por Provincial al P. Nicolás Doria, contrario a las misiones de la Orden carmelitana. Entonces comprendieron ellos que sus cartas y relaciones no hubieran tenido contestación. De Lisboa partieron sin perdida de tiempo a entrevistarse con el Provincial, a informarle de sus obras y pensamientos, y a ponerse a sus órdenes corno hijos fieles y sumisos.
El P. Doria, al decir del cronista de la Reforma Teresiana «recibió con los brazos abiertos a los que ya tenía por muertos ». Mas, ¿cómo podía el Padre Doria tenerlos por muertos, habiendo ellos escrito tantas cartas dando fe de vida, y habiendo llegado esas cartas a los monasterios entonces, puesto que hoy día se conservan en nuestros archivos?..
Después de oír los relatos de las conversiones y de las obras de celo y de religión que habían emprendido en aquellos lejanos países, el P. Doria les manifestó su voluntad decidida de no volverlos a enviar, nial ellos ni a otro misionero alguno, a tierras africanas. Con lo cual, como añade el Cronista, «ellos quedaron muy desconsolados y no sin escrúpulos».
El caso no era para menos, después de los sudores derramados en campo tan fértil en conversiones, y después de la palabra empeñada ante un Rey tan católico y amante de los carmelitas. Pero, en fin, hijos de la obediencia, se retiró cada cual al convento que el P. Provincial les señaló para su residencia.
El P. Diego del Sacramento, Superior que había sido de la Misión, fue destinado al convento de Valencia.
El P. Diego de la Encarnación, el ‘Montañés, y el P. Francisco el Indigno, se quedaron en Castilla. El P. Diego fue al convento de Toro, en el que desempeñó luego el oficio de Vicario. El P. Francisco el Indigno fue destinado al Convento de San Hermenegildo ele Madrid. «Allí, dice él mismo en su Autobiografia, gastó ahora un año en confesar y predicar. Así continuó en la corte de Felipe II el oficio de misionero con el mismo fervor y con igual aprovechamiento de las almas que en la corte de D. Álvaro rey del Congo.
Pero, hay que decir aquí que si aprovechó tanto en ese sagrado ministerio de la predicación y de las confesiones, fue por estar muy empapado su espíritu en el espíritu de Cristo, por estar muy lleno su corazón de fuego del amor divino, fuego que encendía continuamente en la oración. Porque era tal su espíritu de oración, que se hacen lenguas los testigos de su causa al hablar de la oración de Fray Francisco.
«Se hincaba de rodillas, dice uno, delante del Santísimo Sacramento como si fuera una estatua, sin menearse, siendo hombre tan viejo… Cuando venía enlodado, se lavaba los pies con las alpargatas “puestas, y así, sin más, se iba a tener oración».
“De esta su quietud en la oración, que uno compara «a una estatua», otro la compara «a una columna», y así dice: «En el ‘convento en que residía, que de ordinario era en Madrid, era perfectísimo en todo. Siempre parecía brotaba fuego de sí. Su oración era continua. En ella se ponía de rodillas, con las manos juntas y el rostro levantado. Estaba inmoble… tan derecho y quieto, que parecía una columna».
Con lo que dice este testigo, concuerda la declaración “a este propósito del P. Juan Evangelista, y ambas completan la significación del retrato más popular de Francisco el Indigno; porque dice el P. Juan Evangelista: «… en la oración, juntas las manos, no se meneaba, ni postrado ni sentado, sino siempre de rodillas, que parecía estar enclavado».
Esto por lo que toca al modo de hacer el P. Francisco su oración; pues, en cuanto al tiempo que empleaba en ella, vio un testigo que muchas noches estaba el Siervo de Dios en oración «desde prima noche hasta después de las dos de la mañana». “Una ‘vez le encontró el P. Gregario Nazianceno, Superior del convento, y le dijo «que por qué no se recogía, que era tarde». El Venerable le preguntó qué hora era, porque él «no atendía al reloj, sino a lo que Dios le decía». Cuando el superior le dijo que eran los dos de la madrugada, el P. Francisco dio a entender como que le parecía haber estado no más de un breve rato. ¡Y todo ese tiempo «había estado de rodillas!».
El mismo religioso testifica que era frecuente esto en el Siervo de Dios, «estarse horas y horas en oración, y ‘cuando le decían que se retirase a descansar porque llevaba en oración dos o tres horas, respondía: Pluguiera a Dios que hubieran sido otras tantas mil. Y ¿dónde pudiera estar mejor?. Dando a entender ser este el ejercido que más le gustaba».
Los efectos que la oración causaban en su alma, lo daban bien a entender las llamaradas que despedía de su rostro, el resplandor y el ‘fuego que parecía lanzar de sí toda su persona cuando oraba, tanto que necesitaba, a veces, echar mano del agua para mitigar el fuego que parecía abrasarle todo en incendios insufrideros. Porque, al decir de un ilustre religioso, «tenía tanto fuego de amor de Dios este santo viejo, que vio el mismo P. Antonio mojar los pañetes en cubos de agua y ponérselos así; y también le vio regar la cama con cubos de agua, para poder aplacar un poco aquella grande inflamación de espíritu que tenia»,
Este fuego divino y estas llamaradas crecían en su corazón por modo extraordinario cuando se ponía a orar delante del Santísimo Sacramento. En tales ocasiones hacía verdaderas locuras, y así las calificamos nosotros por ser tan ruines y miserables como somos. Increíble parece que se llegue a exaltar así un alma enamorada del Amor de los amores. Pero así era nuestro Fray Francisco.
«Un día, dice un testigo, sacaron el Santísimo Sacramento descubierto en el altar mayor, y estábamos los-hermanos en el coro; y entró el Venerable Padre descuidado, sin saberlo; que entiendo venía de fuera .. . Y, en viendo el Santísimo Sacramento, comenzó a exclamar y decir: ¿Ahí estáis, y no lo sabía Francisco! … y se abrazó con dos hermanos, y yo era uno de ellos, y se quiso arrojar por las barandas abajo del coro alto, que entonces había, y juntamente llevarnos, y nos tuvimos asidos de las rejas, resistiendo a su espíritu; y nos soltó, y dio un salto allí abajo, y, de rodillas, dio sin hacerse daño, y, como volando, en pocos saltos, se puso delante del Santísimo Sacramento, y se abrazó del altar ,abrasado y encendido, diciendo lindezas, hasta que le quitó de allí el P. Maestro de Novicios, que era el P. Pedro Carmelo, natural de Sevilla. Edificado y espantado de verle, le quitó de allí, pasado un rato, por si acudían seculares, y le dijo que siempre había de hacer locuras… ».
Y, en verdad, que este fue siempre el flaco del venerable Francisco, si es lícito expresarse de este modo. El amor al Santísimo Sacramento no se le amortiguó un punto entre los negros africanos. Allí fueron sus extremos tan ‘grandes, como los que vimos ‘en Úbeda y Baeza, y como los que vemos ahora en Madrid. Porque dice el P. Diego del Sacramento, Superior de la Misión del Congo, en una de las cartas que escribió a los religiosos de Castilla desde el Salvador: Aun ahora le duran estos mismos fervores. Y no sólo los tiene el día del Santísimo Sacramento sino cada semana, como todos saben… ».
Estos fervores se le aumentaban con los años; y si no podía ya danzar delante del Santísimo, ni tocar el harpa, como en sus buenos días de Baeza, sin embargo, viejo y todo, «cuando sacaban el Santísimo Sacramento, dice un testigo, le acompañaba siempre que le daba lugar, y decía mil coplas de repente, que parecía salir de sí; y a mí, con estar frío y helado, y con poca devoción, me causaba mucha el verlo».
Así continuaba siendo el P. Francisco en Madrid una bella figura eucarística de los buenos tiempos de aquella España cantora y adoradora del Santísimo Sacramento.
Como era de tarde en tarde por aquella época, la comunión de los fieles a tenor de la disciplina eclesiástica que entonces regía, cuando el venerable Padre daba la comunión a los seglares, dice el P. Juan Evangelista, les hacía siempre una plática así, breve, del Santísimo Sacramento, con mucho fervor y fe~.
Del fervor con que celebraba la Misa, hubiera mucho que referir y bien se echa de ver por los ímpetus que experimentaba delante del Sacramento de nuestros altares. Muchas veces perdía la noción del tiempo y de lugar cuando celebraba el Santo Sacrificio y más cuando lo hacía en el oratorio privado de la comunidad. Sólo el verle celebrar, transportaba a los que oían su Misa a regiones celestiales. Bien se conocía en esto como en tantas otras cosas el haber sido discípulo predilecto del Maestro Juan de Ávila.
«Del Padre Fray Francisco el Indigno oí decir al P. José de San Francisco, que fue su confesor mucho tiempo, que había visto a Cristo nuestro Señor en la Hostia, estando un día diciendo misa. Tal dice un humilde religioso. Pero cuántas y ¡cuántas veces se dignaría el Señor manifestarse a su Siervo a través de las especies sacramentales, sin que los hombres tuvieran la menor noticia de tan celestiales gracias y regalos!.
Una Misa celebrada por Fray Francisco en Madrid goza de gran celebridad en los anales de la Reforma carmelitana. Era allá en la Nochebuena de 1589. Acabados de cantar los Maitines de media noche en el convento de San Hermenegildo de .Madrid, salieron del coro dos santos religiosos, y se dirigieron al oratorio privado de la comunidad. Eran estos el Venerable Hermano Fray Francisco del Niño Jesús y nuestro venerable P. Francisco el Indigno. Este iba a celebrar las tres Misas de media noche y aquél iba a ayudárselas. Por aquellos días estaba enfermo de alguna gravedad el venerable P. Domingo de Jesús María Ruzola, el héroe de Praga, y deseó que le llevasen al oratorio para oír, al menos, una misa en tan memorable noche. Obtenido el permiso del superior, lleváronle al oratorio en su pobre camilla. Empezó el Indigno la primera Misa con aquél gran fervor que le caracterizaba, y al llegar a la Consagración, habiendo dicho las palabras sacramentales, los tres santos religiosos vieron al mismo tiempo un hermoso Niño en las manos del celebrante. Aquel espectáculo celestial, hízoles quedar extasiados, sin poder reprimir ninguno de ellos sus ímpetus y arrebatos divinos. y empezaron a cantar al unísono: «Venid, y alegrémonos con el Señor recién nacido; regocijémonos con Dios Redentor nuestro; mirad que cara a cara le vemos. Y por este camino siguieron los tres desahogando los ardores de sus pechos inflamados de amor divino. «Duró tanto tiempo este favor, dice el Cronista, que, habiendo comenzado la primera Misa a las dos de la noche, eran ya las diez del día y no había acabado la tercera».
El Ilustrísimo señor Caramuel, biógrafo del venerable P. Domingo Ruzola, compuso un epigrama latino, según el gusto de la época, en memoria de este dulcísimo episodio, uno de los más tiernos y conmovedores en la vida de estos tres siervos de Dios.
Después es esto, nada tiene de extraño el resplandor que Dios ponía en las palabras de Fray Francisco cuando predicaba, y en sus obras cuando andaba en busca de pecadores empedernidos, para atraerlos al redil del Buen Pastor. En la escuela de la oración y contemplación y en el libro del amor, encerrado en el tabernáculo, aprendía sus pláticas y sermones el Indigno, y de allí salía como «un león de Judá respirando fuego, según frase del Crlsóstomo.
Muchos testigos, y todos ellos de calidad, nos cuentan maravillas de la predicación de Fray Francisco por las calles y plazas de Madrid.
Véase lo que dice a este propósito el venerable padre Fr. Domingo Ruzola.
«Era un varón de grande oración, y tan eficaz en ella y tan fervoroso, que salía hecho un fuego de ella, con unos ímpetus de espíritu que no había quien le pasase delante. Este era su estudio para ver de salir a predicar; porque él, como ya dijimos, ninguna cosa había estudiado. Yo confieso que oyéndole muchas veces no me parecía sino que el Espíritu Santo hablaba por su boca cosas tan buenas, tan altas y con tanta propiedad, que nadie juzgara sino que tenia ciencia infusa… Lo cual se puede probar de dos maneras. La primera: el grande fruto que con sus sermones y pláticas y conversaciones especiales hacía… La segunda, que siendo tanta su fama y tantos sus sermones, fue a oírle un religioso docto de cierta orden para ver si le podía coger en algún despropósito, siquiera en algún falso latín, pero, después de haberle oído, dijo a este testigo, y a otros, que su doctrina era tan del cielo que no habían de predicar de otra manera de como este varón apostólico predicaba; y de allí adelante le oyó muchas veces’, y procuraba imitarle.
No creemos que haya exageración en lo dicho por el P. Ruzola. Porque no se queda atrás tampoco en estos elogios el P. Juan Evangelista, el «discípulo amado de San Juan de la Cruz». Pues dice: «Oí decir a un padre nuestro, teólogo, que el P. Francisco Indigno decía cosas tan altas que o Santo Tomás no las había dicho, o que no pudiera decir más Santo Tomás.
Y es que el P. Francisco el Indigno lo mismo trataba las materias más sencillas, en orden a la conversión de los pecadores, como, sin pretenderlo, se elevaba a las regiones más altas del saber divino, en donde se manifestaba más a las claras la sabiduría de Dios que hablaba por la boca de aquel amador suyo.
«En la fundación de Madrid, dice un testigo, conocí al P. Francisco Indigno… Aunque no había estudiado facultades, predicaba misterios de la fe y puntos esenciales de ella, como si fuera un gran teólogo… Tengo para mí, y lo creo y lo oí decir a muchos de nuestros padres, que sin duda tenia ciencia infusa, y que hablaba el Espíritu Santo en él».
No solamente predicaba temas de alta teología católica, silla que prodigaba textos de la Sagrada Escritura admirablemente traídos en confirmación de las verdades que quería demostrar. Por eso, alguien pudo decir de tan santo predicador: «Y lo que admiraba era que lo hacía tan bien, y traía los lugares de la Escritura, y explicaba cosas dificultosas con tanta propiedad, que jamás le oyeron faltar en esto».
En cuanto a los días en que principalmente predicaba, dice así el P. José de Jesús María, General de la Orden: «Predicaba todos los domingos y fiestas del año dos o tres sermones en los cantones y plazas de Madrid, haciendo con esto grandísimo fruto y provecho en las almas».
Y esto lo hizo, no sólo esta vez en que estuvo un año en Madrid, según dice el mismo Francisco Indigno en su Autobiografía, sino durante todos los días de su permanencia en la Villa y Corte, en las diferentes etapas de su vida. Por lo cual pudo decir otro religioso nuestro: «Ejercitó este oficio de predicador en Madrid muchos años, predicando por las calles todas las fiestas cuatro o cinco sermones, siguiéndole multitud de gente, que era cosa de admirar… Estudiaba con la oración y consideración en la vida y muerte de Jesucristo, donde le comunicaba Dios su sabiduría».
Andando en estas predicaciones por calles y plazas, llevándose tras sí gentes de todos los estados y condiciones, por fuerza había de llamar la atención de los Inquisidores, que andaban siempre con ojo avizor. en tales casos, para poner coto y atajar el mal en sus principios. No le faltaron a Fray Francisco Inquisidores entre las multitudes que le escuchaban. Pero, en más de una ocasión, eso fue su mayor gloria, y ello contribuyó a que el Santo Tribunal le dejase predicar con toda libertad por las calles.
Dice a este propósito el P. Fr. Pedro de la Purificación, hijo muy querido y distinguido por Santa Teresa: «Hablando un día conmigo el Inquisidor Sierra de Leiva, me dijo: Muy docto debe ser este P. Fray Francisco, que dice tan buenas cosas, y le sigue tanta gente. Le respondí: No sabe nada, ni ha estudiado nada. Sólo sabe leer, y esto hace pocas veces; porque se ocupa más con María que con Marta. Se espantó, y dijo que tenía mucho de Dios, pues siendo ignorante, hablaba tan bien y tan a propósito».
El caso es que, fuera de la predicación, cuando trataba u oía hablar de aquellas altísimas materias de que, a veces predicaba, no acertaba a concertar cuatro razones derechas, ni sabía más de lo que sabe el vulgo. De ahí que diga de él otro religioso que le conoció y trató muy de cerca: «Predicó muchos sermones, con mucho provecho. Los que le oí, me espantaron, porque bien parecía que hablaba otro en él; y, lo que es más, que lo que traía de teología era tan a propósito y con tanta propiedad, que parecía teólogo de profesión, y muy bueno… Fuera de la predicación, no acertaba a decir cosa de aquella materia»,
El alivio que solía tomar, después de predicación tan continua y trabajosa, era descansar junto al tabernáculo con el Amor de sus amores; o bien el encerrarse en su celda a orar con la ventana cerrada; o, a veces, tomar un refrigerio tan genial como suyo, para mitigar aquellos ardores divinos que le atormentaban si vale esta expresión tratándose de alma tan santa. Muy cumplidamente nos manifiestan muchos testigos los regalos y privilegios que se tomaba después de sus fatigas apostólicas. Valga por todos el testimonio del referido P. Domingo Ruzola, que dice: «Cuando venía a casa de estos ejercicios de la predicación, venía hecho pedazos, y lleno de lodo. Se lavaba en un caldero de agua fría, aunque fuese invierno, y luego se iba delante del Santísimo Sacramento, donde se estaba mucho tiempo, sin más curarse de enjugarse, ni de regalo, habiendo hecho, a las veces, tres y cuatro sermones».
A mayor abundamiento, véase lo que el mismo venerable Indigno nos dice en su Autobiografía: «En volviendo a casa, el tiempo que no estaba en el confesonario, o delante del Santísimo Sacramento, siempre le hallaban en su celda, a donde no trataba de otros estudios que de la oración. Y por esto, casi de ordinario, tenia cerrada la ventana».
No se contentó con predicar por las calles y plazas, este Apóstol y Evangelizador de pueblos y de gentes humildes. Llegó su caridad a ir tras las ovejas más perdidas y descarriadas. En esto imitó cumplidamente al buen Jesús: en buscar pecadores desalmados y gentes de mala vida, para convertirles, para quitar ocasiones de pecados y de ofensas al Señor.
Como era tan puro, no temió manchar su corazón en los bajos fondos de la sociedad; sino que descendió a ellos con la antorcha de la fe y con el vestido esplendoroso de la gracia. Por eso dice él mismo en su Autobiografía, hablando como siempre en tercera persona: «Convirtió muchísimas mujeres de mala vida y hombres perdidos. Y algunas veces que las dejaba pertinaces en sus pecados, las amenazaba con castigos y por haber sucedido algunos de ellos, ya no se atrevía a amenazarlas de esta manera, porque nuestro Señor no hiciese ciertas sus amenazas».
Para ejemplo y escarmiento, refiere el varón de Dios un caso en que se cumplieron sus amenazas. Fue «con una mujercilla hermosa y desenvuelta», lazo de muchas almas, causa de innumerables pecados y de no pocos escándalos. Varias veces la amonestó y reconvino dulcemente el P. Francisco por sus desmanes y pecados públicos. Pero, ella no dio oídos a las amonestaciones del Padre. Entonces éste la dijo «que viese lo que hacía, que la había de castigar Dios con una muerte desdichada, si no dejaba aquella vida, en ¡I, que manchaba tantas almas». Pero ella no se curó ni poco ni mucho de lo que el celoso Padre le decía, por lo cual, «dentro de dos días, le dio tan fuerte mal, que dio con ella en la sepultura… ».
E] venerable P. Francisco fue en la Corte lo que se llama un verdadero reformador de costumbres. Más hizo él con su predicación, con sus consejos y con su ascendiente entre los hijos del pueblo que las autoridades con todos sus bandos y pregones y con las amenazas de mandar a galeras de por vida a quienes no los cumplieran; que así los cumplían en Castilla como los que echaban en Milán por aquel tiempo sus magníficos gobernadores, puestos en solfa por Alejandro Manzoni en su célebre novela “I promessi Sposi”.
En cambio a nuestro Fray Francisco, le temían más que a todos los alguaciles de la Corte los jugadores de juegos prohibidos, los Rinconetes y Cortadillos, los mal hablados y los mal avenidos con el orden y la justicia. A todos estos expiaba y perseguía de mil maneras; pero, era para traerles siempre al buen camino y para regenerarles con la vestidura de los hijos de Dios. Era Fray Francisco el fraile más popular que había en Madrid por aquellos días.
Por las calles, dice un contemporáneo suyo, «que le conoció y trató mucho en Madrid», la gente perdida huía de él, porque les rasgaba los naipes y corregía. Si los oía jurar el Nombre de Dios, con muy particular espíritu y rigor, hacía que besasen la tierra, con lo cual excusaba muchos pecados.
Lo mismo dice el P. Domingo Ruzola: «Era muy caritativo y amigo de los pobres. De manera que todo lo que para ellos podía allegar, lo hacía, dentro y fuera de casa, con orden de sus Prelados. Cuando iba por las calles, si veía jurar, les hacía poner la boca en tierra, y les reprendía. Y si les veía jugar, les quitaba los naipes, y se subía a los tableros, y predicaba, como está dicho».
No menor fue la caridad de nuestro Venerable para con los enfermos. Pueden aplicársele puntualmente las palabras del Evangelista: «Pasó haciendo el bien por donde quiera que iba; sanaba a los enfermos y echaba los demonios de los cuerpos de los posesos».
Parecíame un San Pedro en la fe, dice el venerable P. Domingo Ruzola en su declaración y de la que él tenía se les pegaba a los enfermos cuando les decía los evangelios, por la confianza que tenían en lo que pedía».
Entre los muchos enfermos que sanaron por la intercesión de nuestro Venerable, cuéntanse algunos casos portentosos. Entre ellos hay uno que no hay testigo de los que deponen en su causa, que no intervenga con su declaración sobre este hecho, por lo ruidoso del caso, y porque fue un tejido de sucesos extraordinarios.
Fue con ocasión de un viaje del Siervo de Dios a CogoIludo, feudo de los Duques de Medinaceli, grandes amigos y devotos de Francisco el Indigno. Pidieron éstos al P. Nicolás Doria que enviara a CogoIludo al P. Francisco para que dijera los Evangelios a su hija única, que se hallaba a las puertas de la muerte.
El Siervo de Dios, a la voz de la obediencia, se puso en camino sin más dilaciones. Pero en el camino se topó con lo que menos se esperaba. «Llegó por la mañana de Madrid, dice un testigo, día de San Felipe y Santiago [a 1º de mayo], a la Venta de Viveros, que está entre Madrid y Alcalá, que tiene fama de ser la más perniciosa venta del mundo, de receptáculo y madriguera de hombres y mujeres mundanos. Vio el Padre allí mucha gente, y con el celo que tenía de las almas, le pareció buena ocasión de predicarles, como lo hizo, y con tanto fervor, que convirtió y confesó mucha gente. Dijo misa en la ermita; hizo otra vez plática para prepararlos para la comunión a los venteros y a todos o casi todos cuantos estaban en la Venta de Viveros. Llegó la misma mañana a Alcalá, y dijo el compañero del Padre que dejaba éste convertida y confesada toda la Venta de Viveros. Y preguntando el P. Rector, y reparando algunos de los colegiales en cómo se atrevía a absolver tan presto a personas semejantes, que de necesidad se les habían de olvidar muchos pecados, y la preparación es parte necesaria, dijo: Verdad es; mas, si no vienen preparados, yo los preparo preguntándoles por los mandamientos: y más puede preparar un confesor y traerlos a la memoria sus pecados en un rato, que ellos en muchas horas».
A los Siervos de Dios, redentores de la humanidad a semejanza de Cristo, les es más fácil preparar las almas de los pecadores más empedernidos con cuatro toques al corazón, que a todos los casuistas juntos con todos sus tratados y casos de conciencia, cuando no hay en ellos ese hálito divino que mueve los corazones a dolor y penitencia.
De Alcalá, siguió su camino a CogoIludo para cumplir con la obediencia. Cuando llegó, dice el mismo Venerable en su Autobiografía, halló a la niña boqueando, y con la ansiedad de la muerte. Estaba desahuciada por todos los médicos que la habían visitado. El dolor de los -Medinaceli era inenarrable. El Siervo de Dios hizo oración por ella y díjole los Evangelios… Acabada la oración, abrió la niña los ojos, y pidió pan. Avisaron luego a sus padres , y cuando vinieron, hallaron ya a su hija fuera de peligro.
Así, lacónicamente, cuenta Francisco este portento que obró el Señor por su intercesión en la casa de Medinaceli. Desde entonces consideraron a Francisco como el salvador de su única hija los poderosos Señores de aquella comarca. El prodigio corrió de boca en boca, y todos los vasallos de Medinaceli se apresuraron a visitar y conocer al Santo, como le llamaban todas a boca llena.
También le llamaron allí por mucho tiempo «el Fraile del agua».
Y véase por qué motivo.
Reinaba por aquellos días en CogoIludo, y en muchas leguas a la redonda, una pertinaz sequía, de las que se ven pocas veces. Estaban los campos agostados por falta de agua. Hacíanse rogativas y grandes procesiones para impetrar del Señor la lluvia benéfica. El primer domingo de mayo hízose la procesión más solemne y concurrida que allí se hubo jamás visto. Asistió a ella el Ayuntamiento en pleno y el pueblo en masa. No faltaron tampoco los religiosos del pueblo, entre los cuales estaban los nuestros y entre los nuestros el venerable P. Francisco. Pidió el Ayuntamiento que predicase en aquella ocasión el Apóstol del Congo. El Prelado suyo «en llegando la procesión a la plaza, se lo mandó». Francisco nos dice así en su Autobiogrofía: «El P.Frandsco dijo :al pueblo reunido en la plaza: Hermanos: hagamos entre Dios y vos un concierto. Vosotros de arrepentimiento de vuestros pecados, por los cuales Dios les castiga. Y hecho esto, yo os aseguro, de parte de Dios, que de aquí a pasado mañana, que es martes, estará la tierra satisfecha ele agua ».
Sigue diciendo Fray Francisco que al Marqués de CogoIludo «le pesó que hubiese ofrecido el Padre cosa tan dudosa», y que «mucho más les pesó a nuestros religiosos». El lunes, .añade, hizo la misma serenidad que los otros .días. Ese mismo día por la noche envió a llamar el Marqués al P. Fr. Francisco, y entre él y la Marquesa le decían que mal caso era aquél, que esperase el pueblo agua por su promesa, y que estuviese el cielo tan sereno y estrellado. «A las once de la noche, se fueron, dice, los Señores a su aposento, y el P. Fr. Francisco se entró en el suyo, y, puesto en oración, pedía a Nuestro Señor se doliese de aquel pueblo, y no permitiese que él saliese mentiroso, pues confiado en El había ofrecido aquello. A la una de la noche comenzó a nublarse el cielo, y a caer tanta agua, que iban las calles llenas de arroyos de agua: y lo mismo fue por seis o siete lugares a la redonda. El P. Fr. Francisco, por huir del aplauso del pueblo, se salió •aquella mañana huyendo; y hasta hoy le llaman «el Fraile del agua».
Muchos son, como dijimos, los testigos presenciales que confirman largamente lo que aquí con tan pocas palabras refiere el Siervo de Dios. Al ver cumplida la promesa el pueblo se dio a buscar por todas partes «al Santo», y no hallándole por ninguna en aquellos días, volvieron “sus ojos a Dios en agradecimiento por el beneficio tan grande que les había dispensado.
Fray Francisco siguió su camino derramando gracias y bendiciones. En el pueblo de Espinosa, a una legua de distancia de CogoIludo, se le presentó un pobre hombre «con una nube en un ojo». El P. Francisco le dijo los Evangelios, como era su costumbre tan extendida entonces en España y tan bendecida por la Iglesia. Luego, poniéndole las manos sobre la cabeza, dejó caer la una mano, pasándosela por los ojos», y con esto quedó el enfermo completamente sano.
Terminada su misión en Cogolludo y su comarca, emprendió la vuelta a Madrid, cuartel general de sus operaciones apostólicas, ancho campo de sus obras de celo, en donde, además de predicar y confesar, se ocupaba en visitar enfermos, en consolar a los afligidos, en tratar de paces concordando personas enemistadas, en buscar limosnas para acomodar y sustentar doncellas pobres en donde viviesen recogidas, y finalmente, en todas aquellas obras de caridad y de celo que su amor inagotable inventaba cada día y que el Señor aprobaba con visibles manifestaciones de prodigios inenarrables.

CAPITULO VII
Viajes del Siervo de Dios por la Mancha y Andalucía.-Su apostolado de cuatro años por tierras andaluzas y manchegas.-Misionando por los montes de la Alcudia.-Le confían una secreta misión en Barcelona.-Vuelve a Madrid, y fija allí su residencia hasta la muerte.-Sus relaciones con la nobleza. -Su amistad con Felipe II, a quien asiste en la hora de la muerte, y de cuya gloria tuvo noticia segura.-Su vida en la Comunidad. Sus pláticas a los novicios y colegiales de la Orden.-(1589-1599).
En la enmarañada selva de tantos y tan interesantes episodios como nos refieren las Crónicas de , la Orden y los testigos de la causa de nuestro venerable Indigno, es harto difícil el ordenarlos cronológicamente y el concretarlos todos en su propio tiempo y lugar. Siguiendo a Fray Francisco, por lo que él mismo ~10S dice en su Autobiografía, después de su vuelta del Congo, a fines del 1587 o, principios del 1588, después~ «de, haber gastado un año en Madrid, en confesar y predicar, le mandaron ir al Andalucía, a donde predicó con gran fruto, particularmente en Jaén, Úbeda y Baeza, donde él era más conocido; ‘y gastó en esto tres o cuatro años» .
Durante estos años, «no tuvo ciudad permanente» como punto de residencia. Tan pronto le hallamos en Almodóvar del Campo, como en Baeza, La Peñuela, Úbeda y el Calvario, en los aledaños de Villanueva del Arzobispo, soledad santificada por el Místico Doctor San Juan de la Cruz, cuyo «conventico» parece un nido de ruiseñores cabe las orillas del Guadalquivir.
De su estancia en el Calvario, sabemos algo por un compañero suyo, el cual nos habla de su vida de oración y de penitencia en aquellas soledades, diciendo «que estando de conventuales en el Convento del Calvario el P. Fr. Francisco y él, nunca jamás le vio acostarse en la cama; y que anduvo con grandes diligencias para verle, y no le vio sino siempre en la celda de rodillas en oración ».
De su estancia en Úbeda, sabemos que asistió al gran Reformador del Carmelo en la hora de la muerte, el 14 de Diciembre de 1591, como deponen varios testigos en los procesos de San Juan de la Cruz, siendo uno de los que más consuelos prodigaron al Santo Reformador en los últimos días de su vida, cuando tanto hubo de sufrir de aquel Prior desabrido, a quien el Señor parece que cegó los ojos para que sirviera de ‘ mayor cruz al que la fue buscando allí para abrazarse a ella y morir en ella.
A su paso por Aguilar, le hubo de costar a Fray Francisco un poco cara su predicación a aquellas gentes bravías. Sin duda que allí, como en todas partes, «hizo mucho fruto con su predicación:’>, como él nos dice; pero, allí cosechó también cierto día una buena ración de palos. Porque dice un testigo: «En la fundación de Aguilar, los religiosos padecieron tantos trabajos y afrentas, que una vez dieron de palos a un sacerdote que se llamaba P. Fr. Francisco Indigno, y llevó con grande paciencia este trabajo y afrenta».
A esto lo solía él llamar «lluvia de flores».
La Arcadia descrita por Cervantes en el Quijote, debió de ser un cuadro de vida vivida por pastores de carne y sangre, en aquellos mismos días en que andaba misionando por los campos de la Mancha y del Andalucía nuestro Francisco Indigno. Solamente que Cervantes poetizó con pintoresca galanura y elevó a las regiones del más puro arte, lo que vio y tocó el Misionero del Congo en la más triste de las realidades de la vida.
He aquí el cuadro que nos pinta Francisco el Indigno en su Autobiografía con tosca y verídica pluma, acerca de cómo eran los pastores y pastoras que él conoció por los montes de la Alcudia. Habla, como siempre, en tercera persona, y dice: «No se contentaba con procurar la salud de las almas en los lugares. Mas, también salía a los montes a estorbar ofensas de Dios, como le sucedió estando en Almodóvar del Campo, que oyendo decir que por todos aquellos montes de la Alcudia andaban pastando muchos pastores, y traían consigo mujercillas de mala vida, se fue a predicarles el P. Fr. Francisco. En una ermita de Nuestra Señora, se juntaban algunas veces cuatrocientos o quinientos pastores, a los cuales predicaba con tanto fervor, que muchas de las mujeres que andaban con ellos, dejaban su mala vida y se volvían a los lugares). Una de estas pobres, mujeres era harto, famosa en aquellos montes’, por ‘el estrago que ‘hacía’ en las almas. Se llamaba Mariana. Era muy moza y de harto buen parecer. A ésta anduvo buscando Fr. Francisco algún tiempo para deshacer ese .lazo del demonio. Estando cierto día predicando, como él dice, «a una gran manada de pastores», tuvo revelación del lugar en donde se hallaba aquella infeliz mujer. En el acto dejó cortado el discurso, y corrió en pos de aquella oveja perdida para salvarla: «la cual, en viéndole, se hizo la enferma, y después se le hacía la muerta». Pero, nuestro celoso Misionero, que entendía .mucho de maulas, «sacó, dice, la disciplina, que llevaba consigo, y comenzó a darle con ella grandes disciplinazos, con lo cual ella se levantó, y, dejándola el demonio que la tenía ciega, se fue con el P. Fr. Francisco, y enmendó su vida.»
Así, con esta sencillez y candor. lo refiere el Siervo de Dios.
«Pasados estos tres o cuatro años en el Andalucía y en los pueblos y montes de la Alcudia, le enviaron los superiores de la Orden a Barcelona». No nos dice el bendito Padre, en su Autobiografía, el objeto de este viaje a la Ciudad Condal. El Cronista de la Reforma del Carmen asegura que llevó una misión especial, que consistía «en componer ciertos bandos entre personas de autoridad» (1). Es muy posible que anduviera por medio, en este negocio, la iniciativa de Felipe II, el cual sabía lo que era y lo que valía el P. Francisco Indigno como componedor de paces, y de ahí que esa misión fuera absolutamente secreta: por eso el Siervo de Dios no dice nada de ella, y el Cronista la envuelve en esas palabras tan genéricas. Sea de ello lo que fuere, el hecho es que el P. Francisco marchó a Cataluña; arregló satisfactoriamente el negocio que le encomendaron, y que, si le dejaron salir de Barcelona para Madrid, fue después de haber empeñado su palabra de que volvería muy luego al Principado. (1) Habiendo vuelto a Madrid, desde Barcelona, (por mandato del P. Fr. Nicolás Doria) que era General), le dejaron ya en la Corte hasta los últimos días Cronista la envuelve en esas palabras tan genéricas. Sea de ello lo que fuere, el hecho es que el P. Francisco marchó a Cataluña; arregló satisfactoriamente el negocio que le encomendaron, y que, si le dejaron salir de Barcelona para Madrid, fué después de haber empeñado su palabra de que volvería muy luego al Principado.
Habiendo vuelto a Madrid, desde Barcelona, «por mandato del P. Fr. Nicolás Doria) que era General), le dejaron ya en la Corte hasta los últimos días de su vida, en que le volvieron a confiar otra misión semejante a la de Barcelona, como luego veremos.
El haber salido tan airoso en su viaje a Barcelona, la fama de santidad, que aumentaba de día en día por todas partes, hizo que en esta época de su vida, sin dejar de predicar y socorrer a los pobres, como punto capital de su apostolado, estrechase más sus relaciones con la nobleza y con la misma Familia Real. De ello se servía él grandemente para sacar mayor partido en favor de sus obras de caridad y de celo.
Por esta época «visitaban, dice un testigo, personas muy principales; y gustaban tanto de su trato y conversación, que no hacía poco en despedirlos, y tocándole la campana, o llamándole la obediencia, rompía con todo en el mismo instante, aunque fuesen duques y condes, y a todos decía: que era un simple, un idiota y un gran pecador». A pesar de toda su humildad, que era profunda y sincera, bien veían los ojos perspicaces de los hombres de talento, la joya que se encerraba entre los pliegues de aquel tosco buriel. Así le solían encomendar graves negocios los grandes de España, o bien para que les diese consejo y luz en casos muy apurados, o bien para que les encomendase al Señor y les ayudase a salir airosos en situaciones difíciles y peligrosas. Dice a este propósito, en su declaración, el P. José de Jesús María, que fue General de la Orden: «Yendo con el P. Fr. Francisco Indigno a visitar al Duque de Béjar, que estaba en ciertos negocios detenido en la Corte, de la conversación de los dos entendí tenía hecha apuesta con el dicho Padre de que acabaría con brevedad sus negocios, sucediendo todos ellos muy a su gusto».
Entre todos sus devotos y admiradores, entre la nobleza, distinguíase el Duque de Medinaceli, sobre todo desde que Fr. Francisco curó a su hija en CogoIludo, y el Duque pudo ver allí lo que aquel varón de Dios podía con su Divina Majestad, pues que había visto que el venerable Indigno era otro Elías en abrir y cerrar el cielo a la lluvia.
Mucho, en verdad, debió el Duque en vida él nuestro venerable Francisco; pero, si hemos de creer al Siervo de Dios, más le debió a la hora de la muerte, y no poco le valió la oración del humilde Carmelita para que se ‘saliese pronto del Purgatorio. Dfc.elo así el venerable P. Francisco en su Autobiografía: «Estando malo el Duque de Medinaceli, envió a llamar al P. Fr. Francisco, el cual, conociendo su peligro. le comenzó a disponer para la hora de la muerte. Confesóle y alentóle; y quedó tan bien dispuesto para la jornada, que, tomando un crucifijo en las manos, derramaba con él muchas lágrimas, pidiendo a Dios el perdón de sus pecados. Asistióle el P. Fr. Francisco hasta que murió. Y estaba tan puesto con Dios el enfermo, que no quería admitir visita ni recado que no fuese para tratar de su salvación.
«Después de muerto, añade, hizo el P. Fr. Francisco grandes diligencias con Nuestro Señor para sacar su alma del Purgatorio, con muchas penitencias y frecuente oración. Y un día, estándole encomendando a Nuestro Señor con gran fervor, le dijo Nuestro Señor que ya estaba en su descanso».
Si grande fue el aprecio y estimación en que tuvieron a nuestro Venerable los grandes y magnates, no fue menor la estima que de su santidad y ciencia infusa tuvo el mismo Felipe II, lo mismo que toda su Real Familia. De esto nos da buen testimonio, dejando otros a un lado, el venerable P. Domingo de Jesús María Ruzola. Dice así, compendiando en un rasgo de su pluma las virtudes de Fr. Francisco: «Pué religioso de singularísimas virtudes, de las cuales, no sólo en toda la religión, sino en las ciudades de España, y señaladamente del Rey, nuestro Señor, de la Reina y de todos sus grandes y cortesanos, fueron conocidas y estimadas; y así, todos le veneraban como a santo».
El P. Juan de Jesús, Definidor General de la Orden y Prior que fue de varios conventos, onfirma el anterior testimonio casi con las mismas palabras. Pues dice: «Fue Fray Francisco tenido y estimado de todos los nobles y reyes de España en tanto grado, que era admiración, no sólo de los Grandes, sino de Felipe II, y del que hoy está en su lugar (Felipe III ), de la Emperatriz (esposa de Carlos V), y de las personas reales, por su mucha virtud».
La ocasión en que el venerable P. Francisco habló por vez primera a Felipe II no puede ser más pintoresca e interesante. Los más humildes son los que, por regla general, dicen las verdades escuetas y desnudas a los más poderosos. Este es el caso del venerable Indigno. He aquí cómo lo relata quien se lo oyó de sus mismos labios.
«Envió la obediencia al P. Francisco Indigno al Escorial sobre cierta petición al Rey. El Padre nunca había ido allí. Antes que pudiese hablar al Rey, anduvo tres o cuatro días por el Escorial haciendo algunos sermones. Uno de los Grandes dijo al Rey: Que si quería oír un grande predicador idiota, que se alegraría de le oír. Dijo el Rey que sí. Trazóse que el Padre Francisco predicase en un patio donde el Rey, por una vidriera, le pudo ver. Acabado el sermón, dijo el Rey: Que le dejasen al Padre entrar a hablarle. Entró el predicador, y, en haciendo la reverencia debida, le .mandó el Rey levantar; y comienza el P. Francisco a decir: Sacra Majestad: Muchos años ha os sigo las obras y gastos que aquí se han hecho, y tantos ha que ando murmurando de Vuestra Majestad acá dentro, acá dentro (señalando el pecho); y vuelve a proseguir diciendo: Murmurando que pudiera Vuestra Majestad gastar tantos millones en hacer hospitales, favorecer pobres, descautivar cautivos, y que no gastara tanto como me decían gastaba en estas tierras. Pero, ahora que tengo visto la obra y el templo, y . cómo tiene tan lindo templo mi Señor Jesucristo, y el Santísimo Sacramento, digo que le condeno a Vuestra Majestad, porque 110 ha gastado más. . Mas, ¿falta alguna cosa?, dijo el Rey gozoso del discurso. Falta, respondió el Padre Francisco, que Vuestra Majestad haga una ley, que todos los que entraren en este santo templo, doblen las dos rodillas en tierra y Vuestra Majestad el primero. El Rey le dijo que le viniese a ver muchas veces, y le despachó todo lo que quería: que esto tiene la virtud de los santos».
Y termina quien esto testifica, diciendo: «El mismo venerable Padre me lo contó asentado en las tablas del P. Fr. Juan Bautista, Vicario general que fue en ausencia del P. General Fr. Elías de San Martín, unos días».
Después de esto, no hay duda de que el Indigno visitó más de una vez a Felipe II,y que el poderoso Rey de las Españas le hubo de confiar más de una misión delicada, como la que dijimos de Barcelona. Desde luego sabemos que, en su última enfermedad, y hallándose ya en trance de muerte, Felipe 11 hizo que llamaran al venerable P. Francisco para que le ayudase y confortase en aquella hora. El mismo Padre nos lo dice en su Autobiografía, Todos los auxilios espirituales que prestó al Duque de Medinaceli, como se ha visto, dice que se los prestó también al Rey don Felipe. Además; un testigo depone lo siguiente:
(El Lic. Luis Carvalho, en el Procesillo de Lisboa. Dice textualmente: Ao nono disee: que he verdede que em todas partes e el Rel dom FelIippe que está en gloria o mandou a chamar ao tempo de su morte e esteue com elle e o consolou e esrforçou afe que o difo Rei se foi desta vida, e que ella sabe assim per se echar ao tal tempo en Madrid, como tambein per Iho diser o dlto Religioso…).
«A, la pregunta novena, responde: que es verdad que el Rey don Felipe, que está en gloria, le mandó llamar al tiempo de su muerte, y que estuvo con él, y le consoló y alentó., hasta que el dicho Rey se fue de esta vida; y que este testigo sabe que fue así por hallarse en tal tiempo en Madrid, como también porque se lo dijo el dicho Religioso».
Muerto el gran Rey, nuestro venerable Francisco hizo por su alma muchos sufragios, penitencia y oraciones. Después de referirnos él mismo en su Autobiografía las penitencias y oración que hizo por el Duque de Medinaceli, dice lacónicamente: También este hecho anduvo en boca de nuestros religiosos por aquellos días; porque otro testigo nos da sobre él los siguientes pormenores (El mencionado Fr. Ventura de la Trinidad, en las Informaciones de la Orden, rol. 285, ): La gloria de Felipe II, jamás empañada por más injurias que quieran amontonar sobre ella, fue revelada por Dios a muchos siervos suyos en aquellos mismos días. El Cronista del Carmen nos refiere algunos casos. Dice que el Señor reveló su gloria al venerable Julián de San Agustín, de la Orden de los Menores, (Daza, tomo IV, cap. 53); y a los venerables Fr. Domingo de Jesús María Ruzola, Fr. Francisco del Niño Jesús y Fr. Francisco de Jesús, el Indigno. Por lo que respecta al gran Padre Domingo Ruzola, dijo éste: «Desde entonces (desde que le vi glorioso), no puedo, aunque quiera, encomendarle a Dios, como solía; antes me encomiendo a él, como a alma que ya le ve cara a cara» (Reforma del Carmen, tomo lll, págs. 196-97. .).

¡Pueden los críticos de marras y otras partes seguir denigrando la memoria del glorioso Felipe II, el debelador del protestantismo! .
Andando tan engolfado nuestro venerable Francisco en sus predicaciones, en sus obras de caridad y de celo, por calles y plazas, por palacios de príncipes y magnates, lo mismo que en los tugurios y ventorrillos de los pobres y maleantes, quiso la obediencia probarle más de una vez, para ver si aquel celo nacía del amor divino o de su amor propio: ‘ que esto de bueno, entre otras muchas cosas, tiene la sujeción de los que viven, clavada su voluntad, a una Regla y a un Superior regular.
Pero el venerable P. Francisco «era tan resignado en la obediencia, dice un religioso nuestro (El P. Fr. Cristóbal de Jesús María, en las informaciones de Bolarque, fol. 190 ), que, haciendo tanto provecho en esos actos de caridad, un Prelado, siervo de Dios, le mandó una vez que no saliese de casa, y, sin mostrar sentimiento, se quedó sin salir muchos días con mucha paz».
El mismo Siervo de Dios nos lo refiere con más pormenores. «Algunas veces, dice), hacía la obediencia experiencias si el gran afecto que tenía de acudir a las almas procedía más de amor propio que de amor de Dios. Y para esto, le mandaban que no tratase de salir de casa. Y esto hizo, particularmente, el P. Fr. Juan de la Madre de Dios, siendo Vicario de esta casa [de Madrid]. Obedeció tan puntualmente el P. Fr. Francisco, que casi en 30 días no salió de su celda, sino para decir misa y acudir a la oración y actos de la comunidad… »
No solamente le probaron los Superiores en esto de las salidas de casa. Tampoco solían dar mucha importancia a su ministerio apostólico en su presencia, para que no se envaneciese. Y no sólo esto. A veces quitaban toda importancia e interés a sus obras de celo. Lo que hacía él por las calles y plazas, lo hacían mejor y con más fruto los religiosos que estaban más escondidos en sus claustros. Muchas de estas cosas le decían unos y otros, por probar su virtud y su humildad. El bendito Padre a todo callaba o sonreía. A veces, Superiores e inferiores le sacaban sus faltillas delante de la comunidad, por vía de recreación y de expansión fraternal. El Siervo de Dios tenía una actitud especial y una frase consagrada en tales ocasiones. «Cuando le advertían algún descuido o falta, dice un testigo ( El P. Alonso de San Elías, en las Informaciones de Uclés, a 8 de Julio de 1603), aunque fuese un hermano donado, se ponía de rodillas, y, extendiendo el escapulario, decía: «¡Échenme flores!» .
Estas flores, como llamaba a los capítulos .correccionales que le hacían, pagábalas el P. Francisco con lindas pláticas a la comunidad en el capítulo, en el refectorio y en las recreaciones. Quien tanto sermoneaba y platicaba por las calles a los seglares, no solía ser corto de razones ni de sermones a los religiosos, a los novicios y colegiales, especialmente, cuando se lo ordenaban los Superiores.
El P. Juan Evangelista, otras veces citado, nos dice (En las Informaciones de Bolarque, folio 184)
«Algunas pláticas le oí que, por obediencia, le mandaban que hiciese en algunos capítulos de religiosos, y le salían muy bien. Era muy orador».
Por ser muy orador y muy fervoroso, aprovechaba mucho con sus pláticas a los novicios, especialmente en las recreaciones, contándoles episodios de su vida apostólica y misionera. «En aquel tiempo, dice uno ( Fray Ellas de Jesús María, en las Informaciones de Zaragoza. a 17 de Noviembre de 1603), el P. Fr. Francisco Nicolás de San Cirilo, que a la sazón era Maestro de Novicios, le llevaba él la recreación del Noviciado… , para que dijese algunas cosas de edificación, así de la jornada de Guinea, como de otras cosas, para ejemplo de los Novicios.»
«Me acuerdo, dice otro (Fr. Elías de Jesús María, en las informaciones de Zaragoza, 1603. Estas informaciones se hallan en el MS. 5631, folios 21-25, de la B. N. de M.), haberle oído de su boca lo siguiente: «que siendo aún mozo seglar, era algunas veces tanto el fervor que tenía del amor de Jesucristo, .que algunas veces tenía necesidad, para refrigerarse, de entrarse en el agua, o en algún estanque, en el invierno.»
Lo que hacía con los novicios, enfervorizándolos con sus pláticas, lo hacía también con los jóvenes estudiantes, llenándoles de admiración con la doctrina que derramaba en sus conversaciones y en sus discursos, como algunos de los que le oyeron lo testifican. lJno dice a este propósito): «Un día fueron los colegiales de Alcalá a Madrid, no sé por qué ocasión, y estando en Refectorio, le mandó la obediencia que se levantase y predicase a los colegiales. Y comenzó a tratar el Misterio de la Ssma. Trinidad tan altamente y con tanta verdad y claridad y propiedad, juntamente con una devoción y espíritu del cielo, que así los colegiales como todos los demás circunstantes quedaron admirados; y dábamos todos gracias a Dios de verle; y se echaba de ver que el Espíritu Santo hablaba en él».
Parece que el Misterio de la Trinidad era su terna favorito cuando hablaba a los estudiantes de Alcalá. Al pasar por allí, en su viaje a CogoIludo, como en otro lugar dijimos, después de referir un testigo lo del episodio de la «Venta de Viveros», dice lo siguiente: «El mismo día le mandó el P. Rector que predicase en el Refectorio, y lo hizo tomando por tema aquellas palabras del Evangelio del día: «Philippe, qui videt me, videt et Patrem meum ): lo hizo con tanto fervor y tan propios términos de teología escolástica en romance, tratando del Misterio de la Santísima Trinidad, que nos dejó espantados. »
Este mismo día, continúa diciendo el mismo testigo, «después de haber comido, subió a la recreación, que estaba en el aula del Colegio antiguo, a donde, en la pared, junto a la puerta, estaba pintado un Cristo crucificado muy devoto, ele negro. Pidiéronle los colegiales que les hiciese otra plática. Preguntó él de qué materia la querían. Y uno decía sobre tal virtud y otro sobre otra: y así iban diciendo. El P. Rector dijo que cumpliese con todos; pero que tratase más sobre la humildad, que era la virtud que más habían pedido. Y dijo una plática tan alta de las virtudes, particularmente de la humildad, que nos dejó espantados, con ser todos colegiales. Preguntáronle dónde había leído y deprendido aquellas cosas. Y él alzó la cabeza, y clavó los ojos en el Crucificado que estaba en la pared, y, como le instasen, dijo: «Allí lo he estudiado y aprendido. Aquel es mi libro».
Así se formó el predicador sabio, el santo extático y el religioso humilde: con el Crucifijo para estudiar con la Hostia Santa para amar, con el Escapulario para recoger en sus pliegues. Las flores» de los vituperios y de las contradicciones.
CAPITULO VIII
Gracias gratis datase.-Su espíritu de profecía. -Gracia de curaciones.-Le obedece la naturaleza. -Su poder sobre los demonios.-Represalias de los demonios: le rompen un brazo.-Ultima jornada al Andalucía.–Limosnero mayor de Felipe III.-A la vuelta de su expedición, le derribó el demonio en tierra junto con su cabalgadura, y con la caída le puso en trance de muerte.-Recibe con gran fervor los Santos Sacramentos.-Muere en los Hinojosos, su pueblo natal.- Maravillas después de su muerte.-La traslación de su cuerpo a Madrid.-Proceso de su beatificación. -(1599-1609).
Muchas fueron las gracias «gratis datas » que recibió Fray Francisco del cielo: la gracia de las curaciones, por su oración y aplicación de manos sobre los enfermos; la gracia de la ciencia infusa, con la cual se remontaba a las más sublimes regiones de la Teología, y explicaba los altísimos misterios de la Religión; la gracia de mover los corazones más empedernidos, de ‘traer al redil del Buen Pastor las ovejas más descarriadas, las mujeres perdidas, los bandole-ros y asaltantes de caminos, los jugadores y maleantes de oficio, todos los desgraciados que vivían al margen -de la vida social; la grada, en fin, de la profecía y el poder de arrojar los demonios de los posesos, aunque esto hubo de costarle no pocos sinsabores.
En cuanto al don de profecía, muchos casos hallamos en los procesos de su causa y confirmados, como siempre, por diversos testigos presenciales.
«Hubo una epidemia de erisipela, dice un testigo (1), con muchos atacados de este mal en algunos conventos nuestros. En Alcalá fueron desahuciados por los médicos dos religiosos. Otro que estuvo muy mal, lo declararon de peligro. Este comentaba el caso con otros dos religiosos que estaban buenos y sanos, y se lamentaban los tres de la muerte de los desahuciados, que daban ya por segura. Intervino el venerable padre Francisco de Jesús en la conversación a este punto: Qué dicen?, ¿que se morirán?… Pues no se morirán ‘de ésta; antes se levantarán, y estarán buenos; y este convaleciente y ellos dos, que están sanos, también se morirán, y esto antes que caigan los pámpanos». Quería decir antes del caer de la hoja. Y así sucedió punto por punto; los dos desahuciados por los médicos se salvaron. Los otros dos sanos y el convaleciente, murieron luego. Este último «que era hijo del doctor Mercado, que se llamaba Fr. Antonio, viendo que habían muerto los otros dos, que estaban sanos y buenos, dijo: Verdaderamente, se va cumpliendo lo que dijo el Viejo: Ya han muerto los otros dos. Yo solo quedo; no hay sino aparejarme. El cual ti también, dentro de pocos días, cayó malo, y murió.
Así lo oí .decir por cosa ciertísima en nuestro Colegio de Alcalá
De personas seglares, también se refieren muchos casos en que el Siervo de Dios predecía sucesos futuros, faustos o funestos. Muchos eran los que iban a pedirle gracias y mercedes, y él les decía ingenuamente, iluminado por Dios, lo que en esos casos les había de suceder. No faltaban en tales ocasiones los nobles y potentados, y vez hubo en que predijo sucesos futuros a la misma Familia Real. He aquí lo que cuenta un contemporáneo suyo: (1) «Acudían a él los seglares en sus necesidades, para que los encomendase a Dios, y por su medio alcanzaron muchas cosas, diciendo él con mucha fe lo que había de suceder, siendo después así: como fue que la Reina dentro de tanto tiempo había de tener hijos; y así fue… »
El 17 de diciembre de 1588, a las once y media de la noche, falleció Juan Ruiz, padre de nuestro Fray Francisco, siendo aquél nonagenario. Murió en los Hinojosos, en su casa propia, perteneciente al distrito parroquial del Marquesado de los Hinojosos. El Señor reveló a Fray Francisco el punto y hora de la muerte de su padre, e inmediatamente el venerable Indigno se lo comunicó al P. Cristóbal de San Alberto, Prior de la comunidad, para que hiciese encomendar a Dios el alma de su querido difunto. El Superior conocedor de la santidad del P. Francisco, sin más noticias, rogó a los ‘religiosos, después de los Maitines de la media noche, que encomendasen en sus oraciones’ al padre de nuestro Venerable, y le ofreciesen los sufragios que pudiesen. Al mismo tiempo, se cuidó muy bien de tomar nota del día y hora en que el Padre Francisco le anunció el fallecimiento de su padre, con el fin de comprobarlo cuando llegase la noticia o aviso de la familia. Llegó, en efecto, el aviso, y todo había sucedido, punto por punto, como lo dijo el Siervo de Dios.
Con la noticia de la muerte de Juan Ruiz, llegó también el siguiente comunicado. Por cláusula testamentaria, ordenaba Juan Ruiz que se celebrasen, además del funeral y oficio de sepultura, veinte misas rezadas por su alma y una por las almas del Purgatorio, en general. Estas misas rezadas, las veintiuna, las celebró el venerable P. Fr. Francisco. (Así lo dejó él mismo consignado y firmado de su puño y letra, en el Libro primero de Difuntos de la Parroquia de San Bartolomé Apóstol dicha del Marquesado, en los Hinojosos (1575-1598), fol. 76. )

Por el mes de mayo de 1601, pasando por Villanueva de los Infantes, predijo a un caballero hidalgo que, no tardando, le había de sobrevenir un gran disgusto en materia de honor. Y en ese mismo pueblo, descubrió a D. Alonso Sobrino la extrema necesidad, ignorada por todos, que padecía un tal Hernando de Ludeña, a quien el Siervo de Dios no conocía ni de vista ni de fama, y cuya visita recibió aquel día en casa del mismo señor Sobrino.
A su paso por Jódar, no lejos de Baeza, predijo que las fiestas cívicas que se anunciaban para aquellos días, con corridas de toros y fuegos de artificio, no se habían de realizar; sino que todo festejo de ese género se había de suspender por la muerte de un ilustre personaje de aquel pueblo: todo sucedió como el Siervo de Dios lo había predicho.
También recibió nuestro Francisco Indigno luces especiales de Dios para conocer los más recónditos secretos del corazón humano. Ya vimos antes cómo Dios le iluminó, estando predicando a los pastores en los montes de la Alcudia el lugar en donde se encontraba aquella infeliz mujer, llamada Mariana, que tantos estragos hacía en las almas.
Cierta vez, yendo por las calles de Madrid, entendió, por divina ilustración, que en tal casa de tal calle estaba ofendiendo al Señor otra desgraciada mujer. En el acto, con el ímpetu en él característico, se dirigió a aquella casa. Subió la escalera, llamó a la puerta; y allí le negaron rotundamente, que habitase tal mujer. Instó, porfió y descubrió el Siervo de Dios cuanto allí acontecía: con lo cual consiguió que sacaran a aquella mujer del lugar en donde se había escondido: trajéronla a su presencia, y con aquel celo que le devoraba, la increpó, la amenazó, la afeó su mala vida, y consiguió, finalmente, mediante la gracia de Dios, que aquella pobre mujer quedase allí convertida como otra Magdalena.
En cuanto a la gracia de curaciones milagrosas, instantáneas, además de las que hemos referido en otros lugares, fueron muchas las que el Señor obró por su intercesión, al contacto de sus manos, o al leer sobre los enfermos los Santos Evangelios, corno él tenía por costumbre, o haciendo sobre ellos la señal de la cruz, o aplicándoles sus oraciones y obras buenas. Así sanó, entre oíros, a Luis Carmona, del mal, de gota, en Jódar; a un niño de Luis Menjivar, a quien un carro cargado de mies le había magullado la cabeza; a una hija de Francisco Morillo, llagada en .una pierna; a Teresa Moyana, atacada de gravísimo accidente; a doña Ana Girón, de fuertes cuartanas, en Belmonte; y a un joven agonizante, en Marmolejo…
Parecía dominar también nuestro Francisco como rey y señor, a la naturaleza. Ya vimos el árbol seco que a su imperio se cubrió de hojas, de flores y de fruto en el Congo; y cómo allí escuchaban mansamente sus sermones las mismas fieras de la selva. Pues, predicando una vez en la ermita de San Marcos, en Jódar, interrumpiéndole, algunas veces, las golondrinas con su canto, el Siervo de Dios las mandó callar y ellas instantáneamente obedecieron y se marcharon
de allí, de tal modo, que no las volvieron a ver durante muchos años,
Muy fuera de tiempo y sazón, se le antojaron a cierto enfermo unas peras, como a San Juan de la Cruz unos espárragos, Por intervención del Siervo de Dios’ tuvo el enfermo lo que apetecía; y no sólo eso, sino que extendiendo sus manos sobre aquellas peras -extratemporáneas-, como dice un biógrafo, pero frescas y maduras, al comerlas, recobró el enfermo la salud por completo. Suceso éste, que tuvo lugar en Úbeda durante la estancia del Siervo de Dios en aquella ciudad.
No sólo a su voz recobraba vida y frescura la naturaleza muerta o agostada; sino que también huían y temblaban los demonios. Con estos tuvo que sostener una lucha encarnizada todos los días de su vida hasta que logró vencerlos y espantarlos «como a las moscas», lo mismo que su Madre Santa Teresa.
El mismo Padre Francisco nos dice en su Autobiografía que «tenía gracia en .sacar demonios de los . cuerpos de los endemoniados». Así sucedió, entre otras, cierta vez en Madrid. Se le presentó un día una señora llevando al Siervo de Dios una hija enferma desde hacía muchos años, suplicándole que la curase pues los médicos no daban con su enfermedad. Ei P. Francisco, a las primeras de cambio, conoció que era el demonio quien atormentaba a aquella pobre muchacha, y dijo a su madre que volviera con ella al día siguiente. Entre tanto, el Siervo de Dios se entregó a la oración y al ayuno para lograr echar al demonio de aquel cuerpo . Larga y ruda fue la batalla que sostuvo con el enemigo de las almas para conseguir arrojarle de aquella fortaleza; pero, al fin lo consiguió, después de larga oración y de muchas penitencias.
El demonio, viéndose derrotado tantas veces por el bendito Padre, quiso vengarse en su misma persona, y así, dice el P. Juan Evangelista, ( «fue tan maltratado de los demonios y perseguido hasta poner las manos en él algunas veces» .
Una vez hizo con él el demonio lo mismo que hizo con Santa Teresa: romperle un brazo. Sucedió de esta manera. Venía el P. Francisco desde Úbeda a Madrid para asistir, en calidad de socio de aquel convento ubetense, al Capítulo General celebrado en la Corte en 1590. Viajaba en compañía del P. Alonso de los Ángeles, Prior de Úbeda. Ambos venían a Madrid caballeros en sendos borriquillos. «Los demonios, dice un testigo (2), sentidos de las almas que les sacaba de sus uñas, viniendo por Daimiel para Madrid, levantaron en un monte por donde venía un grande torbellino, en el cual se levantó el jumento, en que iba el Padre, muy alto de tierra, y, dejándole caer después, del golpe se le quebró el brazo». «Y más oí decir, añade el mismo testigo: que llevando el brazo quebrado, y llegando a cierto pueblo, por la grande fama que de dicho santo Padre había, le hicieron grande instancia que predicase, y, haciéndolo, hacía las acciones con el brazo sano. Y afervorizándose en el sermón, soltó el brazo que tenía encogido, diciendo: que alabase también él a Dios, jugando de él como si tal no tuviera. y sin padecer detrimento ni daño alguno».
Llegó, finalmente, a Madrid con el brazo roto, y y por más dolores que tuviera, no se curaba de su brazo. Hiciéronle predicar el Domingo Infraoctava del Corpus. Accedió el bendito Padre, y predicó con todo el fervor que solía. En el sermón refirió al público la rotura de su brazo, y dijo que confiaba en el Santísimo Sacramento, que había de sanarle mientras predicaba los amores del Dios de la Eucaristía. Y así sucedió: porque en la acción, en el movimiento del brazo quebrado, y en todas las pruebas que le hicieron hacer de allí en adelante, observaron todos que hacía con el brazo roto, sin violencia alguna, los mismos movimientos que con el brazo sano. «Y yo, dice un testigo, siendo novicio, le ayudé muchas misas en Madrid, y levantaba el brazo como si estuviera sano. Y así entiendo se le sanó».
Con lo cual, no consiguió el demonio otra cosa que publicar con su venganza lo admirable que es Dios en sus santos.
Como hemos visto a lo largo de esta historia y en la carrera de esta vida celestial y divina, a este varón apostólico se pueden aplicar muy cumplidamente aquellas palabras que en otra ocasión recordamos: «Non habuit civitatem permanentem: No tuvo residencia fija». En sus correrías apostólicas pasó haciendo el bien como el Salvador del mundo. Todos le buscaban para remediar necesidades, curar enfermos, arrojar demonios, aquietar discordias y hacer paces. Así volvieron a echar mano de él otra vez, viejo y achacoso como estaba, para una jornada larga: la última de su vida. Por cierto que, con las penitencias que hacía y lo mucho que se fatigaba, él los 76 años de edad, no había de estar ya para muchas encomiendas. El mismo nos traza en su Autobiografía estos últimos rasgos de su fisonomía penitente. «Se podría escribir mucho, dice, del maltratamiento que hacía de su cuerpo, así en la comida como en la cama. No cuidaba de sus achaques, aunque los padeciese. Y así, algunas veces, llegaba a tener las piernas peligrosas -e hinchadas, de golpes que se daba en ellas. Y como no cuidaba de curarlas, se le enconaban y ha-‘ cían llagas, hasta que la obediencia, echando de ver que no podía andar, le hacía curar. En particular una vez llegó a temer perder una pierna por esta causa».
Pues así, tan viejo y achacoso, «con sus piernas peligrosas e hinchadas», abrazó de buen grado aquella jornada del Andalucía, a donde le enviaban, según dice, «a tratar de paces de unos bandos, que, por una muerte, estaban muy encontrados y encendidos». Y no dice más sobre el motivo de su viaje; y estas fueron las últimas noticias que nos dejó de su preciosa vida.
Por su parte, el Cronista de la Reforma del Carmen nos refiere que por los años de 1601 fue enviado a Úbeda, con la bendición de los Superiores de la Orden, «a remediar ciertas necesidades, y él abrazó con gusto esta jornada, porque de los cuatro mil ducados que poco antes le había librado el Rey, quería repartir una buena parte que le quedaba en algunos conventos y lugares pobres del Andalucía». Y es que, para entonces, venía a ser Fray Francisco el limosnero mayor, real y efectivo, de Felipe III y de algunos Grandes y Señores de la Corte.
Cumplió Fray Francisco su misión, como quien era. Después de apaciguar los bandos en Úbeda, se dio a recorrer los pueblos aledaños, repartiendo sus limosnas entre los pobres, llegando con estas obras de caridad hasta Segura de la Sierra, por caminos enriscados y trabajosos.
A la vuelta de su expedición, cumplidos sus deberes y hechas las limosnas, una nueva acometida del demonio le hizo dar con su cabalgadura en tierra, y esta vez fue tal caída preludio de su muerte. El Señor 10 permitió para ofrecer a su siervo la corona merecida por su caridad y por sus padecimientos.
Alonso Sobrino Gallego, cura de Villanueva de los Infantes, refiere que llegó allí enfermo el venerable P. Francisco, el cual, viéndose en trance de muerte, se confesó, y después quiso que le trasladasen a los Hinojosos, su pueblo natal.
El mismo señor Sobrino, años más tarde, siendo cura de Carrizosa, declaró lo siguiente: «El P. Francisco Indigno, viniendo de Segura de la Sierra, de ciertos negocios de la obediencia, hacia Villanueva de los Infantes, llegando a un lugar. que se dice Albaladijo, con dos hombres, el demonio, como otras veces solía, queriendo hacerle una burla, se puso delante de la cabalgadura, y, haciéndola caer, cayó el Padre por encima de la cabeza, y oyó que el demonio daba grandes risadas; y el Padre, volviéndose a el demonio, le dijo: ¿Piensas que con esto te vengas de mí? Pues no me has hecho nada… Pero, la verdad era que, permitiéndolo Dios, el venerable Padre había de morir de esta caída. Quisieron los que iban con él que se sangrase, remedio universal entonces, y el Padre contestó: «Que no era menester». Llegó a Villanueva , y allí, dice el señor Sobrino, (do le di los Santos Sacramentos, de la cual dicha enfermedad murió en los Hinojosos» .
Como la curiosidad humana es muy dada a lo maravilloso, especialmente cuando tiene delante uno de esos amigos de Dios, a quien su divina Majestad prodiga sus gracias y sus carismas, ese «diablillo de la curiosidad» le picó al señor Sobrino en lo más vivo, haciéndole desear saber algo de lo más extraordinario que había pasado por el Siervo de Dios, y así dice: «Habiéndole yo confesado, le pedí encarecidísimamente me dijese algunas mercedes extraordinarias que Dios ordinariamente le hacía». Pero el venerable Francisco, por lo que pudiera aprovecharle, para sí y para sus prójimos, solamente le refirió lo terriblemente airado que vio una vez al Señor contra los ingratos pecadores.
Fray Francisco sufría con santa paciencia y resignación los dolores que la caída le había acarreado; pero la enfermedad seguía adelante, porque con la edad y los achaques encontraba el terreno bien preparado para un próximo y funesto desenlace. Viéndose próximo a su fin, pidió al señor Sobrino el Viático, único consuelo que tuvo en la vida y el mejor consolador que podía encontrar a la hora de la muerte. Y dice aquí el señor Sobrino: «Pasando adelante la enfermedad, habiendo de recibir el Santísimo Sacramento, de quien él era tan devoto, entrando yo con El por la puerta de su aposento, estando tan flaco y tan malo. se echó de la cama abajo en el suelo, y de rodillas le recibió con grandísima devoción y lágrimas, que eran evidente señal del gozo tan sobrenatural que te-nía con la vista de este Santísimo Sacramento».
Pero, no todos fueron gozos después de recibir al Señor. Entonces volvió el enemigo al ataque con mayor violencia, y más al ver tan caído y arrumbado en un mísero lecho a aquel valiente soldado de Cristo. Solamente el Dios de los ejércitos puede confortar a sus soldados en aquellas batallas extremas con el enemigo de las almas. Porque, dígase lo que se diga, es lo cierto que, por 10 que sabemos que acontece ordinariamente a tantos siervos de Dios, la furia del demonio se redobla en aquella última hora contra los agonizantes, porque es entonces cuando ha de perder o ganar para siempre aquellas almas. De ahí la necesidad de recibir la Santa Unción, que conforta y robustece a los atletas en aquella batalla.
,En cuanto a nuestro venerable P. Francisco, sigue diciendo O. Alonso Sobrino: «La, mañana siguiente, como le dí la Unción, le fui a visitar, y le pregunté cómo había pasado la noche. Respondióme: ¡Ay, señor! y qué noche que he tenido. Toda ella ha sido una lucha y disputa con el demonio. Han estado aquí el infierno y su poder; y eón sofisterías, como a ignorante, han querido convencerme; y con el ayuda de Dios, en quien siempre he esperado, les vencí»
El Señor consoló luego a nuestro Venerable con algunas celestiales apariciones, especialmente de aquellos santos a quienes había tenido más devoción, los cuales, otras veces, le habían alentado y recreado con celestiales apariciones, como fueron la Santísima Virgen, Santa Teresa de Jesús, Santa Clara, Santa Catalina de Sena, los santos Cosme y Damián, y tantos otros .
Lleváronle, finalmente, a los Hinojosos, con todo el cuidado que su gravedad aconsejaba. Allí, por más que hicieron, no lograron conseguir que se quitase el santo hábito para que descansase mejor en el lecho; porque «no se desnudó el hábito ‘en su enfermedad, y se hizo echar en el suelo antes de morir». Y en el suelo le encontró «la hermana muerte».
El P. Francisco Indigno, dice un testigo, murió como un santo en su mismo pueblo; y hay harta probabilidad de que Dios le reveló el día y lugar de su muerte; porque yendo enfermo fuera de su pueblo, y persuadiéndole que hiciera cama y curase de su enfermedad allí, habiendo quien le regalase y curase, insistió en que quería ir a morir a su pueblo, como asegurando que estaba cerca su muerte».
Acaeció su dichoso tránsito, «entre las nueve y las diez de la noche del 10 de junio de este año de 1601». En aquel momento, su rostro quedó hermoseado, respirando paz e infundiendo devoción a cuantos le contemplaban. Un testigo nos dice: «Estaba difunto como un ángel; que no dijeran sino que estaba vivo» .
Celebró la villa solemnes funerales al mejor de sus hijos, y en ellos se vieron grandes maravillas; pues «cuando el sacerdote levantó la Hostia y el Cáliz, el difunto también levantó la cabeza, venerando al Santísimo Sacramento» (3). La misa era de cuerpo presente con el cadáver del Siervo de Dios en la iglesia.
Diéronle sepultura en la capilla mayor de la Parroquia del Marquesado, que fue en donde había recibí do las aguas del bautismo; y tuvieron mucho que hacer los alguaciles y regidores para que la devoción del pueblo no le despedazase, con el fin de repartirse aquellos venerandos despojos como sagradas reliquias.
Desde el-día de su muerte, se disputaron su venerable cuerpo Madrid y los Hinojosos. La Orden deseaba traerlo a la Corte, teatro de su acción apostólica, en donde contaba tantos devotos en todas las clases de la sociedad, especialmente entre los Grandes. Estos eran los que más se movían para salir con su intento, a pesar de las razones del Concejo y del pueblo de los Hinojosos, que decían haber nacido allí el Siervo de Dios, haberse cristianizado allí, y haber querido ir a morir a su tierra, estando moribundo en un lugar cercano. Pero, merced a la privanza y autoridad de que gozaba entonces el Duque de Lerma su devoto, fue trasladado por fin su cuerpo a Madrid en 1609.
El P. Pedro de Jesús Marta nos refiere dicha traslación, como testigo de vista, con todos los pormenores. Cuenta que por los años de 1609, siendo él Prior de nuestro convento de Criptana, llegó allí el P. José de Jesús María, Prior entonces de Madrid, y años adelante General de la Orden, comisionado por los Superiores Mayores para llevar a cabo dicha traslación. Llevaba, además, cartas del Duque de Lerma para D. Andrés Pacheco, Obispo de Cuenca, del cual dependía la Parroquia del Marquesado, porque la otra parroquia de los Hínojosos era de la Orden de Santiago. El Obispo de Cuenca, accediendo a la petición del Duque de Lerma, dio al P. José una carta para el Cura de la dicha Parroquia, en la que se le mandaba que entregase el cuerpo a los padres del Carmen Descalzo. El P, José no creyó prudente ni conveniente ir él en persona a los Hinojosos con este empeño, temiendo el alboroto de! pueblo, porque ya se corría allí la voz por aquellos días de que la Orden había determinado llevar el cuerpo del Venerable a Madrid.
Con este motivo, envió el P. José a su compañero, que era el P. Francisco de la Cruz, a quien llamaban «el padre Granada», para que diese la carta del obispo de Cuenca al párroco del Marquesado. Este asintió en el acto a lo que se le ordenaba, pero, para evitar alborotos. .di]o al P. Granada que se fuera a Criptana a unirse con el P. José, y que él les avisada el día y hora propicia para el traslado. En efecto, el cura párroco les avisó oportunamente para que fueran a recoger el sagrado cuerpo. Y así, cierto día del mes. de agosto de 1609 y a la hora de la media noche, lo sacaron de la sepultura entre el P. José y el P. Granada’ dos hermanos legos y dos o tres mozos, cargaron con tan preciada reliquia, y, secretamente, se dirigieron a la Corte.
Como era en el mes de agosto, dice el P. Granada, andaba la gente acarreando las mieses desde media noche, y temieron algún contratiempo; pero, afortunadamente, levantóse una tempestad con grandes aguaceros, que les despejó el camino, y ellos lo tuvieron a gran merced del cielo.
Llegaron felizmente a Madrid, y allí depositaron el venerable cuerpo en la capilla de Santa Teresa del convento de San Hermenegildo.

Sobre el nicho de su sepultura pusieron una lápida con la siguiente inscripción latina:

FRANCISCUS CARMELI GERMEN
HUMILLlTATE INDIGNUS SED OPERI; ET SERMONE POTENS
SCIENTIA POTIUS E COELO INDITA
QUAM LABORE PARTA
UBERRIMIS QUOS DEDIT AETHIOPIAE FRUCTIBUS
ET DEO JAM PRUITUR H.S. E.
OBIIT IV IDUS JUNII
ANNO MDCI

Que quiere decir en nuestra lengua: «Francisco, germen del Carmelo, apellidado «El Indigno» por su humildad, aunque fue en obras y palabras poderoso, siendo su ciencia más bien comunicada del cielo que adquirida por su trabajo, está aquí sepultado, mientras su espíritu ya goza de Dios y de los abundantísimos frutos que dio a la Etiopía. Murió él 10 de junio del 1601».
Allí descansaron sus restos mortales hasta los decretos de Urbano VIII en que fueron retirados, juntamente con los de otros venerables religiosos que estaban en la Capilla de Santa Teresa, y fueron colocados convenientemente en el claustro de la sacristía del convento.
Por las vicisitudes y transformaciones que ha sufrido la antigua iglesia de San Hermenegildo, hoy parroquia de San José, las reliquias de nuestro Venerable, con las de sus otros compañeros, han ido a dar en lugar desconocido para nosotros, perdiéndose de este modo en Madrid las últimas huellas de sus despojos, como se han perdido las de tantos varones ilustres en letras, en ciencias y en santidad.
A la hora en que estas líneas escribimos, se halla abierto en Cuenca el proceso ordinario del venerable P. Francisco. Hoy podemos decir que ya fue presentado a la Sagrada Congregación de Ritos por el Rvdo. P. Joaquín de la Sagrada Familia, Vice-Postulador de la Causa, el día 30 de Abril de 1934. ¡Quiera el Señor acelerar el día en que la Iglesia le levante al honor de los altares!
,Qula respexit humilitatem serví sui…..; porque ‘vio la humildad de su Siervo.

Obras del P. Florencio del Niño Jesús
El Monte Carmelo, Estudio histórico crítico. Un volumen. -Rüst., 12; encuad., 15 pesetas. Obra ilustrada con 161 grabados.
Biblioteca Carmelitano-Teresiana de Misiones: Tomo 1. La Misión del Congo (Primera parte). Los Carmelitas y la Propaganda Fide (2.11 parte).-Tomo 11. A Persia, (Peripecias de una embajada pontificia a principios del siglo XVII).-Tomo lll. En Persia. (Fundación, embajadas y apostolado).-Tomo IV. En Ormuz y en el Mogol.–Tomo V. En Goa (en prensa). Es edición económica: cada tomo, 1 peseta.
La Orden de Santa Teresa. La fundación de la Propaganda Fide y las Misiones carmelitanas.- Rúst., 5 pesetas.
El Venerable P. Fr. Juan de Jesús María. Tercer General de la Reforma carmelitana en Italia: Su vida y sus escritos. Encuad. 5 pesetas.
Vida de la Beata Ana de San Bartolomé, compañera y secretaria de Santa Teresa de Jesús. Burgos. Tip. de El Monte Carmelo».
Los Hijos de Santa Teresa de Jesús en Madrid. (Memoria histórica), 2 pesetas.
Santa Teresa Margarita, los más interesantes episodios de su vida Madrid, 1934–1,50 peseta.
Un misionero andariego del siglo XVII.–Vitoria, Illuminare, 1934-50 céntimos,
Obras poéticas de Fr. Florián del Carmelo
Romancero histórico de Cervantes. Burgos. Tip. de «El Monje Cerrnelo
El Cestillo de AImabuena. (Poema místico), Edición eco-nómica, D,JO. y de lujo, 5 pesetas.
Episodios rimados de la historia de un alma. 3. edición. – 2,50 pesetas.
La Virgen de las vírgenes y el Cantar de los Cantores. Poema premiado en el certamen celebrado en Burgos, 1913, en honor de Santa Marta la Mayor. (Agotada la edición).
Cien cantares populares a la Virgen más popular (la del Carmen). ~ 917. (Agorada la edición) I
Poesías de Santa Teresita puestas en rimas castellanas. Burgos. Tip. del «El Monle Carmelo». .
El camlnito de infancia espiritual. (Poemlta en octevas r eales). Traducido del francés. Barcelona, 1924.

COLABORACION: CESÁREO FRAILE IZQUIERDO.

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